Ante el dolor en Haití

18‑01‑2010.
Las escenas que nos llegan estos días de Haití nos parten el corazón, y me obligan a volver a retomar algunas de mis últimas reflexiones sobre el dolor ajeno.
En la televisión estamos asistiendo al horror de las muertes de tantas víctimas inocentes en Haití. Tanto dolor y tanto sufrimiento entre los supervivientes.

Cierto es que la pantalla interpone una distancia aséptica entre esas espantosas realidades y el espectador, que no las llega a interiorizar como cuando se siente el sufrimiento de cerca, en un contacto inmediato, carnal, con la situación. Además, nos defendemos por instinto. Nos salen callos en la sensibilidad, porque hay que preservarse del dolor ajeno, como lo hacen médicos y enfermeras en el hospital.
Seguramente, nada tienen en común los hombres de nuestra refinada época con el populacho que abarrotaba los circos romanos para asistir a espectáculos horrendos, hasta cien veces en un año (en tiempos de Tito). Ni tenemos nada en común con nuestros no tan lejanos antepasados que asistían en las plazas públicas a las torturas y ejecuciones de criminales, herejes y brujas. Pero vigilemos de cerca la sorprendente naturaleza humana.
¿No hay también una oscura y malsana complacencia en ver sobre pantalla el sufrimiento ajeno, como se ve el temporal de nieve, bien calentito a través de las ventanas? (¡Gracias a Dios, no soy yo el que padece!).
Quizás sea aún más ignominioso el poner en escena el dolor ajeno, el utilizarlo para ganar dinero.
Hay quien se sirve del dolor y el sufrimiento humano como artificio televisivo, literario o cinematográfico para impactar al lector o espectador. Hay algo obsceno, intrínsecamente malvado, y ética y estéticamente repugnante en la exhibición prolongada en televisión de cadáveres, sangre y sufrimientos humanos. Algo que es mucho peor que la pornografía.
La prensa, radio y televisión deben informarnos. Ciertamente. Pero, para aumentar su cuota, no debieran halagar bajos instintos y retrotraernos al circo romano o los autos de fe de la Santa Inquisición.
Y que Dios nos libre, a nosotros y a esos periodistas, como personas individuales, de asistir impotentes al dolor insoportable, y no médicamente controlado, de una persona querida. Es algo que te trastorna el apetito de imágenes intensas.
P. S. Constato hoy, con pena y con asco, cómo algunos personajes políticos de varios países han aprovechado la oportunidad que les brinda la tragedia de Haití para deslizar propaganda de su orientación ideológica o de partido. Políticos de color para todos los gustos.

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