Úbeda: tus límites humanos, 4

06-07-2009.
Editado en la revista Gavellar.
Año IX, n.º 102.
Mayo de 1982, p. 12.
El amor, ¿es un sentimiento vívido, un concepto abstracto o una realidad inevitable del ser humano? ¿Pertenece al deseo inalcanzable o es asequible al propio esfuerzo? ¿Necesita nuestro parto doloroso, o debe fluir mansamente y connatural?

El amor es una tensión y, como tal, su fluencia sube y baja igual que las ondas hertzianas. Pertenece en gran manera al campo del idealismo y, por eso, las gentes corrientes rehúsan hablar de amor y prefieren la expresión cariño. El cariño es más llevadero, más próximo, menos cursi. Lo dominamos y repartimos en cantidad y calidad a nuestro antojo.
Pues bien. Mi gente tiene un gran cariño por Úbeda, sus personas y sus cosas. Es más: si hubiera que hacer una última y exquisita prelación, diría que el cariño es máximo para las cosas y óptimo para las personas. Lógico. ¿Quién no quiere a su tierra y a sus gentes?
En Úbeda, sin embargo, hay que especificar más esta cuestión y lo pretendo hacer enseguida.
Primero: Personas hay, en ingente número, que rezuman un hábito entusiasta por lo autóctono.
Segundo: Trasvasadas estas personas, circunstancial o definitivamente, a lugares extraños, no cejarán de expandir un recuerdo amoroso de y sobre el terruño lejano.
Tercero: Ese efluvio se mantendrá, se recordará, se encenderá en fuego ardiente a través de viajes esporádicos o previstos; o, si la distancia es imposible, por contactos gráficos: periódicos, revistas, cartas…
Último: El anhelo ubetense es una fuerza irreprimible que merece ser valorado en su justa grandeza.
Mas, toda grandeza tiene viles servidumbres. Este es el clavo que me traspasa el afecto y la ponderación. Por él, me remuevo en mis cimientos y me encrespo. Esa certidumbre está formada por una caterva de personajillos, que se exceden en su cariño y llegan a lo ridículo, narcisos y eunucos. Narcisos, porque en su amor rompen todas las normas de lo verosímil y se autoestimulan para ser paladines del cariño desmesurado. Eunucos, pues no son sino grandes guardianes de las bellezas y de los encantos de su ciudad; aunque guardianes sin adornos varoniles, que equilibran el juicio y la palabra.
No los desprecio, a pesar de su imprudencia. Pero tampoco podemos permitírselo, amigos. Nos estropean nuestro paisaje humano. Y no los desprecio, porque son inconscientes de su propia calamidad. Ese es el problema. Tendremos que advertirles que quieran más objetivamente lo nuestro, si quieren hacernos un preciso favor. Que atemperen sus obsesiones, sus juicios excesivos e inexactos, sus valoraciones abultadas, sus enternecimientos ñoños, sus frases rimbombantes, sus gestos pretenciosos.
Cuánto hay que opinar sobre esta materia. No voy a caer en ese extenso discurso, porque sería un monólogo mío sin la contrapartida de vuestra palabra. Pondré un ejemplo, tomado de mi amigo, y tal vez resulte pródigo en coincidencias sobre lo que vosotros y yo, seguro, opinamos al fin sobre el asunto.
Había una vez un hombre del barrio de Santa María, al que tenía ganas de echármelo a la cara para comprobar si era cierto su desmesurado entusiasmo por las cosas de Úbeda. Se presentó la ocasión en el bar Tera, tomándonos unos vinos.
Como yo quería tantearlo, no tardé en buscar los hilos para llevar mi conversación por donde me interesaba. Así que, una vez enfrascados en el tema, tomé la postura del que no se preocupa de lo ubetense; casi del que prescinde de ello, por tal de rebelar el ánimo de mi interlocutor.
Hablamos de la inevitable Semana Santa, de los magistrales monumentos… Dimos un repaso general a todo, y todo era muy oportuno y conveniente, como puedes imaginar. Su postura era la típica del indocto, que cree tener razón porque no puede contrastar la suya con otros puntos de referencia. Y, cuando los conoce, se inclina por lo suyo, por aquello del corazón y la patria chica.
Sentí pena y desprecio por él. Era taimado, porque sabía conceder oportunamente, en cosas de menor importancia; pero no cedía un negro de uña en lo que él consideraba fundamental.
Llegamos a un estado de conversación en que apenas podía seguir y, por momentos, estuve por dar media vuelta y dejarlo en su engreimiento ridículo. Me retuvo, saber hasta dónde llegaba su fanatismo. Y así, le planteé la pregunta que después fue clave:
—Entonces, ¿qué hay de malo aquí?
Se quedó dudando un instante, me miró astutamente, se sonrió con fruición, apuró el vaso de tinto, lo dejó magistralmente sobre el mostrador y me dijo:
—¡El vino; que no tenemos!
Naturalmente era una incongruencia para salir del paso. Pero lo dijo tan socarronamente, que no tuve más remedio que reír con él y reconocer que su trayectoria ubetense era indeleble, como si un estigma eterno lo hubiese marcado.
Me atrevo a confirmar que aún quedan personajillos de este aliño entre nosotros. Supongo que será difícil, si no imposible, erradicarlos. Pero lo que me importa aclarar ahora es que no podemos quedarnos estancados en el recuerdo de nuestras glorias pasadas, ni presumir de nuestra enjundia presente, conservando por conservar. Tenemos una historia —pequeña para la humanidad, grande para nosotros— que cubrir desde este punto hasta el fin del mundo. Úbeda, dentro de cien años, será lo que nosotros hayamos querido, igual que amorosamente lo quisieron nuestros antepasados. Ellos ya cumplieron. ¿Podemos presumir de su esfuerzo? ¿Por qué no…? Pero eso nunca podrá ser nuestra justificación, aunque pueda ser nuestro sano orgullo. Hagamos, pues, la historia de cada día, sin anclarnos definitivamente en tradiciones pasadas que, por pasadas, pueden estar marchitas. Revivamos, entonces.
José María Berzosa Sánchez.
Profesor Agregado de Lengua y Literatura.
berzosa43@gmail.com

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