¿Madrid?… ¿Villaluz o Linares?

25-05-2008.
Burguillos se volvía loco mirando y volviendo a mirar joyerías. En la Carrera de San Jerónimo, un busto negro, en semiperfil, era el centro del escaparate. ¡Cómo lucía! Era un collar de brillantes. Pensó en otro busto real, cálido, fragante, escultórico. Y lo compró. Discretamente sugirió:

—Si adquiero alguna otra joya ¿me reducirían algo el precio?
—¿Qué otra joya, señor?
—Ese rosario…
—Esto es una auténtica filigrana. Vea usted: azabache puro. Engarzadas las cuentas en plata sobredorada. El crucifijo, oro de 18 quilates. Ya el estuche es una joya.
No hubo descuento. Pero le regalaron un fino sujetador de corbata.
—Envuélvamelo por separado con esmero. Por favor, con mucho esmero.
—Descuide, señor. ¿Acaso un compromiso de boda?
—No, no. Unas familiares a quienes adoro…
Le entregaron la garantía y una factura sellada y firmada. Nunca había manejado Burguillos tanto dinero.
Doña Angélica e Isa se habían alojado en un hotel junto a la Puerta del Sol. Llevaban tres días en Madrid y aún no había acudido a verlas. Precisamente, por elegir algo a gusto. Unas joyas dignas para celebrar el encuentro. Y también su presentación vestido de galán. Traje a medida. Gris marengo, con chaleco. Corbata azul a rayas blancas trasversales sobre camisa blanca. Zapatos de artesanía negros; y negros los calcetines. El pelo, largo, con su ondulado natural y una breve melena. Aún así no lograba disipar su olor a sacristía. Subió nervioso. Doña Angélica le abrazó, le besó y le lloró encima. Él, con verdadera ternura filial le enjugó las lágrimas y, besándola, la llamó «¡guapa!». Ella se separó unos pasos y le miró de arriba a abajo. Nombró a Israel y de nuevo se enjugó las mejillas.
Isa, recatada y nerviosa, también lo besó. La única que logró serenarse fue doña Angélica. Vestida y peinada de gran señora, el collar y la pelerina con que se cubría los hombros los recordaba Burguillos en el retrato al óleo de la abuela Mercedes.
Isa, imperceptiblemente retocada, estaba muy bonita. Vestida con elegancia. Azul oscurito con detalles y adornos de encaje en marfil. El pelo, hermoso pelo negro y brillante, juvenilmente suelto. El escote, siempre honesto y sugerente. Se conservaba joven. Con esa belleza de la plenitud. Puntual y apremiante como la sazón última de las frutas.
Los regalos las sorprendieron. Las confundieron. Isa, emocionada, le abrazó. Él, rozándole con sus manos temblorosas la hoguera de sus cervicales, le colocó la joya. Ella, afectada, acaso oferente, se dio la vuelta como si esperase que la estrujara en un abrazo y le prensase los labios. Burguillos le dijo «¡bonita!» y, distanciándose, como tomando perspectiva, inició un aplauso. Le sugirió que se mirase en el espejo. Doña Angélica, besando la cruz del rosario, le preguntó:
—Pero, hijo, ¿a qué viene esto?
—A nada, doña Angélica. Nunca he podido manifestarles nada más que con palabras cuánto las quiero. Hoy se lo digo con el fruto de mi trabajo. Son las primicias de mi salario.
—¿No será una bonita manera de devolvernos…?
—¡Por Dios, doña Angélica! Acéptenmelo con el mismo cariño con que yo se lo ofrezco. Y por favor no se hable más del tema…
De pronto, se enfrió el calor del encuentro. Isa, que lucía radiante el collar, se lo quitó nerviosa y, sin nuevos encomios, lo devolvió a su estuche.
Almorzaron juntos, en distendida charla. Doña Angélica insistía en indagar su vida en la Safa:
—¿Comes bien, hijo? Porque estás más liviano que en Comillas…
—Es cosa del tipo, doña Angélica…
—Pero dime, hijo, con sinceridad. ¿Cuál es tu misión allí? ¿Qué haces propiamente? No estarás de sacristán, ¿eh?
—Que no, doña Angélica. Que mi trabajo es muy bonito. Además de impartir clases de Literatura, modelo el alma de futuros educadores…
Qué cosas dices, hijo mío. Modelar el alma de los pobres… ¿Les llenáis antes el estómago? Si piensas medrar con frailes en una obra de pobres,, ¡apañado vas!
Cambió Burguillos de tercio, porque doña Angélica le estaba metiendo el dedo en el ojo:
—Tengo entradas para el cine. Aquí cerca. Una película bonita. No hay frailes ni pobres. Palacios y grandes damas. Sisí, Emperatriz. Doña Angélica, acompañada de Isa, se retiró a descansar. Burguillos, en tanto Isa volvía, aprestó lanza y escudo.
—No tenías que haberte molestado… Ni a mi madre ni a mí nos ha parecido bien… Nosotras lo hicimos porque pensamos que estarías en apuros…
—Me vino muy bien. Y os lo agradecí mucho. Pero ¿por qué te lo has quitado, así, como desencantada? Si te va precioso. No sabes cómo te realza ese “alto cuello de garza…”.
—Veo que sigues tan decidor. Sin tomarnos en serio.
—Isa, por favor, no digas cosas ofensivas. Y no amarguemos el encuentro.
—Pero, ¿por qué nunca me dejas hablarte claro de una vez? Escúchame y después haz lo que quieras, como siempre…
—Habla, niña mía, habla. Que tu siervo escucha.
La vio que se agitaba. Lo decían sus manos siempre expresivas. Y las aletas de la nariz.
—Ahora ya no puedes poner a Dios por parapeto. Ya eres un hombre libre. Bueno… libre, libre, lo serás cuando tengas cuajo para soltarte de los jesuitas. Que pareces un niño chico agarrado a la falda de su madre. ¿Piensas pasarte la vida limpiando los mocos a los niños pobres de media Andalucía? ¿O aguantando jesuitas de poca talla? Porque los jesuitas, como todos los frailes, los buenos a los colegios de pago. Y los más cortitos, con los pobres.
¡Cómo; con qué dureza y acierto le zurcía a Burguillos la niña dulce de su adolescencia! Le restregaba la herida fresca con salmuera.
—No te voy a repetir lo que ya sabes: que la casa y la heredera de los Bastida están a tu disposición. Te digo que luches por ser alguien… Que en el pordioseo que sin duda vives, te vas a sentir toda la vida frustrado. ¿Por qué al dejar Comillas no te enrolaste con los del Opus? ¿O hiciste Medicina, que te gustaba? Y sabe bien que siempre, siempre me tendrás a tu lado, aunque me desprecies.
Pero, Isa, ¡cómo hablas de desprecios! Te gusta verme sufrir…
Los ojos se le hacían agua a Isa mientras Burguillos se encorajinaba y sentía comezón de mandarla al carajo. Aunque, seguidamente, se conmovía y le apetecían ternezas. Pero, en conciencia, se sentía una mala persona por no haber atajado a tiempo aquel mal juego.
—¿Es que no me ves que me estoy pasando como las frutas en los árboles? ¿Es que no te das cuenta de que cada año que dejas pasar es un hijo que perdemos?
Ganas le dieron a Burguillos de taparle la boca y gritarle: «¡Calla, calla, hembra bravía!». Y deseos sintió también de tomarle la cabeza entre las manos, comerle los labios y decirle: «¡Esta noche…!».
En el cine lo colocaron entre las dos. Y repartía bombones y cariños por igual. Doña Angélica se enganchó enseguida a la película. Isa, impasible, en actitud interesante. Se diría que “de morros”. Burguillos no sabía qué hacerle o qué decirle para desenojarla. Que no le gustaba tener gente a su lado sufriendo y no consolarla. Le peló un toffee y se lo puso en la boca. Le dio unas gracias secas, desabridas… Una sesión de manitas lo hubiera arreglado todo, al menos de momento. Pero no es obra de misericordia dar unas goticas de agua al sediento. Exacerbarle la sed y no apagársela. Y pensaba Burguillos que no tomaba en toda su profundidad el drama de Isa… Que se estaba autodestruyendo por un capricho. Y que ese capricho era él.
Le pesó haberlas llevado al cine. Y se arrepintió de los regalos… Porque, en realidad, más les sonaron a devolución que a compromiso. Cuando a Isa le colgó el collar se le alegraron en las entrañas jugos maternales… Pero, con qué desencanto lo devolvió al estuche. Esta situación le trastornaba el buen dormir. ¡Pobre Isadora! Si él tuviera certeza de que aquella unión, tan desigual, le aseguraba una felicidad conyugal duradera, él daría paso. Y sin comprometerse en nada se propuso pensarlo a fondo.
Como por inercia, Burguillos regresó a Úbeda, con más pena que esperanza. Todo igual. Los interminables pasillos de paredes desnudas, fríos, monótonos, mudos… El nuevo 1956 no había cambiado ni ensanchado nada. Lo único que seguía maravillosamente igual eran la luz de los patios, el panorama del valle, abundoso en rebaños de olivos y el alma transparente de los chicos. Burguillos sentía cierta pena callada. Le parecía que el tiempo se aburría. Que no se le tomaban en cuenta las oportunidades que guarda en los pliegues de sus días. Y se dormía plomizo sobre el colegio y sus gentes. Reglamento, clases, profesores y textos, invariables. Los mismos métodos, salarios y la misma comida. Todo igual.
Los chicos arrastraban con ellos la murria que siempre deja al irse la Navidad. En la mayoría, era pesada y aflictiva como una gripe del ánimo. La mejor vacuna, de cara a la primavera, un ramillete de proyectos que les implicase. Y Burguillos solamente podía prestarles oídos para escuchar sus juergas, sus conquistas y sus desmadres. Cómo la nostalgia y el afán de impresionarlo les calentaban la boca.
Fue ya muy entrado marzo. Había iniciado Burguillos la clase de Literatura. ¡Qué curso tan estimulante el de Antonio Poza y Manuel Jurado López! Lo sacaron de la clase. Lo esperaba el padre Rector. ¿Qué sucedía? ¿Otra vez, el padre Wenceslao? Lo recibió cordial y celebró su buen hacer.
—Te voy a proponer algo que no se lo propongo a muchos de los nuestros.
Los ojos, por el cambio de luz, le hacían chiribitas. Y pensó si lo iría a destinar a misiones.
—Hijo, quiero para la Residencia de Linares un Director activo y responsable. Sé que te entiendes bien con el padre Gómez. Irías en muy buenas condiciones…
—Padre, yo no conozco nada de aquello…
—Tómate tiempo para pensarlo. Cuando te cuadre bien, te vas unos días y lo ves. Harías un gran servicio a la Safa. Y tú te beneficiarías en todo.
Y pensando que su vida parecía condenada al suplicio de las opciones, de la elección, Burguillos retardó el viaje hasta Semana Santa. Pero cuando supo que Linares era un poblachón industrial… y que sólo había formación de profesionales, dudó.
Nada más llegar a Linares, sintió de corazón que aquello no era para él. Ni por la ciudad, ni por las Escuelas, ni por el trabajo. Tenía Burguillos aún frescas sus pequeñas ínfulas de humanista. Alguien trató de hacerle ver las diferencias de salario y categoría respecto a Úbeda. Úbeda, sus olivares, sus torres, plazas y palacios… Y aun sus niñas, ya habían entrado en él. Y una vez más Burguillos se cerró al destino y dijo no. Y en este «no» nunca pensó que quizá le despreció a la fortuna el hilo dorado que le ofrecía.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *