La venganza de «El Alimoche»

Después de dos años en la sierra de Cádiz, mis pecados y cierta ignorancia me llevaron a Cataluña. De primeras me adjudicaron una Unitaria en Badalona de donde, por una merecida supresión debida a las pésimas condiciones del local, pasé a un Colegio enorme. Hablamos de los primerísimos setenta, una época en la que estos centros hervían de políticas y por tanto de rivalidades enconadas que se sumaban a las naturales antipatías que inevitablemente se crean en estos colectivos a cuenta de las injusticias de siempre en el reparto del trabajo, y del increíble egoísmo que se respiraba en corros, pasillos y reuniones. Eran los tiempos de las ahora casi olvidadas permanencias, cuyo cobro y reparto producía vergonzosas discusiones a cuenta de la falta de celo que algunos demostraban en la exigencia del pedagógico tributo.

 

 

Casi la mitad del claustro era de Castilla la Vieja; luego estábamos tres o cuatro andaluces, dos murcianos y el resto catalanes. Las afinidades eran más políticas y de edad que regionales; pero el estado civil, por eso de la libertad de los solteros, promovía ocasionalmente, cuando otras discrepancias no eran sangrantes, algunas reuniones de bar que podían durar toda una noche.
El Alimoche y yo éramos entonces gozosamente célibes: yo veintimuchos, él cuarenta y pocos. Era de un pueblo de Lérida y, después de varios rebotes, había terminado mestre por hacer algo. Su nido era un pisillo de Santa Coloma donde terminamos él y yo cierto sábado a las cinco de la mañana, después de un recorrido errático que incluyó tres tabernas del Barrio Gótico y dos bares de putas de la calle Robadors. El piso, al que con buen juicio no acostumbraba a llevar a nadie, hubiera sido el espanto de su señora madre si lo hubiera visitado alguna vez, pues el desbarajuste de cuadros, muebles y objetos diversos de inescrutable procedencia hubiera despertado ansias piromaniacas en el ánimo más tolerante. Sacó de una alacena una botella de Torres 10 y dos copas, y empezó a explicarme el pedigrí, no sé si cierto pero interesante, de los objetos más llamativos: un escudo zulú, un salacot, una prehistórica cámara de fotos… Luego nos explicamos mutuamente la parte de nuestras vidas, que aún no habíamos repetido más de siete veces y, coincidiendo con las últimas copas, nos quejamos a dúo de lo falsas que son las mujeres.
El tío pintaba, escribía poesía en catalán y castellano, hacía fotos de pájaros y plantas para una revista del Museo de Badalona, te leía el tarot, y ahora estaba con la cosa del aura, una especie de halo que, según él, rodea a los seres vivos y del que me mostró supuestas fotos. Por lo demás, llevaba una vida, más que bohemia, desastrosa; bebía más que comía y su higiene, sin llegar a ofender la pituitaria, dejaba bastante que desear. Sin embargo, cumplía con su trabajo, aunque el asunto “permanencias” le ponía malo. La última extravagancia era haberse comprado con otros dos maestros una avioneta biplaza de cuarta mano que tenían en el Aeroclub de Sabadell y cuyo estado no sólo les proporcionaba terribles y fantásticos subidones de adrenalina, sino más posibilidades fotográficas para el museo.
Se definía “anarconaturista”, un concepto que él intentaba explicar con escaso éxito; pero eso era lo de menos. Yo lo veía como un buen tipo, inteligente para sus cosas, aunque un tanto perdido. Y desde luego si tenía vocación de maestro, la hostilidad sarcástica de la mayoría de los maestros le impedía disfrutar de la escuela con la que cumplía escrupulosamente, al menos el horario.
El mote se lo había puesto una maestra de Soria que no lo podía ver ni en pintura y pronto tuvo éxito. Su aspecto, el destartalado Seiscientos que pilotaba, la no más cuidada indumentaria y la provocación continua que sus opiniones representaban le habían acarreado desde siempre una larga ristra de apodos, pero no llegaban a cuajar. Cuando apareció a primeros de curso pelado al rape, rubiasco como era, con sus profundas entradas, los ojos saltones y el narizón prominente que le daba perfil de pájaro, nadie pensó en llamarlo águila o cóndor. La de Soria lo clavó: alimoche. Con la compra de la avioneta, el mote quedó revalidado y fijo como si hubiera aprobado unas oposiciones. De haber visto el artefacto tal apodo se hubiera convertido en EL ALIMOCHE SUICIDA. Acepté ser su copiloto un domingo por la mañana y aún no comprendo cómo puedo estar ahora contándolo. Pero esa es otra historia.
Decía que el clan de los castellanos lo llevaba mártir y ya hacía tiempo que habían pasado de la burla tonta al sarcasmo cruel.
El hombre aguantaba y fingía no darse cuenta de las risitas y dardos envenenados de las colegas, pero cuando una mañana apareció clavada en el tablón de anuncios una nota diciendo:
LAS MAESTRAS DE ESTE COLEGIO SON UNA COLLA DE HIJAS DE PUTA,
las aludidas no tardaron en culpar al pobre Alimoche, pues en su opinión nadie, ni del Colegio ni de fuera, pondría algo así. “Ha tenido que ser el Alimoche”, decían.
Arreciaron las pullas, comentarios en voz alta para que se enterara e, incluso, una pintada en la pizarra de su clase con insultos y amenazas. Se habían pasado.
Al día siguiente en el tablón de anuncios de la portería, en letra de imprenta grande y clara, apareció este soneto que algunos, hartos de la injusta persecución de aquella odiosa tropa ,celebramos como La venganza del Alimoche.
ALGUNAS VOCES, DIZ QUE FEMENINAS
EN OCIOSOS CORRILLOS DEL CONVENTO
MANEJANDO SU BILIS DE ARGUMENTO
A MI COSTA PRESUMEN DE ADIVINAS.
MALGASTAN ESAS LENGUAS VIPERINAS
SU MALA LECHE EN INVENTARSE UN CUENTO
QUE ADEMÁS DE OFENDER MI ENTENDIMIENTO
DEMUESTRA SER EL SUYO DE POLLINAS.
ENTIENDAN ESAS DAMAS Y DONCELLAS,
QUE EL QUE ESCRIBA YO TAL, FUERA ANTITÉTICO,
PORQUE ADEMÁS DE PLEITOS Y QUERELLAS,
CAERÍA EN UN ABSURDO ERROR GENÉTICO:
FUERA COMO DECIR EN PLAN HERMÉTICO
QUE SUS PROPIAS MAMÁS SERÍAN ELLAS.
El Alimoche.
Tras el revuelo consiguiente, que duró casi una semana y que trascendió a otros centros, las aguas se calmaron después de que la Directora hablara en privado con el grupo aludido, que a partir de entonces se ocupó más de sus asuntos. Por cierto que al final se descubrió que lo de “colla de hijas de puta” lo había escrito una limpiadora colérica harta del desorden, suciedad, colillerío y esturreo que dejaban algunas señoras maestras en sus clases.
Al año siguiente no volvió. Dijeron que se había trasladado a un Centro de Santa Coloma. Yo alcancé a visitar un par de años más tarde una exposición suya de fotografías de auras en el Museo de Badalona, pero a él no lo vi .El otro día, como frecuentemente ocurre, me encontré el soneto cuando revolvía unas cartas antiguas y de ahí me ha venido revivir esta historia; no debo ser el único que lo conserva, pues se habló de él un tiempo y algunos hicimos copia. El Alimoche se llamaba Josep y algunos le apreciábamos sinceramente.
Mi vuelo en aquella pintoresca aeronave fue el último antes de que una preceptiva revisión que nunca superó la dejara arrumbada en un hangar del Aeroclub de Sabadell, o sea una singladura histórica. Sólo por eso debería guardarle al amigo Josep un recuerdo entrañable pero, atendiendo al miedo horroroso que pasé, también cabe la alternativa que cristianamente intento evitar de no perdonárselo por los siglos de los siglos.
 
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Publicado en: 2005-12-28 (68 Lecturas).

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