Paisaje de diciembre

 

17-12-2008.
Extracto del 15-12-61
[…] El paisaje familiar de diciembre –todos en diciembre nos citamos con nuestra infancia‑ es confortador y estimulante.

 

Nos desentendemos fácilmente de la sugerencia del paisaje físico de diciembre; de los árboles desnudos, de las tierras ocres carentes de verdor, de la niebla, de la lluvia, de la tristeza que dicen que trae aparejada el invierno. (¡Como si la tristeza no fuese algo humano, humanísimo y, hasta a veces, algo dulce, dulcísimo!).

[…] Ahora queremos abrir nuestra puerta, la puerta de nuestra intimidad. Abrirla de par en par. Buena cosa, esta de abrir la puerta. ¿No la tenemos casi todo el año cerrada? El egoísmo no es sino puerta cerrada por reclusión de nuestra vida en el reducto oscuro; o por abandono de nuestra personalidad, al dejarnos llevar por la búsqueda afanosa, urgente, de lo exterior. Bueno es, ciertamente, estar en casa. Pero con las puertas abiertas. En ello probablemente radica la generosidad. Ser nosotros mismos, íntegramente nosotros mismos, sin que temamos al comercio, al intercambio con los demás, sin que nos dañe la luz que de fuera nos llega. Darnos a los demás, pero sin dejar apagado el propio hogar.

[…] Diciembre, con la Navidad al fondo, es un lírico revulsivo que a todos nos acerca. Cada uno, al llegar estos días, se advierte más amigo de sí mismo. Es, desde luego, la premisa primera para sentirse amigo de todo cuanto nos rodea.
[…] Diciembre nos invita al hallazgo de nuestra riqueza interior, promueve la epifanía de nuestra recóndita primavera. Para el espíritu es el menos invernal de los meses del año. En contacto con nuestra insobornable intimidad, advertimos ahora, que lo que nos une a los hombres es mucho mas vigoroso, valioso y fuerte que lo que nos separa. Lo que realmente puede unirnos es el bien, porque todas las virtudes son hermanas. Y lo que nos desune es el mal, porque todos los vicios son enemigos los unos de los otros. Lo que ocurre es que el mal está afuera, y en cambio para encontrar el bien que nos hermana, hay que cavar hondo.
Enviado por Rosa Liaño,
viuda de Juan Pasquau.
 

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