Díptico del gracioso y el graciosismo

(Viendo en los «Ratones coloraos»
a un señor que contaba historias propias
interrumpidas por risitas y pitidos de lo mismo.)

Puede estar en cualquier sitio: en la plaza
en la calle, en el bar y en la fritanga
del churrero. Nieto de aquel «charanga
y pandereta» que ni la mordaza
logró, de don Antonio, darle caza,
porque suele escaparse por la manga
o el aire socarrón del chiste ganga,
vacío, huero, hueco y calabaza.
Pulga cerril del noventayochismo
que pica como mosca cojonera
al que, oyendo su gracia lisonjera,
no le aplaude o palmea en pluralismo,
ni esboza una sonrisa pasajera.
¡Solapado aguijón del graciosismo!
***

Siempre fue necesaria a la República
la figura aliñada del gracioso,
como la miel es buena para el oso
o el vil desnudo a la mirada impúdica.
Cual bufón liberado en corte lúdica,
ronda por nuesta vida, misterioso
ejemplar de la burla y lo chistoso;
sin duda productor de la palúdica
fiebre cuando, con risa de sal gorda,
nos truena carcajadas en cascada
de las que sólo la mueca desquiciada
de su boca salibea y engorda.
Es resto es bujarrón, es pesadilla,
es amargo pitillo sin colilla.
«Es herida que duele y no se siente»,
como es el peso de un mosquito en lomo
de caballo percherón. O, como…
cuando a Adán le sacaron la costilla.

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