Corrida en pelo, 1

10-05-2009.
Al irse Roberto Pascual, estuvo al quite y se hizo con la vacante. El ser Rector le iba a Elíseo Barón. Era lo suyo. Le había cogido gusto al oficio… Y lo mismo llevaba el distinguido colegio de San José que la Profesional de Cristo Rey. Qué más da. El que hace un cesto…

Quizá, quizá… Acaso después de Roberto y de la flexibilidad de Taboada les cayera a todos como un zapato poco adaptable. Con Burguillos estuvo atento. Y le dijo aquello tan jesuítico: «¡Qué labor la tuya…!».

Burguillos escuchó los vientos. Escrutó los astros… Y no recibía buenos augurios. Estaba ya metido en la cincuentena. Preveía seis años de baldío e inercia. Que certezas tenía de que era ordenancista. Y siendo así, poco margen le iba a dejar para seguir con su programa educativo. Que gentes con iniciativas no suelen irles bien a Superiores sin ellas, menos aún si son impositivos.

Le dolía a Burguillos archivar experiencias y afanes en plena madurez. Pero ya estaba bien de gastar la vida estrenando rectores. Por otra parte, la Compañía, agrietada, se desmoronaba sin encontrar su sitio. Ya no tenía tirón alguno para él, que tenía una asignatura pendiente: sus aficiones agrícolas.
Quizá obcecado estuviera Burguillos en la idea de que la “educación, educación” nunca figuró en los intereses del Padre. Dado a escudriñar el pulso y la sangre que al pronunciarlas se deja en las palabras, Burguillos nunca percibió una chispa de calor cuando hablaba de educación. Intercambiaba el término con instrucción, enseñanza…
Decididamente, había que buscar algo más serio y seguro. Menos dependiente. Caminos no le faltaban. Hasta una buena y hacendada mujer le esperaba en La Mancha. ¡Pero la indecisión…!
Alguna vez, el padre Barón le tendió la mano. Y hasta le halagó. Pero, al mismo tiempo, manifestaba a algún amigo su preocupación por la influencia de Burguillos entre los chicos:
—¡Hasta en el hablar le imitan!, —decía ponderativo y preocupado.
Y Burguillos respondió al amigo:
—¡Hombre de Dios…! No iban a copiarle a él que, con doscientos o trescientos términos opacos, sin calor ni color, despachaba el día, la primavera y la vida…
Un día le llamó a su rectoría. Lisonjero y borde:
—¡Qué labor la tuya!
Y, ladino, se interesó por su salud…
—¿No será hora, querido Burguillos, de cambiar los mayores por una sección de pequeños?
Leve extrañeza de su parte y un metódico silencio.
—Desengáñate, Burguillos. Ya somos mayores… Y cualquier jesuita joven puede aportar a los chicos más que tú… Y que yo.
—Aportarles, ¿qué?
—Espiritualidad, formación religiosa, humanismo… Otros modos…
Para entonces, ya discernía Burguillos la voluntad y los silencios de Dios de las triquiñuelas de los Superiores.
—Querido Rector —le dijo—, licénciame a esa “tropa de chusqueros” y vamos a dejar de jugar a los colegios. Dame facultades y, en meses, este cincuentón te trasforma el cuartel en un verdadero colegio. Higiénico, alegre y educativo. Y, después, hablamos del Espíritu Santo, ¿eh?
Al reverendo le desazonaba la reserva de Burguillos ante su desierto pedagógico. Y temía su influencia en los mayores. Al mismo tiempo, necesitaba congraciarse con los “desesperanzados renovadores”. Que, postergados una vez más, dolidos estaban. Todo su afán era rebajar a Burguillos a inspector de “los pipis”. Y poner en Miralar al incomprendido líder…
Este desplante y otros desplantes de Burguillos eran un indudable alarde de rechazo. Bien traducido quedaría así: «Rector, lárgame. Por bien de los dos. No tuve agallas para irme, cuando tomaste posesión. Hazlo tú; que no me hallo a gusto contigo».
A partir de esta intemperancia, llegó la guerra fría. Vacío, desgaste, solapada difamación, desprestigio. Más de una vez dijo a los chicos que «donde hay patrón…». Y dio permisos que Burguillos había negado. Estos y otros modos se hicieron públicos en Miralar. Y Burguillos, que sabía de su estilo, lo desmintió irónicamente en el comedor.
—No me cabe —dijo como muy afectado—, que todo un Rector me haga faenas así… Sería una felonía. Y, por mucho que me lo juréis, no puedo admitir charranada tal en nuestro Rector.
Percibió cuchicheos y sonrisas.
El padre Barón, durante sus rectorados presidencialistas, nunca supo de chicos. Y no se le alcanzaba que los jóvenes sanos son, por naturaleza, leales. Y, entre otras nobles artes, era medalla de oro en la práctica del sonsaque. Acaso por esto no comprendió por qué, a pesar de su cargo y simpatía light, en Miralar, ya antes del plantón, se le miraba con recelo.
No le halagaba a Burguillos contarlo, porque no iba con su estilo. Pero, aburrido como le tenía, le picó el consejo de otro clérigo, vitalista, socarrón y entrañable. Dado a «moras e judías. Engaña a quien te engaña. Y a quien te fay, fayle…». Y, así, salvo en temas de salarios, por cada zancadilla suya, Burguillos le clavaba un gol. Distraído, ambulante y disperso, nunca lo advirtió.
El Ministro se sintió fuerte y le suprimió a Burguillos las actividades paraescolares. Como al Rector, más que inaugurar le iba a cerrar, a derruir, a malvender…
El doce de diciembre se les averió la calefacción. Por escrito, fechado y firmado, Burguillos se lo notificó al Rector y al Ministro. Y les apremiaba con que los chicos estaban en plena evaluación. Y que la casa era húmeda y fría. Ambos mandatarios dispusieron que resignase a los estudiantes… Que en las Navidades se arreglaba.
No hubo cena de Navidad, ni se iluminó el árbol de cada año. Los chicos volvieron el ocho de enero. Y en un invierno recio y bien barbado en hielos y nieves, Burguillos hubo de resignarles diez días más. Hartos y ofendidos de contemplar, empañados y llorosos, los cristales de la Comunidad, los de Miralar hicieron plante. Rector y Ministro trataron de sacudirse el fallo. Y, como era de esperar, la huelga se le colgó a Burguillos, que tenía que haberla aplastado.
El padre Barón, prevalido de su cargo y carisma, le convocó a una reunión con los chicos. Les habló y habló. Les encareció el perjuicio que con esa actitud ligera causaban al mismo Cristo Rey… La importancia de su presencia en Madrid, en la asamblea de Religiosos sobre la subvención a la enseñanza privada, fue el tema del Padre. Repitió aquello de Palmiro Togliatti: «Insegna, libera, ma senza onere per lo Stato». Enseña, libera, pero sin cargo para el Estado.

 

 

 

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