Mi abuelo me contaba, 2

06-11-2009.
A pesar de la promesa de mi abuelo y de mi insistencia, durante el resto del verano, en que me explicara el porqué de las manchas de sangre en la sala cerrada de la escuela, mucho tardaría en contármelo. Casi un año.

Con la vuelta a la escuela, a primeros de septiembre, se reactivó mi deseo de saber por qué había manchas de sangre en las paredes de la enigmática sala de los Grupos del Calvario. Poco a poco, sin embargo, mi interés se fue entumeciendo: primero, con las fiestas de la Feria de San Miguel, patrón del pueblo; y luego, porque, con las frecuentes lluvias y el frío del otoño, mi abuelo ni deseaba ni tenía fuerzas para subir a lo alto del Paseo de la Estación. Luego llegaron, en orejas y manos, y con puntualidad infalible, los dolorosos sabañones que recalentábamos en el brasero de don Francisco; y, finalmente, con las vacaciones navideñas ‑«Ande, ande, ande, / la Marimorena; / ande, ande, ande, / que es la Nochebuena»‑ y los tan esperados regalos de Reyes, el olvido fue total: un par de calcetines, unos guantes de lana, un dulce de mazapán toledano o una placa de turrón alicantino y unos tebeos de “El guerrero del antifaz”, hacían borrarse, con la sala de la escuela, todos los rigores invernales.
En el olvido de la torva sala influyó mucho el que, a mediados de septiembre, nuestra gata había parido tres cachorrillos. Como la costumbre era que sobreviviera solo uno, yo elegí el que me pareció más bonito y vivaracho, y lo llamé “Manolete” en honor del llorado diestro cordobés, muerto unas semanas antes en la arena de Linares. La “educación” de mi Manolete ocupaba buena parte de mis regocijos y del tiempo dedicado a los diarios deberes escolares. Es por lo que, a pesar de cruzarme cada día con la puerta de la misteriosa sala, mi mirada fue perdiendo el interés; y la ansiedad y la zozobra que la inundaron en aquella mañana de junio fueron desvaneciéndose.
Conforme avanzaba el nuevo año, acontecimientos de diferente índole hicieron que mi atención y desvelo se desviaran totalmente hacia otros horizontes. En primer lugar, la incansable repetición del catecismo con vistas a mi Primera Comunión, que tendría lugar a primeros de junio. Con excepción de los fines de semana, todas las tardes de mayo, al volver de la escuela, una monjita del vecino convento de Cristo Rey nos esperaba a los primerizos para enseñarnos a repetir, de pe a pa, el catecismo; cuya memorización, sin fallo ni olvido, se daría por terminada justo antes del domingo destinado a la ceremonia. Y, en segundo lugar, porque Juanita, nuestra joven y bella vecina subnormal, ya no había vuelto al taller de costura que mi tía Angelita había instalado en el patio de la casa.
Naturalmente, desde principios de mayo, había sido mi tía Angelita, la maestra costurera, quien se encargó de escoger la tela, cortarla y coser el traje que yo habría de lucir el día de mi Primera Comunión. Cuando volvía por las tardes de la escuela y antes de irme al catecismo, mi tía me llamaba para probarme tal o cual pieza, lo que yo aceptaba con total sumisión y orgullo: sería la primera vez que yo me pondría un traje con corbata y pantalón largo. «¡Pero qué guapo está mi niño!», me chillaba mi tía, añadiendo en la mejilla un par de sonoros besos que me dejaban aturdido el oído.
Mi tía Angelita era la hermana menor de mi madre. Se había quedado voluntariamente soltera porque, como al novio se lo mataron en la guerra, decidió quedarse en casa y ayudar a su hermana en la cría de los cuatro sobrinos. La tía Angelita era nuestro refugio de lágrimas y cielo verdadero; nuestra peseta para comprar chucherías los domingos o nuestra caricia diaria y escondite, cuando habíamos cometido alguna barrabasada.
¡Nuestra querida tía Angelita…! Bondadosa, inteligente, alegre, habilidosa y costurera sin par, se dio cuenta de que la terrible miseria en que vivía la gente de pueblo ‑en la España de la inmediata posguerra‑ no permitía, a las jóvenes casamenteras, aportar las más elementales piezas de ropa de uso común al necesario ajuar. Tras haber hablado del asunto con el abuelo, decidió organizar en el patio de la casa una especie de taller de costura.
Desde hacía tres o cuatro años, todas las tardes, a partir del mes de junio y durante todo el verano, media docena de chicas que rondaban la veintena de años se instalaban bajo la inmensa parra del patio, sentadas en las sillas de anea que, formando un círculo entre el brocal del pozo y los arriates, les había dispuesto doña Angelita. Unas venían a aprender los rudimentos de la costura; otras, la mayoría, venían a preparar el ajuar: faldas, mantelería, servilletas, ropa de cama y pañuelos que, bajo la experta dirección de la maestra, cortaban, cosían y adornaban con primorosos bordados. A veces, y según las necesidades, cambiaban el bastidor por el frivolité, el ganchillo por el punzón de los ojales o el encaje de bolillo. Llegaban al patio hacia las tres de la tarde y regresaban a sus casas a las cinco y media. Así aprovechaban las horas de la sacrosanta siesta y el feroz bochorno del verano andaluz.
Fuera de los necesarios enseres para la costura, ninguna de ellas pagaba absolutamente nada. Incluso, a menudo, la tía Angelita sacaba de la alacena algunos roscos de vino, hojuelas, perrunas, flores o pastelitos que ella misma había confeccionado el fin de semana, y los repartía durante el siempre seguro y apetecido cafelito de las cuatro.
Mientras el resto de la familia dormía en las habitaciones interiores, yo me divertía, observando el trajín de las chicas, tras los visillos de la ventana de mi cuarto que daba al patio, hasta quedarme dormido. Y cada verano, hasta donde la memoria me permite recordar, yo me iba adormeciendo, mecido por el murmullo de sus conversaciones, entrecortadas por el repiqueteo de sus ahogadas risas, porque «¡Chut! No vaya a ser que despertéis a los que están echando la siesta», susurraba mi tía, con el dedo índice cruzándole los labios.
Pero, desde aquel mes de junio, justo en el que descubrí las manchas de sangre, la modorra de la siesta se retrasaba considerablemente, porque me interesaba más contemplar desde la ventana de mi habitación la preciosa figura de nuestra vecina Juanita, la nueva alumna de mi tía Angelita.
En el barrio la llamaban «Juanita, la Atontá», porque así lo estaba, debido al difícil parto que sufrió su madre, la señora Dolores. La familia, conocida por «los López», era «gente de bien», por ser propietarios de la fábrica de harina del pueblo, por poseer varios cortijos y porque (al menos en lo que corresponde a las tres mujeres de la casa: la abuela, enferma crónica, la madre y la hermana mayor de Juanita, Felisa, quien, al año siguiente, ingresaría en un convento de Carmelitas) eran personas muy de misa y comunión diarias; tanto que, como la enfermedad de la abuela no le permitía desplazarse, cada día, después de su misa, don Fulgencio, el párroco de Cristo Rey, iba a casa a darle a la abuela la comunión. Flanqueado de madre e hija, entraba el cura en casa de los López, justo cuando se disponía a salir de ella el practicante que se acupaba de ponerle las inyecciones a la abuela. «Buenos días, don Fulgencio», «Buenos días, don Eladio». Luego, el cura daba la comunión a la abuela y se quedaba justo el tiempo de tomar un café con leche y unas perrunas. Y así cada día, desde hacía un par de semanas.
—Quédese usted también a desayunar —le decía doña Dolores a don Eladio, el practicante—.
—Gracias, doña Dolores, pero es que hoy tengo mucha tarea. A ver si mañana me fuera posible —respondía don Eladio cerrando el maletín, abotonándose la chaqueta, mirando de reojo al cura y yéndose rápidamente hacia la puerta que da a la calle Concejo—.
—¿Cómo está hoy la madre? —preguntaba don Fulgencio, mientras se sentaba frente a su desayuno—.
—Pues parece que va mejorando algo: esta noche ya ha respirado bastante mejor y le ha bajado la temperatura. Las inyecciones que le recetó el doctor Campo Balboa parece que le están sentando bien; y, además, que don Eladio —según nos dice ella misma— las pone estupendamente. Tiene con ellas, por lo menos, hasta que acabe el año. Ya veremos si llega a soportar el bochorno de julio y agosto…
—Dios quiera que salga de ésta… —decía don Fulgencio, moviendo la cabeza y con la boca medio atascada por un buen trozo de perruna—. ¿Y Juanita? ¿Qué hay de ella?
—Pues, como siempre. Ahí la tiene usted, que todavía no se ha levantado. Hay que ver lo que duerme últimamente. Con sus catorce años se está haciendo ya una mocita. La voy a poner en el taller de costura de nuestra vecina doña Angelita; así tendrá algo que hacer y nos dejará tranquilas durante la siesta.
—Pues no es mala idea —confirmó el párroco, mientras se limpiaba sus gruesos labios con la servilleta y se ponía de pie, dispuesto a marcharse—.
Despeinada y aturdida, Juanita cruzaba en ese instante el pasillo, dirigía una nebulosa mirada a don Fulgencio, soltaba un «¡Uuuuh!» y, lentamente, desaparecía por la puerta del cuarto de baño.
—¡Cuando termines de asearte, vienes a tomar el desayuno! —le gritó doña Dolores, al tiempo que le daba la mano de despedida al párroco—. Hasta mañana, si Dios quiere. Y ya sabe, don Fulgencio… Después de la misa, tiene aquí el desayuno preparado.
Y, efectivamente, para «que se entretenga y aprenda a hacer algo», la señora Dolores decidió que Juanita fuese al taller de costura de doña Angelita, la vecina de enfrente. Juanita, la Atontá, en sus catorce años apenas había salido de su casa más que para recoger algún mandado en el comercio de la señora Justa, que se encontraba a escasos cincuenta metros y en la misma acera. Allí me la encontré, la mañana de un sábado del mes de mayo, con un pan redondo bajo el brazo. La miré y ella me sonrió con sus bellos labios y su preciosa mirada ausente.
—Aquí la tiene usted, doña Angelita —le dijo doña Dolores a la maestra aquel lunes de junio, cuando mi tía les abrió la puerta de nuestra casa—.
—Pues no se preocupe usted, doña Dolores, que Juanita se va a sentir como en su propia casa.
Y, tomándola de la mano, atravesó con ella el largo pasillo que daba al amplio y luminoso patio; y, señalándole una silla, le dijo:
—Este va a ser tu sitio, Juanita: al lado mío y de espaldas al brocal del pozo. Y aquí tienes a tus compañeras. Ya verás cómo aprenderas muchas cosas y lo pasarás muy bien —añadió, la tía Angelita, con su siempre alegre y bondadosa sonrisa—.
Cuando volvió de despedir a doña Dolores, Juanita ya estaba sentada donde le había indicado la maestra y empezaba su aprendizaje colocando alfileres en la almohadilla del encaje de bolillo. Las demás chicas la observaron, al principio, con curiosidad; pero enseguida reanudaron su tarea y conversaciones habituales. Y así, durante todo el verano. Hablaban de sus respectivos novios, del más o menos próximo pedimento y de la consiguiente boda, del convite que prepararían, de a quiénes invitarían y a quiénes no, del hipotético viaje de bodas a la capital…
Juanita, con sus catorce años y conocida enfermedad, se ejercitaba y progresaba lentamente en pequeñas y fáciles tareas de encaje de bolillo, para adornar unos pañuelos de color rosa que le había comprado su madre, doña Dolores. Las demás costureras la llamaban «La niña». Nunca participaba en las conversaciones, pero las escuchaba con embobada atención; y sus hermosos y grandes ojos negros brillaban con una luz especial, cuando las compañeras contaban sus paseos con el novio por los encinares del camino de Pedroche, sus bailes en los guateques de fines de semana o el coqueteo durante la sesión de cine dominguera. Con la boca entreabierta, por el gordezuelo y rojo labio inferior de Juanita se deslizaba un finísimo hilo de saliva, que terminaba por enredarse con el del encaje de bolillo. Las otras, al advertirlo, cruzaban guiños y cómplices sonrisas, señalando con las agujas o los punzones a Juanita. Alguna le preguntaba: «¿Y tú tienes ya novio, Juanita?». «Déjala —decía otra—. ¿No ves que es todavía una niña?». Ella se sonrojaba, bajaba la cabeza, clavaba su mirada en la almohadilla del bolillo, mientras absorbía la fugaz babilla y sentía latir con fuerza su joven corazón.
Desde la ventana de mi cuarto y tras los visillos, yo observaba durante las siestas a Juanita, que estaba sentada justo frente a la habitación: sus largos y brillantes bucles negros, descansando sobre su frente y desnudos hombros; sus sonrosadas mejillas; su mirada dulce y como perdida en no se sabe qué lejanía; su boca siempre entreabierta; sus labios rosados y carnosos; y su ya pletórica pechera, me hacían imaginar, cuando la modorra se iba apoderando de mí, no sé qué doncella raptada y recluida en las mazmorras de unos sanguinarios musulmanes, a la que yo, valeroso escudero del Guerrero del Antifaz, habría de liberar y entregar a sus doloridos padres. A veces, Juanita parecía ausentarse; entonces, levantaba levemente la cabeza y su mirada se perdía entre las hojas verdes de la parra. Contemplarla así, absorta y sosegada, era como orearse por la dulce Primavera de Vivaldi.
Cuando las campanas de la torre de la iglesia de San Miguel daban las cinco y media, las modistillas recogían sus costureros y volvían a sus casas. Juanita salía a la calle Concejo despacio y, antes de cruzar la calle y de atravesar el batiente de su casa, se quedaba mirando, como adormecida, los encinares del camino de Pedroche que, difusamente, se distiguían, allá a lo lejos, detrás y por encima de los eucaliptos del Paseo de la Estación. Y, a las seis y media, después de una frugal merendilla, salía yo con mi abuelo ciego, la garrota en su mano derecha y la izquierda en mi hombro, camino del Paseo de la Estación hasta el Alto de los Barreros, donde estaba el último banco de piedra.
Había pasado un año. La Primera Comunión tuvo lugar un precioso domingo, cinco de junio. El primer domingo del mes. Por cierto que, poco antes de la ceremonia de la comunión, tenía tanta hambre que no resistí a la tentación de comerme unas pipas que no sé cómo habían llegado al bolsillo de mi pantalón. Acabada la ceremonia había que ir a casa del fotógrafo. Yo tenía un hambre atroz. En la foto estoy solo en primera línea, todo vestido de blanco y no muy sonriente, al contrario del resto de la familia.
Todas las modistas habían venido puntuales el primer lunes de junio. Todas menos Juanita, la Atontá. Ni que decir tiene que, durante días y días, el tema de conversación bajo el emparrado del patio tuvo como centro de interés los dimes y diretes que se contaban en el barrio en torno a la «Desaparición de la niña» y al su ya bastante avanzado embarazo. «¡Fíjate tú que con apenas quince años…!». Unas suponían que la habría embarazado el practicante, cuando venía por la mañana temprano a ponerle las inyecciones a la abuela, mientras su madre y hermana estaban en misa. Otras se ponían a echar cuentas y aseguraban que no podía ser el practicante, porque «La abuela se puso enferma en noviembre y a Juanita ya se le notaba la barriga en diciembre». Las mismas afirmaban que hacía meses que se había marchado con su madre a casa de unos familiares que tenían en Valencia, «Seguramente para dar a luz allí». Las más noveleras sostenían que «El sinvergüenza del practicante» no solamente la había engatusado sino que, sabiéndola encinta, la había raptado y llevado a no se sabía qué país de África. Y que, para evitar chismorreos y murmuraciones, los López se habrían marchado a no se sabe dónde, porque la casa está cerrada a cal y canto desde hace meses. «Solo al padre se le ha visto ir alguna vez a la fábrica y entrar furtivamente en su casa». Las más sensatas, en cambio, afirmaban que, si la casa estaba cerrada, era porque a la abuela se la habían llevado a la residencia de ancianos que tienen las Hermanas de San Francisco en el cordobés barrio de Santa Marina; y que Juanita, su madre y su hermana Felisa vivían en el piso que tienen en la misma Plaza de las Tendillas. En cuanto al practicante, «Dejaos de boberías y de calumnias, que don Eladio no tiene que ver nada en el asunto»; y que si ya no se le veía por el pueblo era porque, como cada año, «Se ha ido a vivir a Granada, en donde está terminando una licenciatura en Medicina». El silencio de la tía Angelita, quien a veces movía la cabeza asintiendo y otras negando, denotaba que ella, como vecina de los López, conocía, si no toda, por lo menos buena parte de la verdad. «Algún día nos enteraremos, porque, como siempre, tarde o temprano se termina sabiendo la verdad». Lo cierto es que a «La niña» se le notaba que estaba embarazada ya a fines de octubre del año pasado. «Pobrecita, lo que habrá estado pasando. Y, en cuanto al practicante, más vale que no lo critiquéis ni acuséis, porque es un hombre de bien. Estoy segura de que él no tiene nada que ver con lo de Juanita». Y las chicas… «Pues entonces, que a ver quién… y que a ver dónde están, y que dónde habrá parido la Atontá, si es que ya ha parido; y que si ha sido varón o hembra, y que si habrá salido tan subnormal como la madre…».
Yo, casi en lágrimas, escuchaba tras los visillos todos estos comentarios y acallaba el feroz odio que le tomé al presunto violador de Juanita. Poco a poco, y tras el agotamiento de hipótesis sobre la desaparición de «La niña», las conversaciones durante las siestas del mes de junio fueron perdiendo su interés y, en mis sueños, imaginaba que, abrazado a mi gatillo Manolete, intentaba arrancar a la bella Juanita de los brazos del vil y abyecto practicante quien, a su vez, me amenazaba con la enorme aguja de una jeringuilla.
Y se reanudaron los paseos con mi abuelo. Con la garrota en su mano derecha y la izquierda apoyada en mi hombro, subíamos tranquilamente, Paseo de la Estación arriba, hasta el Alto de los Barreros, para allí sentarnos en el último banco de piedra, esperando el fresquito del atardecer y que pasara el tren de mercancías para contar sus vagones.
Pero aquel sábado, de una mañana de fines de ese mismo mes de junio, había yo presenciado algo horrible en la Plaza del Ayuntamiento; algo, tan espantoso y repulsivo, que inmediatamente me hizo resurgir los lejanos y casi ya olvidados recuerdos de la ensangrentada sala de la escuela de los Grupos del Calvario. Mientras subía con mi abuelo por el Paseo de la Estación, me dije que esta vez, cuando llegáramos al banco de piedra, me negaría a contar vagones hasta que mi abuelo no me explicara lo de la sangre en la sala y, sobre todo, lo de los maquis muertos, que había visto aquella misma mañana en un camión que se había estacionado frente a la puerta del Ayuntamiento.

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