090730

HABLAR O CALLAR
Dice la sabiduría popular que es más difícil administrar los silencios que elegir las palabras. Por si acaso, no está de más ser respetuoso con la sabiduría popular, dicho sea sin la menor intención política.

El caso es que, últimamente se echan a faltar en nuestra página web los escritos de algunos compañeros que, hasta hace poco, eran asiduos colaboradores. Aunque imagino las razones, me gustaría conocer los motivos que les impulsan a mantener su mutismo; pero, seguramente, casi todos contestarían con un silencio de siglos.
Dice también la sabiduría popular que el silencio es la prudencia de las personas inteligentes. La Biblia ‑repásese el Libro de los Proverbios‑ nos advierte de que al que calla se le entiende; y la Biblia, como todos sabemos, es palabra de Dios. Del silencio se ha hablado mucho, casi siempre bien, y se le han dedicado infinidad de elogios, en la mayoría de ocasiones, convincentes. No obstante, esos elogios siempre se han hecho con palabras habladas o escritas, lo cual no deja de ser, en cierto modo, paradójico.
«Al buen callar llaman Sancho» ‑reza el dicho popular, para elogiar la discreción y la prudencia‑. Pero el Sancho al que la frase se refiere es al que reinó en Castilla y León con el nombre de Sancho II, el Fuerte. Al otro Sancho, don Quijote le dedica largas parrafadas para criticarle por todo lo contrario. Por ejemplo, en la aventura de los cuadrilleros, capítulo XLVI, en que le llama bellaco, villano, mal mirado, descompuesto, ignorante, infacundo, deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente. Otra paradoja. Y claro está: después de una sarta de “elogios” tan singular, no es de extrañar que el fiel escudero se quedara mudo por mucho tiempo.
Suele decirse que el que calla nunca se equivoca; aunque tampoco estoy demasiado de acuerdo, porque nos hace dudar de si lo hace porque otorga, desprecia o está en total desacuerdo con lo que se dice. Y es que, como dijo “El Guerra”, que era torero y, posiblemente, pariente lejano de don Alfonso, «hay gente pa tó». Tanto es así que, en el colegio, decía un profesor ‑no recuerdo cuál, (y si lo recuerdo, me lo callo)‑ que el silencio es la elocuencia del necio; que por esta razón, a los cartujos les habían liberado del voto de silencio, porque hablar es bueno y desarrolla la inteligencia; y que los animales menos inteligentes de la creación son los que no hablan, como, por ejemplo, los peces, que permanecen mudos durante toda su vida. Seguramente por eso, don Lisardo (este profesor sí que era un sabio y un santo, del que me acuerdo frecuentemente), cuando corregía mis traducciones de latín, me llamaba a su mesa y me decía con su inolvidable acento gallego:
–Dionisio, hijo: estás pez.
Y yo me quedaba mudo como un lenguado.
Es evidente que este no es el caso de nuestros asociados. Si no escriben en la página web con más frecuencia, no es porque no sepan o no tengan nada que decir; es simplemente porque no les apetece o porque no les gustan algunos escritos de los que aparecen en la misma. Entonces, hacen como dice Serrat en la canción: «Porque te quiero a ti, porque te quiero, cerré mi puerta una mañana y eché a andar». Lo raro es que, a pesar de todo, algunos de nuestros escritos tengan tantas lecturas como registra la contabilidad de cada uno de ellos. Yo creo que Berzosa, que es también sabio y además santo, cada noche nos va regalando lecturas, como limosnas, para que no nos desanimemos y volvamos de nuevo a la pecera.
Barcelona, 24 de julio de 2009.

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