Prosa poética, 19

21-07-2010.
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Mi amigo el mar * 10 – enero – 84
Mi amigo el mar posee la calma de un dios adormecido.
Ahora Llach me ha despertado todas mis nuevas canciones; y el padre Díez-Alegría me ha repetido:

«Señor, este cansancio tan terrible que yo siento
¿qué será?
¿Será que está muy cerca la muerte
ya?».
Han pasado unos siete años de aquel tiempo decisivo. Siete años en los que he vivido toda mi ignorancia anterior y he moldeado arcilla tras arcilla… y tal vez se haya agotado todo mi barro.
Goytisolo me habla de señas de identidad y de paisajes para después de una guerra, pero la verdad es que no soy capaz de encontrar mis raíces.
Respecto a la guerra, pienso que cada vida lleva implícita la derrota para unos y la victoria para los de siempre.
Tal vez me abandonen las palabras,
o tal vez me abandonéis vosotros,
o sólo los años me dejen
a merced de alguna ola.
Las palomas vuelan al Peloponeso, mientras Vivaldi sigue entonando su concierto primaveral con gotas de lluvia (ahora mansa).
El éxito de Lluis Llach es nuestro propio éxito, el de todos aquellos que corríamos delante de unos grises con porras. Eran los defensores del orden y de los principios.
Pero Llach sigue cantando aquel poema espectacular de “Ara mateix”:
Ahora mismo enhebro esta aguja
con hilo de un propósito que callo
y empiezo a remendar. De los prodigios
que insignes taumaturgos anunciaran,
ninguno se ha cumplido… y pasa el tiempo.
Falla murió y a Lorca lo mataron.
¡Bravo, Llach! Poseemos apenas el espacio de una historia concreta que nos toca y un minúsculo lugar para vivirla.
 
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La foto de mi padre * 3 – abril – 93
Hoy, cuando se cumplen 23 años de la muerte de mi padre, me he topado con su foto. Andaba traspapelada por ahí en algún rincón de los cajones viejos.
Veintitrés años perdida esta foto, soñando allá en su tumba.
¿Qué quedará de él? Evidentemente nosotros, sus hijos y nietos, pero… ¿qué será de su cuerpo allá enterrado, hace ya 23 años?
Su sangre nos corre, y su recuerdo a veces, y toda su simiente, pero… ¿y de él?
La foto preside ahora mi escritorio y se posa, en blanco y negro, con ese color tremendo de los hombres de posguerra, ¡aquella generación del hambre y del silencio!
Hago el experimento que todos hacemos ante las fotos modernas, esas que te miran desde todos lados. La foto de mi padre, no. Antes la técnica no conocía estos efectos.
Y él sólo mira a un punto fijo, neutral y perdido. No consigo que me mire desde ningún ángulo.
Pero yo lo he mirado hoy, mientras le preparaba su nuevo nido/nicho en el portarretratos. iY he visto tantas cosas!
Mi padre fue una víctima de aquel tiempo tenebroso que llenaba España de hogares miserables.
Él fue bueno… porque sufrió mucho. Y toda persona que sufre mucho queda redimida. Ahora se incorpora a mi casa de nuevo, a través de su foto reencontrada.
Arrinconada entre papeles acajonados, trashumante en cada periplo de mi geografía escolar, callada y diminuta se hace, hoy, descubrimiento y presencia, conciencia de aquella niñez mía tan desconsoladamente pobre.
Y se me viene de lleno mi poema tres de abril de 1970.
¡Cuánto disfrutaría ahora si nos viera!

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