¡Fuera las máquinas!

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Por Mariano Valcárcel González.

Hace algunos años los predictólogos de la escuela social-tecnológica nos prometían el advenimiento de una era ideal; según se veía venir los avances en la tecnología variada y especialmente en la de la computación y los automatismos, nos llevarían a disponer de más horas libres o de ocio, más tiempo para dedicarnos a otras actividades que no fueran las del mero trabajo o de la subsistencia. Entraríamos en una nueva era en la cual el ser humano potenciaría sus capacidades intelectuales y artísticas, disfrutaría de la vida familiar y social, se volvería más cosmopolita gracias a quedar relativamente liberado del trabajo y sus exigencias.

Que, efectivamente, la tecnología actual nos lleva ya por el camino de la sustitución del hombre por la máquina, cada vez en mayor medida y anunciándose día a día nuevos avances tanto en robótica como en inteligencia artificial, es manifiesto. Y manifiestas sus consecuencias. Pero estas consecuencias no son tal y como se prometían, al menos en sus mejores efectos.

Porque, para que se lograsen todos los mejores y profetizados efectos sobre los humanos, se habrían tenido que mantener unas condiciones sociales y económicas que, sin embargo, los máximos beneficiados materialmente de este desarrollo se han encargado de ir progresivamente, y al compás de los avances descritos, demoliendo.

El neoliberalismo ramplón ha sido en realidad la máscara que trató de darle un tinte de ideología al mero capitalismo depredador, máquina de hacer dinero y riqueza con la especulación no productiva, la de los fondos buitre, los golpes de mano en las bolsas, la deslocalización de capitales y de empresas y demás lindezas, a costa de cargarse el tejido productivo de cualquier zona, los empleos de millones de obreros y la destrucción de la clase media. El mantra repetido: desregulación, deslocalización y liberalización.

No ha empezado todo ello ahora, aunque ahora se van notando parte de sus terribles consecuencias. Ya, con los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, en los ochenta y noventa del siglo pasado, se iniciaron los verdaderos ataques tanto a lo que significase Estado y lo público como comunismo e incluso socialismo o socialdemocracia; las desregulaciones y privatizaciones de los asuntos públicos, en beneficio de la empresa privada, fueron las líneas constantes en sus políticas. Colaboró con ellos de forma entusiasta el Papa Woytila, en su deseo de acabar con el comunismo, tanto en su país, Polonia, como en el resto del este de Europa y del mundo. Y, sin embargo, lo que se venía encima no tenía nada que ver con el tema religioso, salvo utilizarlo como argumento/pantalla.

Cuando cayó El Muro en 1989 y dos años más tarde se desintegró la URSS, creyeron ver confirmadas todas sus ideas y, mejor aún, que ya tenían el campo despejado para llevarlas a la práctica hasta sus extremos. Las batallas ganadas por los dirigentes anteriores ya habían servido de banco de pruebas que confirmaban la bondad, para ellos, de su línea económica y social. Libertad de movimientos de capitales y falta de controles de cualquier autoridad política. Con Bush padre y luego con Bush hijo en la presidencia de USA, se dieron los empujones necesarios para universalizar su aplicación.

En su egoísmo ciego, les importó y les importa un pimiento que las diferencias y la injusticia social fueran aumentando, que se formasen bolsas enormes de paro y que la gente quedase desamparada y a merced de los especuladores; que la clase media fuese perdiendo capacidad adquisitiva y pasase de media a pobre, que en plena crisis (pues la consecuencia lógica era abocarse a una crisis) aumentase el número de ricos… Nada los detuvo ni los detiene, salvo…

Claro, surge el lobo del populismo y se empiezan a extrañar de tal fenómeno; más que a extrañar se empiezan a preocupar; pero no les es de igual preocupación si el signo populista es de izquierdas que si es de derechas. Pues, para estos supuestos neoliberales, hay un populismo bueno y otro malo.

Cuando surgió, en España, el populismo de izquierda, bajo el inicio de movimientos callejeros de protesta, se les dijo cínicamente que optasen por hacer política; y lo hicieron y ya verdaderamente los asustaron. Pero aún siguen apretando las tuercas a las capas sociales descritas, a despecho de lo que pueda sobrevenir, en su orgullosa seguridad.

Peor todavía es la realidad del auge del populismo de derechas; en realidad, germen del fascismo, si no fascismo puro. Ahí está ya con voz potente arrastrando a las gentes desencantadas y desarraigadas, hasta el punto que hemos visto en Estados Unidos y lo vemos en Francia y otros países. Y digo peor, porque este populismo agrada al conservador y al capitalista, que lo considera un vehículo muy eficaz para preservar e incluso ampliar su ámbito de influencia, sus beneficios de clase. El bucle crisis capitalista – deterioro social – auge del populismo – fascismo salvador es un modelo ya experimentado tristemente en la Historia, con fatales consecuencias; pero ahora estamos viendo que la ambición capitalista es de tal envergadura y ha adquirido ya tal desarrollo que, llegar hasta el límite, le es hasta deseable.

Hace años, decía Sánchez Gordillo que si para que las gentes comieran había que quitar las máquinas (del campo) pues que se quitaban y punto. A mí, entonces, me parecieron estas palabras absurdas; pero ahora me las estoy repensando… Tal vez, y sin renunciar a la tecnología que nos va invadiendo, todavía estemos a tiempo de reconducir el proceso tecnológico y social.

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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