Recuerdos de Manuel Velasco, 6

19-12-2008.
Construcciones
Podemos decir con toda verdad que nunca nos vimos libres de obras ni de albañiles. Los niños, las piedras, los ladrillos y el cemento casi han formado una unidad. Afortunadamente no nos vimos libres de estas obras porque ha sido la mejor prueba de la prosperidad de la Institución. En 1943 solo había el edificio del Instituto, la casa del conserje y un buen campo de juego.

En la visita que en noviembre de 1944 nos hizo el Sr. Ministro de la Gobernación, don Blas Pérez González, un coro hablado y unas canciones tocaron las fibras sensibles de don Blas y prometió la construcción de talleres con cargo a Regiones Devastadas. Y, en mayo del año siguiente, se terminaron hasta con algunas máquinas, siendo el propio don Blas quien vino a la inauguración. Desde entonces tuvimos en él el mejor amigo y bienhechor; el que abrió otras puertas superiores fijando definitivamente las Escuelas.
Se cercaron dos pequeños patios en los ángulos del edificio, para construir en uno el horno y lavaderos provisionales y en el otro un pabellón con cuatro nuevas clases.
Después de fatigosas alternativas, el padre pudo adquirir los terrenos de huerta colindantes hasta el llamado “Molino de Barberán”, que pertenecían a un enjambre de pequeños propietarios. Frente al campo de juego se construyeron dos clases más y con esto terminaba la primera etapa de construcciones. La segunda, definitiva y de más envergadura, fue financiada por el Instituto Nacional de la Vivienda, por expreso deseo del Director, don Federico Mayo Gayarre, gran admirador de los proyectos del padre Villoslada.
En mayo de 1949, el padre González Bueno colocaba y bendecía la primera piedra. Cuando en el verano de 1954 se daban por terminadas, comprendían un grupo de pabellones de cemento, piedra y hierro que ocupaban por completo lo que había sido el campo de juego. El primero, con sótanos, cocina y enfermería se une al central, que es como la espina dorsal de todos y lleva dos grandes comedores, salas de visita, ropería, biblioteca y residencia de padres y profesores. Otro pabellón, el mayor de todos, que arranca de un extremo del central, con fachada al Este, está exclusivamente diseñado para dormitorios, con capacidad para trescientas cincuenta camas y holgados anexos de aseos.
Enseñanza
Las tareas docentes se ciñeron en un principio a internos; después se abrió una aula de externos, que paulatinamente fueron aumentando hasta llegar en el curso 1953-54 a ocho, completando el Grupo Escolar cuatro más para internos, totalizando la cifra de doce, incluidas dos de párvulos. La asistencia siempre fue buena y alcanzaba un porcentaje del 95 por ciento. El horario escolar tenía una hora sobre el oficial que se destinaba a clases especiales llamadas de “adorno”: dibujo, encuadernación, caligrafía, música y trabajos manuales.
En la enseñanza profesional reducíamos el programa escolar para dar primacía al taller. Las clases se daban por la mañana temprano y a la caída de la tarde. Dado que a la mayoría de los alumnos faltaba una formación primaria suficiente, se atendía en los mayores a las asignaturas básicas: Matemáticas, Religión, Tecnología, Dibujo lineal y artístico y una clase especial de Redacción y ortografía.
Para nosotros, el taller tuvo mucha importancia. Siete horas y plan de trabajo, dentro del aprendizaje como un taller clásico.
Horario de Profesionales:
6.30, levantarse; 7, clase; 8, Santa Misa; 8.30, gimnasia; 9, desayuno; 9.30, recreo; 9.45, talleres; 1, recreo; 1.15, comida; 1.50, recreo; 2.30, talleres; 5.30 recreo; 6.15, clase; 7.15, recreo; 7.30, clase; 8.20, recreo; 8.30, rosario y lectura espiritual; 9, cena; 9.30, recreo; 9.45, oraciones y acostarse.
Un programa duro, porque hay que acostumbrarles a la dureza de vida que posiblemente tengan que llevar después, y no se van a abrir unas escuelas para sacar hornadas de señoritos inútiles y blandengues.
El profesorado hizo mucho y aguantó más porque no fue con el premeditado deseo de prosperar sino de elevar al triunfo la obra excelsa que eran las Escuelas. Como ya anteriormente dije, sus propios problemas se posponían a los de la Institución, y se esperaba hasta que ellos fueran resueltos. Se sabía que era institución benéfico-docente y que, sin presión alguna, el padre Villoslada no olvidaba tampoco a sus maestros puesto que, cuando la ocasión era propicia, había mejoras generales.
Nuestras relaciones con el padre Villoslada.
Siempre fueron buenas, cordiales, firmes y sinceras. El hombre que había levantado una Obra sin medios primarios, en tiempos hostiles, ante la indiferencia general y proyectos originales, de todos merece el respeto, la admiración y el cariño. A nosotros, sus maestros, a los que nos dio participación en la obra como cofundadores de ella, el más elementalísimo deber de gratitud y conciencia hizo que siempre le permaneciéramos unidos.
No es entonar un cántico de alabanza, lo cual al padre ‑por sus años, experiencia y religiosidad‑ no le sensibilizan en nada; sino llamar a las cosas llanamente por su nombre. La fidelidad siempre será una virtud.

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