Ante el dolor, 1

07-01-2010.
Pocas cosas hay tan insoportables como asistir impotente al dolor crónico intenso de una persona muy querida. Hay momentos en los que, enfrentarse al dolor, está muy lejos de ser una cuestión meramente filosófica. Si hasta hoy el problema no te ha tocado de cerca, directa o indirectamente, es muy probable que un día te llegue.
Rebeldes ante el dolor, ¿hay alguna respuesta que nos alivie el alma?

Yo he visto morir a la persona más inocente y más limpia que he conocido, totalmente ajena de egoísmo, siempre consagrada al servicio de los demás. Murió como muere un cordero, como si se le fuera degollando lentamente y con refinamiento, para sacarle y recoger poco a poco su sangre. ¡Qué obscenidad tan inútil! ¿Dónde está, dónde puede estar el sentido?
En la televisión, asistimos al horror de las muertes de tantos inocentes, víctimas del hambre, las enfermedades y las guerras. Cierto es que la pantalla determina una distancia aséptica entre esas espantosas realidades y el espectador, que no las llega a interiorizar como cuando se siente el sufrimiento de cerca, en un contacto inmediato, carnal.
¿No hay una oscura y malsana complacencia en ver sobre pantalla el sufrimiento ajeno, como se ve el temporal de nieve, bien calentito a través de las ventanas? (¡Gracias a Dios, no soy yo el que padece!). Quizás sea aún peor el poner en escena el dolor ajeno, el utilizarlo para ganar dinero. Hay quien se sirve del dolor y el sufrimiento humano como artificio literario o cinematográfico para impactar al lector o espectador. Hay algo intrínsecamente malvado, y ética y estéticamente repugnante, en la exhibición de la sangre y la tortura, como sucede, por dar un ejemplo, en la película La Pasión de Cristo de Mel Gibson. Y, por supuesto, en tantas series de televisión, que hacen estragos más profundos en los jóvenes, que los pudiera hacer el cine erótico. Finalmente, la pornografía no muestra sino una animalidad de los humanos, comparable a la de los perros que ya ven los niños en las calles del pueblo o en el campo.
Volviendo al tema central. Yo hubiera diseñado para los seres que quiero un mundo sin dolor. Para empezar, sin el dolor innecesario en el parto, al llegar a este mundo; y, aún más absurdo, el dolor al dejarlo, con la muerte. ¿Por qué razón? No me basta ni mucho menos con la explicación de que el dolor es un mecanismo de defensa y preservación de la vida, sobre todo cuando se acerca la muerte. El dolor es un sinsentido total.
La Iglesia se ha opuesto desde hace siglos a la supresión del dolor. Hasta lo ha sacralizado. El descubridor de la morfina, Friedrich Sertürner, a principios del XIX, fue expulsado del cuerpo médico en Westfalia por haber empleado este derivado del opio para aliviar a sus pacientes. Los clérigos calvinistas escoceses condenaron a Simpson, a mediados del XIX, por utilizar el cloroformo para ayudar al parto. Porque Dios dice, en la Biblia, a la mujer: «Parirás con dolor». De niños, nosotros mismos hemos oído, en los ejercicios espirituales, hablar del valor redentor del sufrimiento, de cilicios y de disciplinas. ¡Cuántas absurdas tonterías se han atribuido a la voluntad divina, cuando quizás sean reminiscencias de mitos sacrificiales antiguos! ¿Cómo se imaginan a Dios? ¿Qué placer puede encontrar Dios en que los hombres sufran?
Hoy es teóricamente posible la erradicación del dolor físico. Ya sabemos lo que es el dolor. Conocemos con bastante profundidad la compleja bioquímica y fisiología de transmisión de señales asociadas al dolor. Desde las estimulaciones nociceptivas, origen del dolor, hasta la estación final neocortical y, entre ambas, la totalidad del trayecto. Y lo que es verdaderamente importante, conocemos una larga serie de analgésicos potentes y muy eficaces.
Reclamo prioridad absoluta en los hospitales al tratamiento del dolor y, en especial, a los inadmisibles dolores terminales que preceden a la muerte.
¿En nombre de qué pretendida voluntad divina hay aún quien está en contra de suprimir el dolor, aunque con ello se acorte la vida? Revisemos la solidez de los argumentos de los que están en contra de la muerte voluntaria, en cualquier circunstancia, siempre, incondicionalmente. Es una cuestión que se ha de examinar sin prejuicios y con mucha honradez intelectual… Lean las Cartas a Lucilio de Séneca, el Seneca saepe noster Séneca, frecuentemente nuestro’, que decían Tertuliano y los cristianos del siglo II.
Buscaré para otra vez la cita precisa de Séneca, porque vale la pena leer la carta. Y continuaré escribiendo sobre el sufrimiento psicológico, prolongando la reflexión sobre el sentido y el sinsentido del dolor. Espero argumentos en contra. Cuando se expresan con cortesía y civismo, siempre son bienvenidos. Son la mejor paga para el que escribe.
 

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