Poesía inédita, 12

15-07-2009.
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Larga confesión de estío
Cuantas horas tenho pasado
en convivio secreto com a idea de ti…
Cuantas pingas de chuva…
F. Pessoa.

[…]
Otoño oscurecía su viento en tu melena / y yo siempre al acecho,
tejiendo aquella rima
que tantas veces nos pilló desnudos.
El agua, y de repente, tu voz salitre y eco / con mi palabra ardía
y vino el dardo luego
a estrujarnos en miel aquellos tiritones de cadera.
¿Por qué quejarse ahora con tanta nieve hundida / en el brocal del pozo,
y qué remedio queda
sino atar al fantasma y ahogarlo con su sábana?
Se diría que el mar nos tiene prisioneros / y arrecia el maldeojo
con su horóscopo ciego
para aguarnos la fiesta y prestarnos su modorra.
Estábamos allí con nuestras dudas / aprendidas en vivo,
cuando el verbo
nos ponía con urgencia a masticar los trigos.
Invierno en las alcobas / de aquella calle asfalto,
‑iBadina y paraíso!‑
en el dulce y clandestino jadeo de la escalera.
El libro ‑y de repente‑ tu cal / sobre el cemento añejo,
mi resfriado a secas
como abrazo en los huecos de tu orugal calima.
Habiéndonos prestado todo el tiempo preciso / y a qué ritmo,
nos bastaba un instante
para atrapar el mundo a pesar de sus taras y sus reprises.
Estábamos allí chapoteando el charco / de lágrimas vertido
para llorarnos ‑creo‑
de intuiciones tal vez… e irremediablemente.
Primavera en el reloj de arena / aún averiado
en aquella casete
que se fue contigo y casi sin darnos cuenta.
A veces el alba y tu sonrisa / nos cogían desprevenidos,
como despistados peces,
mientras el café descorchaba su música latina.
Sobre todo felices y armónicos a un tiempo / regalamos euforia,
y hasta inocencia,
en cada paso y huella de todo el largo viaje.
Pues claro que podemos / espantar este hielo de ceniza,
si renovado el pacto
jugamos a olvidar los aquelarres mudos.
De noche y tras el limbo / de las viejas estatuas,
te recreo mimosa,
y sale un ángel luego a cubrirnos de ascuas en los jardines.
Ya sé que hay gatos pardo! / con el tejado a cuestas
pero la luna encima
nos nubla y nos enreda las combas de los muslos.
Verano apenas llega / a escondernos su nombre en la batalla
de la vieja colmena,
y, sin embargo, quedan la distancia vitral y los desvanes.
Y es que el mar no se entera / de que no hay fechas
que nos traen estas broncas,
cuando menos conviene y a destajo.
Desde luego que no / no estamos solos
en este viacrucis
solemne y ritual de las abejas ciegas.
Claro es que hubo un tiempo / en que la vida
se nos hinchó deprisa,
y también que se nota este cambio sin venir a cuento.
Confieso que nos bebe el Tajo / con su preñado aljibe
a punto de estallar
en la fría atalaya de Belém, y con su tarde lenta.
Sólo existen los húmedos caballos / de aireadas crines
con tu ternura ‑a veces‑
que tantas veces amo y tal vez a destiempo.

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