De inspectores y padres espirituales, y 2

03-08-2008.
Tal vez si, humilde, hubiera abierto diálogo decidido con Jesús Mendoza y le hubiera expuesto sus planes educativos, quizá todos hubieran ganado. Especialmente los chicos… Y Ferrer, por ejemplo, no hubiera sido moneda disputada y perdida. Y él mismo no hubiera profanado la calva a don Diego… A quien, por otra parte, ya le había retirado el tratamiento de “Veda, el Venerable”.

Parecía como si hubiera cierto pulso acerca de la influencia sobre aquel plantel de mozos en que floreaba la Segunda División. Mendoza, jesuita, con el confesonario y el Evangelio en la boca, el Rector a mano… Y don Diego de acólito y muñidor. Burguillos, cara al viento, el pecho descubierto, sin otro escudo ni valimiento que su Paideia y el aprecio de los chicos. Aun así, no le arredraban, ni perdía la paz. Nada dejó entrever a los chicos de aquella relación vaporosa.
Nunca Burguillos saboteó la labor del padre Mendoza. Ni nunca sonsacó acerca de sus métodos de dirección espiritual. Que jamás sintió celos de su influencia entre su gente. Acaso, porque la pelota siempre la tuvo en su tejado… Y quizá, también, porque pensaba que el temple y psicovitalismo de Mendoza no se acompasaba con el de sus exultantes muchachos. Sí advirtió Burguillos, en él y en el descompasado don Diego, un marcado afán por interferirse, sondear, sonsacar a los chicos de la Segunda. Nunca Burguillos dio con el porqué. ¿El encanto de la edad? ¿El estilo y la autonomía en que iban cuajando? ¿O sería que entre tantas divisiones sólo en la Segunda florecía el árbol del paraíso?
Al pasar a la Primera División, se desvanecía tal interés. ¿Es que fuera de los de su gente no había otros tajos donde romperse el alma? Doquiera haya un corazón joven, allí duerme el sol esperando que alguien le despierte.
Arriesgándose mucho, Burguillos le bordeó en un punto escabroso… Pero si en él orilló al mismo San Pablo, ¿por qué no al padre Mendoza? Sobre su cabeza ponía Burguillos el non sunt mala facienda ut eveniant bona del Apóstol. Y aconsejó a más de un mozalbete titubeante que bailase… y que apretara a las niñas hasta que les crujieran las costillas.
Ya entonces, estimaba Burguillos que Mendoza era el jesuita mejor formado que Úbeda disfrutó por aquellos tiempos. Pero lo cierto es que Mendoza anduvo un poco quisquilla con él. La dirección espiritual del uno y la orientación pedagógica del otro iban muy pareadas. Burguillos era menos pío. Más abierto. No restaba preponderancia y causalidad a Dios en sus tentativas pedagógicas. Pero él, preconciliar ya sin saberlo, había tomado un sesgo desacralizador. Saturado estaba de novenas, escapularios e indulgencias. Recordaba que, en casa, su madre no encestaba un pan sin antes signarle con el cuchillo. Y que el tío Senén, cruces al canto en los bostezos sobre su impúdica boca desdentada. Y él, lustros llevaba sin escribir una nota que no la precediese una cruz.
El padre Mendoza, de acuerdo con el reglamento, era partidario de muchos actos de piedad. Rezaban los alumnos más que en un Seminario. Nunca se atrevió Burguillos a decirle que ni siquiera en cosas de piedad ne quid nimis… non multa, sed multum. Mendoza incidía demasiado en los Novísimos. Y le iba el sic transit gloria mundi… Mendoza era más estricto.
Burguillos estaba por el carpe diem. Y más generoso que Horacio, lo extendía hasta el último suspiro. Porque la vida siempre es bella: «Ha de yacer, lector, junto a tu olvido con mi gozo completo». Que Dios no hizo las flores para que se amustien, aburridas, porque nadie las celebra. Ni remansó tantos encantos en la juventud para que languidezcan sin amor…
En cualquier caso:
«Jesús Mendoza, déjame, a estas alturas, déjame reír de nuestras peloteras larvadas… Y déjame sonreír con pena porque, tratándose de la grandeza de aquellos inmerecidos muchachos, fue un delito pedagógico restarles crecimiento. Y permíteme reír tiernamente con Plauto porque: Homunculi, cum recogito, quanti sunt…! ¡Qué pequeñitos! Al menos yo, respecto a esos gigantes que crecían… y que se nos iban de las manos sin viático suficiente para el largo caminar de la vida.
Jesús Mendoza Negrillo, somos quintos. Estamos a unas jornadas de los ochenta… Tú, siempre delgado, siempre sereno, morigerado en todo, casto. Bien rimado con Dios y con tus superiores, sin duda me sobrevivirás.
Yo, un corresendas, siempre persiguiendo estrellas… Siempre, como un perro con los vientos perdidos, husmeando una señal, un vestigio… Una paradoja viviente he sido. Polvo y anhelo, coraje y temblor.
Hoy me siento juvenil y anciano. De corrido leo el alma de los jóvenes. Y si les hablo, aún me escuchan… quizá por empatía profunda. Y me siento tan maduro que ya leo la novela de la vida en clave de humorismo y ternura… Me río de nuestros piques… de mis disfraces y escapismos… Y en cuanto llegue al cielo voy a celebrar con Bermudo sus éxitos en la Safa. Y juntos nos hemos de reír de su pompa, de su conciencia feudal… Y, sobre todo, de sus bandazos sociopolíticos…
Y respecto a ti, coetáneo y rival mío, déjame que, sonriendo, te agradezca tu decidido apoyo para que a mis treinta y ocho años me largasen de Úbeda. También te agradezco aquel día tan bonito que disfrutamos toda la División en tu pueblo… ¿Recuerdas? Recuerdo el teatrillo… la misa… Y lo mejor, el reparto de los chicos en el atrio de la iglesia. Yo, lista en mano. Los chicos, a mi vera. Y olvidándome de mi tímida gravedad gritaba como un rifador de feria:
—¿Cómo lo quiere, señora? Los tengo altos y bajos, rubios, morenos… tímidos y galantes. Todos con gran apetito… ¡Trátenmeles bien, que van para señores!
Y la gente, ¡venga, a pedirme comensales! Doña Orencia, oronda, cachetuda y colorada, me pedía dos. Y dos trasparentes, finos como un silbido, le adjudiqué en el acto: López Jaén y Cubero Urbano. Dos chicas feúchas, otros dos querían. Y yo, por consolar y compensar, les mandé a Cabrerizo y a Ballesta… Y, en minutos, me faltaron bocas. ¡Qué buena gente! Y en recuerdo a tus padres, ¡cómo te querían!
Si te llegaren estos escritos, Mendoza, rézame por piedad un miserere. Y léelos sin recelar un atisbo de mala voluntad… Que con largo amor y emoción fueron escritos».
—El curso se acaba, muchachos ‑les dijo Burguillos‑. Excelente. Ha sido un curso de oro. ¡Enhorabuena porque vosotros habéis sido los protagonistas! Nadie sabe de lo que es capaz hasta que no se le da ocasión de demostrárselo a sí mismo. Estoy orgulloso de vosotros. Y no me duele gastar la vida en esta fiesta que es veros crecer. Recordad que la existencia es un curso indefinido en el apasionante deporte de crecer, madurar… Tenéis en la mano la vida y el futuro. Lo más sagrado. No me los echéis a perder. Dios ha sido manirroto con vosotros en capacidades. Agradecédselo, repartiéndoos con otros menos dotados. Llevad a vuestras familias alegría y apoyo. Y también mis saludos. Un abrazo y hasta siempre.
A pesar de esto, casi todos se me despidieron, uno por uno. Cordiales, pero sin sensiblerías. Que dureza y sensibilidad había intentado hermanar en su programa educativo.
Los veranos eran para Burguillos como la plenitud del tiempo… La apoteosis hecha de sol, libertad, familia, campo, viajes, playas y devaneos… A sus treinta y cinco años, recio y enterizo, a días el tiempo se le hacía largo… vacío. Correspondía esta vivencia a las vacaciones de esos dos cursos en que se había sentido un poco rey mago. Cuando cada noche se acostaba rendido y satisfecho, se dormía preparando la sorpresa del día siguiente; porque trabajar en la buena marcha de la División era apasionante. Que ahí, Burguillos, sí que sentía crecerle la hierba bajo los pies. Se sentía identificado con su gente. Y no se acordaba de la dieta y del salario de subsistencia. Le resbalaban las displicencias, aunque fueran benditas. Hasta el acoso de su futuro y la tara de su indecisión se le ahogaban en la brega gozosa de cada día. Era su agosto. Porque aquello era un agosto desbordado y opimo. Como aquellos de su tierra campesina. Cuando era tanto lo que había que acopiar, que los maridos jóvenes dormían en las eras bajo la púdica colcha de las estrellas… ¡Lástima que los días no tuvieran treinta horas!
Y, sin embargo, las vacaciones… Tantos días sin hacer nada… Se le echaban a la cara todos sus problemas. Y con qué crudeza le agobiaban. Había que tomar un camino. Su situación, su puesto en la Safa seguía siendo inseguro y mendicante. Cualquier chisgarabís ensotanado, con la Mayor Gloria de Dios en el bolsillo, podía dejarle al sereno.
Y en la visita de la tarde dio por bueno su razonamiento. Salió al campo decidido y alegre. Palmeándole las carrilleras a Eduardo, al quitarle la cabezada, se lo consultó. Y él, cabeceando arriba y abajo, se lo dio por acertado. Y, como un valiente, puso rumbo a Madrid, firmemente resuelto a buscarse la vida en otros tajos de menor gloria de Dios y mayor seguridad y retribución.
Su madre le reexpedía desde Moral la correspondencia. ¡Jodidos críos! ¡No le dejaban en paz…! Cada carta era una gota, un chorreón de nostalgia. O peor aún, una soga. En una, Isaac le escribe: «Sale el padre Sánchez y llega Rafael Navarrete».
Burguillos tenía un concepto desdibujado de Navarrete. No se conocían. Aun así, a un buen amigo suyo, Navarrete le aventuró un juicio sobre la incapacidad educativa de Burguillos. Cuando tiempo adelante fue su anfitrión en Cartuja, le ofuscó su ilimitada, evanescente seguridad en el liderazgo de jóvenes. Burguillos, que por entonces era piadoso, salvando la proposición del prójimo, escribió en su libreta de notas: “Gárrulo y epifánico”.

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