Crónica navideña

17-02-2010.
A Don Leopoldo Saro Marín,
Conde de la Playa de Ixdaín.
(Inscripción que existe
en la estatua del General Saro
en la Plaza de Andalucía de Úbeda).

Y EL GENERAL SARO LLEGÓ A BELÉN
Nada podía sorprender ya a don Leopoldo Saro, aquel insigne general curtido en mil batallas y reconocido por sus victorias en la guerra de África. Había recibido todos los honores e incluso el Rey Alfonso XIII le había otorgado el título nobiliario de Conde de la Playa de Ixdaín.
No es que don Leopoldo gustase de visitar las playas con la idea de tomar baños de sol, precisamente; pero sí tuvo ocasión, por mor de su tarea como militar, de participar en el famoso desembarco en esta playa de Ixdaín, situada en la Bahía de Alhucemas.
Quizás por eso, al erigirse su estatua en la Plaza Vieja de la ciudad que le nombró hijo adoptivo, el general aparecía erguido, firme, mirando al frente, oteando con sus prismáticos el horizonte que se intuía al final de la calle Cava, como queriendo ver tras la sierra Mágina, la lejana playa de Ixdaín. ¿Quien sabe?
Pero al General le quedaban algunas aventuras que vivir después de muerto; como queriendo emular a su antepasado el Cid Campeador.
En la Guerra Civil, acaecida en los años treinta del pasado siglo, guerra especialmente cruenta, tuvo que sufrir en su corazón de bronce los infames disparos de fusilería, fruto de la ignorancia y la ignominia de unos pocos milicianos. Sin embargo, y a pesar de todo, permaneció impertérrito, luciendo durante décadas su pecho de bronce agujereado.
Pero no iban a terminar aquí sus aventuras post mórtem. Con la llegada de la modernidad y los cambios democráticos, el impasible General seguía en actitud hierática, oteando el horizonte en la misma plaza, ajeno a lo que se le venía encima.
Los nuevos jerifaltes elegidos democráticamente decidieron que su presencia en la plaza, que había de ser remodelada, estaba de más. Así que don Leopoldo fue desterrado a las oscuras mazmorras del Palacio de Las Cadenas, que a la sazón era el Ayuntamiento de la ciudad.
Y allí permaneció condenado al ostracismo durante casi una década.
La plaza, ya remodelada, parecía un erial. Aparecía desolada, sin fuste y ahora estaba presidida por una absurda caja de hierro y cristal, con una enorme y luminosa “P” de color azul, que desentonaba frente a la hermosa torre del reloj que la había presidido desde hacía siglos.
Pero en aquella desangelada plaza, todos echaban de menos la presencia señorial y dominante del viejo General.
Así es que las autoridades no tuvieron más remedio que volver a colocar, donde siempre había estado, la vieja y agujereada estatua del General Saro.
Don Leopoldo se sentía raro, en la renovada plaza y no hacía más que echar mano de sus prismáticos para intentar escudriñar el significado de aquella horrorosa “P” azulada que presidía la inexplicable caja de cristal.
Pasó el tiempo y don Leopoldo volvió a sentirse a gusto y tranquilo. Pero poco le iba a durar aquella tranquilidad.
El invierno se dejó sentir en la ciudad acompañado del frío y de la intensa lluvia que apenas hacía mella en la vieja estatua, toda vez que don Leopoldo estaba bien preparado para los avatares de los cambios de tiempo.
Sin embargo, aquella mañana del mes de diciembre, al despertar, notó algo extraño en el aire de la plaza. No sé: eran olores, sabores, sonidos y voces que él nunca había sentido ni escuchado antes. No sin esfuerzo, intentó descubrir qué era todo aquello.
Parecía como si, al despertar, hubiese viajado en el espacio y en el tiempo. Nada de lo que aparecía allí tenía que ver con su renovada plaza.
Le sorprendieron dos hermosas palmeras, que habían surgido como por arte de magia delante de la fuente que presidía el monumento donde estaba situado. Cerca de ellas había como un huerto con todos los productos de temporada: lechugas, coliflores, rábanos…, que parecían haber sido trasladados allí desde la vega que había al final de los miradores. ¡No podía ser! Su plaza había desaparecido como por encantamiento. «—¿En donde estaba? —se preguntó—». Puso atención y descubrió que en donde había estado su plaza, ahora había un pequeño poblado con extrañas construcciones unidas por caminos de arena. Estaban construidas con paredes de madera y adobe, cubiertas con techumbres rústicas, hechas con ramas de palmeras. Cada una tenía una estructura diferente. A la izquierda había una con un patio en que un hombre ataviado con extraños y largos ropajes removía en una sartén, puesta en el fuego de la hoguera, unas exquisitas migas con torreznos. En la pared de aquella chabola había un cartel medio roto que rezaba: POSADA.
Muy cerca de allí, había otra pequeña construcción en la que un alfarero elaboraba, en su torno, delicados cacharros de barro. Al otro lado del camino, un herrero, que estaba en el zaguán de su puerta, golpeaba con fuerza el hierro candente colocado encima del yunque.
Todos en aquel extraño poblado se afanaban en sus trabajos. Parecía como si hubiesen estado allí toda la vida. El General no salía de su asombro. ¡Qué demonios era todo aquello! Intrigado, siguió observando todo lo que sucedía a su alrededor.
Desde su atalaya escuchaba el bullir de la gente, que caminaba de un lado para otro por aquellos intrincados caminos de arena.
Enfrente de la alfarería vio a un extraño personaje que en su taller se afanaba en cepillar unas tablas de madera, dándoles forma para construir una silla y una mesa que alguien le había encargado. No había duda: allí había también un pequeño taller de carpintería.
De otra cabaña cercana a la carpintería salía un olor a pan recién sacado del horno. En aquel pequeño poblado, surgido como por ensalmo, todo el mundo andaba distraído en sus labores. Don Leopoldo seguía intrigado ante lo que había aparecido delante de sus ojos aquella mañana. ¿Qué poblado sería aquel? ¿A qué se debía tanto afán desplegado por sus pobladores?
El General, intentando buscar respuestas, fijó su mirada en una escena que aparecía casi al final del poblado. No se había dado cuenta hasta entonces, distraído como estaba, mirando a diestro y siniestro, todo lo que sucedía allí.
Alrededor, junto a un establo, cercado por rudos troncos de madera, en el que dormitaban unos terneros junto a unas cuantas ovejas y un burro peludo y gris, había una humilde cuadra, apenas cubierta con unas pobres ramas y desvencijados troncos de madera. Don Leopoldo fijó su mirada en la escena que sucedía en su interior: Una joven y bella mujer acariciaba entre sus brazos, arropándolo con delicada ternura, a un niño envuelto en pañales. A su lado, un hombre sencillo acompañaba a la joven, dándole toda serie de cuidados. Unos humildes pastores, postrados, miraban ensimismados la ternura de la mujer, acunando a su hijo. Junto al pesebre que había en la cuadra, una mula y un buey daban calor a la escena.
Todo el ir y venir de las gentes por los caminos de arena, todo el ruido de los afanados artesanos, que trabajaban sin tregua cerca del pequeño establo, quedaba en silencio ante la paz y el sosiego que se respiraba en aquella pequeña cuadra.
Un fuerte resplandor sorprendió, en ese instante, al General, que no salía de su asombro. ¡No podía ser verdad! Pero no había ninguna duda: Don Leopoldo Saro había llegado a Belén.
El Puerto de Santa María.
15 de febrero de 2010.

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