Crónicas de la soledad, 01

Perfil

Por Mariano Valcárcel González.

Caminaba a trompicones, despacio, renqueante, como midiendo cada paso que daba ante el temor, fundado para ella, de caer en cualquier momento. Fatalidad. El piso de las callejas no era precisamente el más adecuado para sus desplazamientos diarios, pero… ¿quién le impediría el que lo hiciese?

—¡Ay, esta artrosis me está matando!, y las varices y la tensión y la vejez sin más.

Pero ahí estaba, con su andar bamboleante, sus zapatos de tacón bajo (porque tacón habría de llevar, así se le saliesen los juanetes o los callos la lacerasen), que ya que no podía llevar esos altos de aguja de imposibilidad manifiesta para cualquier mujer, sí al menos estos. Su bolso siempre colgado del brazo, en general el derecho, porque se acostumbró a llevarlo ahí, pues su marido se le colocaba al lado izquierdo, bolso en el que ya ni se acordaba qué había dentro, salvo que ahí colocaba las llaves del piso y un pañuelito y una cepillito del pelo con espejo y a saber qué más; que debería haber un lápiz de labios, pero nunca lo encontraba, y una medallita de su cofradía o tal vez un rosario de cuentas nacaradas que le trajeron de una visita que alguien hizo al Vaticano; de dinero, ni hablar; ¿qué dinero iba a llevar? El collar de perlas majórica que le compró su hombre un día que se encontraba generoso y haciendo turismo en Manacor.

Siempre el traje de chaqueta, corte más que clásico, que no tenía ni edad ni referencia de tiempo o moda, persistente en su continuidad en años de llevarlo. Sobrio y apagado. Y el prendedor en la solapa, enorme y cantoso, de brillos de oros falsos y perlón central con el nácar desportillado. Adecuado a ese estilo era el pelo, cardado y levantado en un intento, hasta ese momento eficaz, de disimular el cada vez más escaso volumen. Sobre ese pelo, jamás había puesto nada que no fuese en su momento el velo para los oficios religiosos o esa mantilla que lució en épocas más lucidas dentro de la procesión de Semana Santa. Y para la boda de su hijo, claro.

Los hijos… Ahora por ahí, fuera del pueblo. El varón mayor en su actual destino, uno de tantos, lejos en una capital extranjera. Tenía noticias de él, pero solo eso, noticias; que, físicamente, no lo veía desde hacía varios años. El segundo, también varón, intentó seguir los pasos del hermano, mas no se amoldaba a las exigencias militares y pronto abandonó; por el norte andaba como técnico en una fábrica, eso sí, bien colocado y desahogado, y de cuando en cuando aparecía para fiestas o Semana Santa con su chiquillo y su mujer. Nuera y suegra se soportaban o trataban de hacerlo; total, que eran días los que habían de convivir y no era cuestión de armarla, además que el crío adoraba estar en el pueblo. La niña de sus ojos, la menor, lo había sido todo para el padre y todo lo dable le había sido dado, generando cierta envidia y hostilidad en sus hermanos; cuando tuvo edad de rebelarse, lo hizo con fuerza y dureza, reacción desmesurada y en desacuerdo al trato recibido (y tal vez por eso mismo…). Las mayores amarguras las tuvo por culpa de esto y de sus consecuencias. Gracias a Dios y al buen sustrato que tenía el tiempo, apaciguó las iras y la niña se encarriló y ahora era una feliz esposa y madre. Pero esto, ya, su padre no había podido ver.

El padre, el marido… Sí, había cumplido con ella, no tenía queja. Hombre seco en sus manifestaciones, rígido de por sí y por su oficio, sargento en la academia de guardias, famoso en la misma por su dureza para con los alumnos, demasiado proclive a pasarse las horas en la cantina; sin embargo, en la casa no se comportaba de forma despótica. Dejaba que ella, su mujer, se encargase de todo lo doméstico y hasta dirigiese la educación de sus hijos, que para eso habían tenido tres (y cumplía con ello cierto mandamiento que existía entre los miembros del Cuerpo respecto a que a la mujer, para tenerla bien amarrada en casa, lo mejor era hacerle bastantes hijos). No era cicatero con el dinero que entraba en el hogar y no discutía del buen obrar económico de la esposa. Como se había establecido en la academia, no hubieron de soportar demasiados traslados, mal entre los guardias que, en cuanto ascendían, eran removidos de sus destinos y algunos ya ni sabían las veces que habían desmontado sus escasos muebles.

Los sinsabores que dio la niña, y tal vez el exceso del consumo de alcohol, acabaron un día, de golpe, con la vida del sargento, todavía en activo. Se le enterró como era debido, incluida la bandera nacional y el tricornio encima del féretro, y ahí acabó todo. Que luego, la paga que quedó para la viuda la dejaba en una situación más bien inestable. Como era de pocos gastos y con los ahorrillos que había conseguido mantener se mantenía ella ahora, motivo por el cual no se preocupaba del dinero que habría en su bolso, pues mera calderilla era, si es que la había. Y sola poco podía gastar.

Sus rutinas, siempre. Y sus manías, que ella no consideraba tales. Y su visita a la iglesia por la exposición del Santo Sacramento, o por una novena, o a la misa dominical… Visitas siempre iguales, apenas alteradas si se paraba por el camino con alguna conocida a la que llevaba tiempo sin ver (y viceversa) o que le comunicaba algún chisme que corría por la localidad. Por el callejón, el del piso infame que el ayuntamiento no se dignaba a arreglar, porque por allí apenas transitaba nadie, umbrío y solitario, que siempre utilizaba para “atajar” y derivar la ruta de la calle principal, abierta y despejada, pero con el peligro de la circulación rodada; por allí discurría una tarde, regresando de la parroquia, cuando notó un fuerte tirón del bolso…

Fue lo último que notó, que sintió, el tirón y la respuesta refleja a denegar la entrega que le costaron la caída al suelo y el golpe de la cabeza contra el bordillo de la estrecha acera, donde de abrió como se hubiese cascado una sandía al caer, derramando su rojo líquido. A su sepelio asistieron otras viudas de guardias, algunas vecinas y, por fin, el hijo mayor, jefe ya, que tuvo tiempo para regresar al pueblo, esta vez sí.

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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