Deserción

19‑01‑2010.
El Diablo Mayor, con esa importancia que se dan los que ostentan tal graduación, ordenaba y dirigía los trabajos de sus subordinados, tanto para las labores internas como para las misiones externas. No en vano existía una verdadera especialización demoníaca en ello y el consiguiente escalafón y categorías diablescas para hacer más productiva y eficaz la misión total encomendada.

El Diablo Mayor tenía cierta fatiga de tanto e infinito trabajo, al que no se le daba nunca por terminado, pues siempre existían materiales en cola para su tratamiento, o posibles objetivos de captación. Maldecía el Diablo Mayor pues, por su propia importancia, nadie lo relevaba y así llevaba una eternidad enfrascado en la rutina diaria; maldecía al Dios todopoderoso que se los inventó porque ‑se decía‑ «Él podría estar ahora tan angélicamente a gusto entre arcángeles, como menos».
Sí, por culpa del general en jefe que dio un golpe de estado celestial, sin ponderar demasiado las consecuencias; y de él mismo (lo admitía), que se cegó en la palabra finamente expresada y en la convicción que el porte de Luzbel, el jefe, irradiaba. Era Luzbel magnífico en todo, ¿a qué negarlo? Y podría haber resultado su maniobra, pues fueron muchos los que le siguieron.
¿Había permitido Dios, como para probarlos, que la sublevación siguiese adelante? ¿Quería, así, dejar marcado claramente el terreno que le era propio y no permitiría que ni en pensamiento se repitiese tal cosa? ¿Lo hizo por astenia o desidia; por desencanto? ¿Tal vez sólo quiso divertirse un poco…?
Si lo pensaba ahora, como diablo en que quedó, estaba seguro de que el Creador tenía bien planeado todo, porque así se garantizaba un permanente estado de vigilia, tensión, peligro de culpa y el temor consiguiente a su consecuencia, que llevaría a los hombres a tenerle eternamente en cuenta como Juez y Parte; y muy agradecidos si eran absueltos y perdonados. Era ‑concluía para sí el Diablo Mayor‑ una magnífica maniobra en la que Luzbel y los demás seguidores (ellos) cayeron y, así, el Otro se aseguró un instrumento perfecto para sus fines.
Clara estaba con lo sucedido la actitud de Miguel, el otro estratega celeste, remiso a expresarse; cuando escuchó las propuestas de rebelión que Luzbel le comunicó en reunión secreta, Miguel no dijo nada que lo pudiese comprometer. Asistió sombrío a la cita; y, durante la misma, hubo un capitán fogoso, decidido, entusiasta en la exposición y argumentación de sus ideas y otro capitán mohíno, remiso, prudente hasta el mutismo. Uno hablaba y el otro escuchaba.
Recordaba, el ahora Diablo Mayor, que se reunieron de inmediato con el jefe para saber del resultado de la junta y que éste no les supo dar respuesta exacta; recordaba que se empezaron a mosquear y alguno advirtió que Miguel los vendería, pero Luzbel (¡todavía era ingenuo!) mandó callar las murmuraciones. Le tendrían que haber hecho caso al murmurador y muchos males se hubiesen evitado.
El desastre fue completo, pese a la feroz resistencia que los golpistas opusieron. Los tramposos, trampeados; pues cayeron en la que les habían tendido. Así se hundieron en aquellos lugares infernales para siempre jamás, pues no se les dio tregua ni cuartel, ni rendición honrosa. Y sin tregua ni cuartel continuaban.
Cansado estaba el Diablo Mayor.
Siempre la misma rutina: que no había variación ni en el método ni en los medios y recursos. Y metido siempre en el mismo agujero. Si alguien se permitía alguna variación, por novedad o inventiva, Luzbel imponía los viejos modelos caducos y con demasiado olor a azufre. ¡Si todavía llevaba aquel modelito entre cursi y marica de color rojo, cuernecillos y rabote…! Así que, en una de las largas luciferinas noches, nuestro diablo dijo «¡Basta!», y se largó. Sí, se largó de su puesto, abandonó, desertó de sus obligaciones. ¡La que se armó en el reino de Pedro Botero! Nombre coloquial y campesino dado al Príncipe de las Tinieblas. ¿O esto era a Drácula? ¡Vaya usted a saber, con tanto engendro moderno!
Todavía andan las tropas del Mal buscándolo por todos los lados y confines universales. No saben que se ha travestido de cierto político, presidente por más señas de un país mediterráneo y que sólo los iniciados lo podrían reconocer ¡por sus cejas!

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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