Recuerdos de Manuel Velasco, 5

07-12-2008.
Proceso clásico de formación de las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia.
Mi expresión de formación clásica es debida a que todos los centros de la Institución tuvieron una gestación y una cristalización muy similares.

Las referencias a uno de ellos podemos decir que sirve para todos. Valgan de muestra las Escuelas de Andújar.
El internado de Andújar se abrió el 3 de diciembre de 1943. Quiso el padre Villoslada señalar una fecha gloriosa y ésta fue la mejor: san Francisco Javier, el gran apóstol de Indias. El Ayuntamiento cedió el edificio del Instituto gracias al tesón de su alcalde, don Tomás Escribano Soriano, gran admirador de la obra social del padre Villoslada. En una de las aulas se improvisó la capilla. El padre Villoslada, en esa mañana histórica, nos exhortó a todos a colaborar «según los medios que el Señor nos había dado».
En este edificio hubo que transformar todo para convertir diez clases, y no muy amplias, en dormitorios, aseos, comedores, cocina, capilla y despacho del padre Director. Entre el salón de estudios y cinco clases se colocaron ciento cincuenta y seis camas; la cocina, en un sótano mal ventilado y con deficiente instalación de agua y vertederos. En este agobio de espacio vital no hubo más remedio que aposentar a los profesores, en minúsculas y raídas camarillas, donde apuradamente cabían la cama y una silla.
Para las clases nos faltaban locales y un salón para los días fríos y lluviosos, porque solo teníamos un cobertizo orientado y azotado por los cuatro puntos cardinales. En tales tesituras acudíamos al comedor. Allí se montó el primer nacimiento con un misterio gigante que nos regaló no sé quien, al que el padre Pardo agregó un búho y una paloma disecados, que encontró en una descubierta por el desván, restos maltrechos de un antiguo gabinete de ciencias de los tiempos del Instituto.
El alma de aquellos angelicos primeros era sencilla y las reacciones engorrosas solo mostraban el reflejo de una vida anterior de abandono. La inmensa mayoría eran huérfanos; bastantes, abandonados; y, un buen grupo, aprovechados discípulos de la golfería y el raterismo. Por esta razón, no eran raras las fugas, aunque las más lejanas no se remontaron nunca más allá de Alcázar de San Juan, cuando la mayoría se atrapaban en Baeza (estación) o en el propio Andújar.
Yo recibí el día 3 de diciembre a los primeros catorce alumnos, todos del pueblo, y me esforcé por ambientarlos en la nueva jaula, sin calor de vida aún y en una época brumosa y de lluvias constantes. El día de la Inmaculada llegaron diez niños de Baena, de grato recuerdo en estas Escuelas, y un grupo de veteranos de Úbeda, para ambientar. Así continuó la entrada de niños, lenta pero constante, para dar solidez a la disciplina.
Llegamos con el tiempo suficiente para recoger la infancia abandonada de la guerra; pobres criaturas que venían en un estado de desnutrición alarmante. Hasta no sabían jugar. Cerca de un noventa por ciento, analfabetos.
En este local del Instituto quedaba un aula libre para clases. El aumento de niños obligó a desdoblarla en otro pequeño local de oficinas en el entresuelo, y más adelante se alquiló una habitación anchurosa en la “casa de Patricio”, situada en la acera de enfrente. En todas amontonamos el material y los niños, con el constante peligro de atravesar con ellos diariamente una carretera general.
Al seguir ingresando niños se dispuso otra clase en el comedor, que terminaba antes «por tener que poner las mesas». Como por entonces se levantaban los primeros talleres, al cubrir aguas, en ellos se abría otra nueva clase «y trabajaban al mismo ritmo, albañiles, mecánicos y niños». Después… después quedaba una escalera sin servicio y allí, con tablones y rimeros de ladrillos se abrió otra clase más.
Estaba la Capilla en otra clase de 42 metros cuadrados de superficie, con tres grandes ventanales. A este escaso espacio había que restarle los catorce que ocupaban el altar, las gradas y el armario de ornamentos; y solo nos quedaban veintiocho para la colocación de los alumnos, que sobrepasaban los ciento cincuenta. Se ubicaban materialmente cosidos hombro a hombro y en pie siempre. Fácil es ver que el sacrificio de los niños alcanzara del Señor sus bendiciones a manos llenas sobre esta casa.
La situación económica, siempre apretada porque ni los tiempos ni las bolsas eran todo lo propicias para los buenos deseos, se hizo más difícil aún a partir del verano de 1945, como participación en los males generales de España. La espantosa sequía nos privó hasta del agua para beber que había que recoger a unos kilómetros y filtrarla por llevar sanguijuelas. El cerco exterior, por decreto de las Naciones Unidas, nos estrechó aún más. No subía el agua a los lavabos: o tenías que llevarla en cubos de una bañera del piso bajo o mandar a los niños a medio asearse a una alberca del patio.
Así y todo, no hubo más remedio que a los ciento setenta y cinco niños actuales unir sesenta más de Andújar, haciéndonos eco de la Campaña de Caridad. No podían tener las comidas las calorías suficientes, por la calidad de ellas y la escasez de ingredientes. Se producían fracturas con la más insignificante caída y ¡hasta por tirar una piedra! La situación angustiosa la salvó, a medias, un vagón de arroz procedente de Valencia. Y así seguía también la angustiosa situación con ropas y calzado.
En el verano de 1946 Dios también nos puso a prueba con una terrible epidemia de tifus que alcanzó a ochenta niños, la mayoría graves. Aquí volvió a verse palpable la mano de la Divina Providencia. Se luchó cuerpo a cuerpo con la muerte, especialmente la Madre Carmen, Superiora de las Religiosas Obreras que por entonces administraban la casa, que con intuición maravillosa hizo por la salvación de los niños como nadie supo hacerlo.

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