Yo me creí nacionalista

16-02-2010.
En efecto, yo no lo era. No lo había sido nunca. Yo era español, a Dios gracias, y hasta ahí llegaba mi conciencia de pertenencia a algo más que mi casa vecinal, mi calle y barrio, mi pueblo donde nací y vivía. Lo de español creo que se comprenderá.

Si de algo se adoctrinaba en las escuelas y fuera de ellas, aparte de la cosa religiosa, era del espíritu nacional, espíritu patrio. «Una, Grande y Libre»: la España Imperial. Y de ahí no se salía; aunque tampoco se entraba mucho, es verdad. Como con tantas cosas, nos conformábamos con esa leve cascarilla de apariencia patriótica, los que la recibíamos y los que la imponían.
En nuestra zona andaluza (Jaén), poco o nada se hablaba (no es necesario decir por qué) de un tal Blas Infante y otras cosas que tenían que ver con él y con Andalucía. Andalucía tenía, y tiene, ocho provincias: las orientales, Jaén, Granada, Almería y se nos incluía Málaga (nunca sabré con qué intención); y las occidentales, Córdoba, Sevilla, Huelva y Cádiz. Las de oriente pivotaban alrededor de Granada que, además de capitanía general, tenía otras administraciones territoriales como las docentes; y de Sevilla, las del occidente, con sus servicios también. Y los tópicos que se debían saber…, se sabían.
Cuando se produjo lo inevitable, también se iniciaron las revisiones y las reivindicaciones, tirando fuertes los catalanes y vascos (gallegos por la fuerza histórica) y los demás nos quedamos pasmados o confusos. Se alzaron pues las memorias habidas y el notario andalucista y sus sueños se nos hicieron presentes. A todos los andaluces, pero con más fuerza en unas zonas que en otras.
Y oímos aquello de «¡Andaluces levantaos, pedid tierra y libertad!», y nos llegaron ecos de otras recientes épocas. Y se nos apareció, casi de golpe, lo que siempre habíamos sabido: la Andalucía de las penas, las diferencias, el señoritismo y el oprobio. También cobraron fuerza los tópicos, paradoja de lo inevitable, con sus romerías de calor, rebujitos y polvo, sus capirotes ante legionarios chulescos, playas, sol y panderetas.
Ante el tirón vasco‑catalán, la carrera se hizo inevitable. Surgían las banderas verdiblancas y esa canción tristísima de melismas moriscos, a la que llamamos himno. Y el escudo cursilón del tío del taparrabos. Surgían los antiguos agravios de los jornaleros que lanzaban puño al cielo, pañuelo a la cabeza y banderín de enganche al hombro. Por las comarcas de las serranías más agrestes, los pueblos levantaban su ardor andaluz. Y en partes de la campiña. Levantaron sus cejas señoritos ventajistas que vieron su oportunidad. Se instituyeron en adalides y guías del movimiento reivindicativo. Se pusieron al frente con indecencia absoluta, enarbolando, los primeros, la bandera de las esencias.
Cuando hubo que votar, se les votó. Y se empeñaron en sus tejemanejes de poder, cambios de cromos de alcaldías, capital oriental a favor de la occidental. Grandes ciudades de vinitos, caballos, ferias y flamenco. La supuesta esencia del andalucismo, de la Andalucía tópica. Empezaron a brillarles los ojos a los desarrapados, con lágrimas de vergüenza y de rabia. Pero eran los andaluces del Padre de la Patria y no podían cambiar su papel.
Cuando sonó la hora de materializarse en gobierno autonómico, en Estatuto, la confusión fue atroz. Por unas lentejas estaban trapicheando quienes únicamente querían su plato lleno. Baile de artículos que aplicar y complejos frente a los llamados «históricos». Sonó el arrebato ‑¡café para todos!‑; pero los privilegiados de siempre, vasco‑catalanes explotadores, se rasgaron las vestiduras dispuestos a evitarlo.
Lo extraño era que los de la bandera verdiblanca tampoco estaban por la labor; ni los de las rancias estirpes caciquiles. Sorpresivamente y con la oportunidad a huevo, los socialistas tomaron el relevo andalucista, apropiándose con descaro del uso de los símbolos; y no sólo de los símbolos, sino de las posibles reivindicaciones políticas. Plantearon ser como los del norte. Lucharon propagandísticamente con acierto, usando de esas tradicionales afrentas. Y se llevaron el gato al agua para afirmarse en el poder andaluz por décadas y sin horizonte de perderlo. Andalucía bien valía un blanqueo nacionalista.
En los ochenta se pasó a enseñarnos lo que era ser andaluz. Supuestamente. Se introdujo un cuerpo didáctico llamado Cultura Andaluza. Yo mismo colaboré en el programa educativo de mi centro de enseñanza, en fase experimental. Frente a una posición relativamente aséptica en cuanto a lo doctrinario, se presentaban los que yo, ahora, llamaría talibanes andalucistas. Eran supuestamente gentes de la izquierda ácrata que, amparados en el empuje nacionalista, trataban de montarse un universo andaluz idealizado, alterado en sus esencias o datos, violentado adrede, tanto en las interpretaciones históricas como en las geográficas y humanas («Sea por Andalucía libre, Iberia y la Humanidad»); y ahí estaban enfrentados a todos los demás, tanto a los que siguieron denominándose andalucistas, enzarzados en mantener sus feudos de poder personal, como con los socialistas gobernantes, que les daban, sin embargo, las riendas del adoctrinamiento. Me chocaba, y me choca como incompatible, que un partido izquierdista se pueda así mismo denominar nacionalista, o tintarse de tal color.
Eso de «izquierda abertzale Amante de la patria» para los del norte, que ellos sabrán.
Yo me empecé a sentir más bien manejado, un mero pretexto en sus manos para llevar a cabo cada grupo sus finalidades. Se fueron diluyendo las ideas y premisas desde las que se iniciaron los programas (localidad, comarca…), hasta que se quedaron otra vez en cascarillas ideológicas, como siempre, y en beneficio clarísimo de las editoriales. Mera simbología, actos institucionales desvaídos y el eterno recuerdo al asesinado notario de Casares.
Pensé en las Andalucías existentes, las geografías existentes, las lenguas andaluzas existentes, y me di cuenta de que no están aunadas, ni son uniformes, ni coincidentes en intereses, en bases culturales o en el desarrollo obtenido. Que no existe Andalucía como base de proyecto nacionalista y sí como mera entidad geopolítica artificialmente urdida. Y que los de nuestra Jaén tenemos pocos puntos de convergencia con los de Sevilla, por ejemplo. Y se añadirían los agravios muy manifiestos para mi provincia. Hasta se nota la influencia de la zona “más andaluza” en la programación de la televisión regional.
Se esfumó mi apenas nacido sentir nacionalista. Me convencí de que, por dicha vía, únicamente se logra la distancia, la separación, el empobrecimiento ideal y cultural, la única táctica de la confrontación por la deriva de las afrentas comparativas, llegar al gueto para terminar en un «nosotros solos», como el caso irlandés (que, sin embargo, ya no lo es tal, cambiada la táctica).
Me sentí andaluz liberado de tópicos. Y, por lo tanto, español. Y europeo y persona; lo principal, persona. ¡Ahí es !

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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