Chiquilladas

Perfil

Por Mariano Valcárcel González.

Fue noticia unos días el caso de un niño japonés, de siete años, al que sus padres, pretendiendo darle un escarmiento, abandonaron en una carretera cercana a un bosque; se supone que, luego de aparentar dejarlo solo, volverían a por él. Volvieron, sí, pero hete que el nene se había esfumado. Se temió lo peor. Siete días, como sus años, se tardó en encontrarlo. Vivo. Él se había buscado la vida…

Esto, en tierras japonesas, es bien raro; digo lo de tener el churumbel tan hartos ya a los padres que decidiesen darle así un escarmiento. Y es raro, porque en estos países del extremo oriente suelen aplicar una educación bastante rígida y acorde con unos códigos tradicionales de respeto a los mayores. Así sería, pues, el chiquillo. Su misma supervivencia indica que el nervio no le faltaba, ni el instinto.

Por aquí se hacían a veces cosas por el estilo, tal vez a menor escala. ¿Qué padres no han hecho el amago de dejar al chicuelo o chicuela en la estacada; en un parque, si no se quería ir; arriba de un chirimbolo, si no se quería bajar; en una calle, cuando la tabarra ya pasaba de lo castaño oscuro…? Sí que se ha hecho. Cuando se comentaba periodísticamente el caso del japonés, se añadía de paso la supuesta actitud cruel de los padres; extensible, pues, a estos actos nuestros ya descritos. Crueldad.

O sea, que intentar domeñar un poco los arrebatos de la chiquillería salida de madre es una actitud cruel. Que no estoy llegando al castigo físico, oiga; que no van por ahí los tiros. Pero hoy día los hay que, a cualquier intento de establecer unas normas, de mantener unos criterios, de llevar a los críos por derroteros de obediencia y respeto a los padres (no digamos ya a otras personas), lo califican como menos que fascista (?), castrante, dictatorial, antipedagógico y demás descalificaciones manoseadas.

Porque, en esto, hay un aspecto que no contemplan estos bienandantes en lo tocante a cómo se deben educar los hijos, sus hijos… Y es que los demás no los tenemos que aguantar, por mucho que se esfuercen en ello. Ese argumento de “es solo un niño” (cuando se les llama la atención); pero es que “es su niño”, no el nuestro y, por ende, no tenemos por qué aguantarlo. Estos casos son muy evidentes, cuando estamos en algún local público ‑léase bar, por ejemplo‑ y los chiquillos de otros se dedican a campar allá, como si fuese espacio libre y despejado, arrollando sillas, mesas, pateando pelotas que siempre aciertan sobre algún concurrente, etc. ¿Se inmutarán los padres ante la evidencia…? ¡Quiá! Y no le llame usted la atención, que se la gana.

No incido en esas barbaridades de docudramas que nos han presentado a veces en algunos canales de televisión, como los de esa “nany” perfecta que amansa a las fieras por el simple milagro de la palabra, o los de ese hermano que creo, a veces tal vez, haya estado tentado de largarle un bofetón a la choni correspondiente.

Paso y repaso mi memoria por mis tiempos infantiles y juveniles y admito, porque es ley de vida, que siempre, siempre, un padre y una madre se van a encontrar con etapas difíciles en el desarrollo de sus vástagos. Sobre todo, en las de afianzamiento de la persona (y personalidad), cuando se siente la necesidad de demostrar que se es distinto y diferente a los que te rodean (más en los círculos íntimos). Y esa afirmación de la personalidad lleva al enfrentamiento con los modelos establecidos o vividos hasta el momento. Lo de los ancestros siempre te parecerá viejo, innecesario, irrelevante, impuesto e inútil de acatar y cumplir. La respuesta puede ser diversa, según sea esa persona y según sean los que le rodean. Cuando se llega al enfrentamiento abierto, con ira y violencia, es cuando el edificio educativo se desmorona y cuando el desastre amenaza fuertemente.

De cómo haya sido el edificio educativo previo depende, pues, la respuesta y el resultado a los problemas de estas etapas difíciles. Por lo tanto, este edificio ha de ser, como menos, sólido y diáfano. Sólido sobre unas bases fijas y fuertes, que no admitan arbitrariedades ni cambios innecesarios (y esta es labor adjudicada primeramente a los padres, aunque no lo quieran); diáfano, porque, cuanto más claras sean las propuestas y más sometidas al contraste de los razonamientos, es mejor. Aunque nunca está garantizado el éxito, al menos se pretende que los daños, de sobrevenir, sean los menos.

Ahora tenemos un muestrario de consecuencias educativas que nos puede dejar boquiabiertos o noqueados. Aparte de las que devienen del fracaso del sistema educativo en general y del fracaso familiar en particular, tenemos las que suceden por dejación absoluta de la obligación de educar, por parte de quienes la tienen o tuvieron. Y esto, además de grave, es demasiado extenso.

Los jóvenes airados (supuestamente), que hacen más ruido en estos tiempos, son consecuencia de la deseducación sistematizada (digamos que una deconstrucción educativa), que se creen con derecho a todo, pero sin deber alguno que los fuerce al respeto de ciertas maneras, de ciertas normas, de en suma tener que responder responsablemente a unas obligaciones. Todo lo califican como “fascista” y se quedan tan panchos y anchos, sin más razonamiento. Si “okupan”, pues ocupan y no hay nada que objetar; si chantajean, pues chantajean aunque lo llamen de otra forma; si destrozan, pues que destrozan lo de los demás, que pertenece a la estructura opresora capitalista (pero en la que ellos no invierten ni un duro; digo para mantener o renovar lo destrozado…). Que si “pasan”, pasan (y los criticamos); y si no “pasan”, pues… Cuando pasen, precisamente, unos años por estos infantilizados sujetos y se les calmen las necesidades autoafirmativas, entonces se irán acomodando al sistema odiado y, ¡oh, paradoja!, algunos llegarán a ser prominentes directores de la orquesta tradicional (y si se les reprocha, dirán que eran chiquilladas).

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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