Miralar a contrapelo, 2

26-03‑2009.
Próximos a la Navidad y antes de irse, los chicos prepararon la cena pascual. Íntima, emocionante, inolvidable… Se cerró con una eucaristía. Las oraciones espontáneas, sorprendidas, titilaron gozosas como estrellas en aquella noche de Navidad anticipada.

También Burguillos, cuando cesaron las plegarias, sensibilizado, hilvanó cuatro ideas:
«Yo también, Señor, quiero rezar. Necesito hablarte en esta noche de intimidad y plegarias. ¡Cómo me gustaría estar a tono con la sinceridad de mis hermanos menores! Valiente y humilde como ellos, me encantaría quebrar ahí, sobre la mesa del altar, el tarro del corazón. Y dejar al aire de tus misericordias mis ruindades y deseos. Deseos, amigo Cristo, que te suplico descarnes de apariencias y retóricas. Quítale encanto a mis palabras, si lo tuvieren, y dáselo a mis obras. Ayúdame a rubricar siempre, existencialmente, la verdad de mi decir. Enséñame el lenguaje del amor. Haz que nunca, ni poéticamente, hable de tu luz si no la llevo encendida en mi vaso de barro. No dejes que por nada, en el servicio de tus causas, me abata el desaliento. Deja que se encorve mi cuerpo. Cubre de canas y experiencias mi cabeza. Pero mantenme joven y entusiasta el espíritu. No me permitas, Cristo, ni siquiera cuando las válvulas del corazón me chirríen, no me toleres soltar el arado y contar los surcos abiertos. Es pronto, Señor. Que yo todavía no he aprendido a repartir mi vida a estos que tanto quiero. Que me sentiría feliz de hacerlo como el padre de familias al repartir el pan de cada día; acaso porque he olvidado que no hay pan en la mesa si antes no se pudre el grano de trigo. Enséñame a conseguirlo, Señor».
Aquellas cenas… y otras… marcaron época y estilo inimitables. Dos o tres se hacían al cabo del curso. Cada una con su porqué. Vestuario y actuaciones a tenor con el festejo. A los chicos les flipaba lucirse, aunque sólo fuera vestidos de camareros holivudenses… Solía precederse la cena con un festival de primera clase. Entre actores, maquillaje, atrezo, iluminación, ambientación musical y acomodadores… intervenía más de media residencia. De cine solían ser las decoraciones. Veinte antes y veinte días después, duraba el ambientillo y comentario de anécdotas y fotografías.
Todos, todos, incluso el Rector, que nunca faltaba, se lucían… Los organizadores y Burguillos procuraban que cada cena o festival clasificado se superase o, por lo menos, fuera muy diferente.
Las mañanas de los sábados eran gozosas y musicales. Toda la casa y todos sus aledaños hervían rumorosos, como una colmena. El golpear de picos, palas, macetas… voces y canciones animaban armoniosos. Casi tanto como los arduos ensayos de músicos y tunos. Era un concierto repicado de afanes y alegría que a Burguillos le sonaba a sábado de gloria.
Había un grupo especializado en emergencias, tuberías rotas, inundaciones, atascos, goteras, apagones, riesgos y limpieza del entorno. Laureado cada fin de curso, mereció ser designado como el “Glorioso Cuerpo de Bomberos”.
Si sudor y entusiasmo se precipitasen en oro, Miralar hubiera sido una mina. Y tantas actividades no interferían negativamente en el rendimiento escolar. Al contrario. Hasta la vida religiosa, rutinaria y mortecina, se reavivó. Y es que el entusiasmo es un gran catalizador.
Siempre albergó Burguillos la ilusión de doctorarse en pedagogía. Tema de su tesis: El entusiasmo juvenil. Maravilloso por lo que comporta de dinamismo, transformación y empuje heroico. Y por lo que condiciona y exige al educador. Supuesta la capacidad de despertarle el entusiasmo, hay que apechar con su proceso. Seleccionar, fijar criterios y objetivos adecuados al sujeto, disposiciones e idiosincrasia… y siempre in crescendo, como la vida misma.
Motor fue en el rodaje de Miralar, que ya el primer trimestre fue un camino de rosas. Se interesaron. Se comprometieron en la trasformación del medio. Y con tesón y bravura remozaron “su casa”. Y se esforzaron en ensanchar y ensamblar su trato, más allá de la correcta coexistencia, en una jugosa convivencia.
Y como el entusiasmo es expansivo y generoso, se preocuparon por los apuros de nuestros vecinos del barrio Girón. Y pese al rechazo y cerrazón del viejo párroco, se hizo lo que se pudo. Una academia gratuita en una casa de la Plaza Porticada. Se establecieron contactos con las familias. Y, calladamente, se aliviaron problemas y estrecheces. Y cada agosto se montaban ruidosas colonias. Empezaron en San Zoilo, Carrión. Y definitivamente, año tras año, se establecieron en Comillas. La enfermería del C. Máximo era toda para ellos. Nunca se supo quién lo pasaba mejor, si los niños o los responsables. A ninguna de estas colonias faltaban las mascotas, la Suly y el Ham. Se bañaban y, dóciles, en el bosque sesteaban y jugaban incansables con los niños.
Más resquemores que bendiciones suscitaron estos campamentos entre almas benévolas de la Comunidad, que nunca supieron que existía el barrio Girón, ahí al lado. Miralar seguía su curso. Y a Burguillos le envanecía ver que no se estancaban. Tan acogidos, tan en familia se hallaban los residentes que, refiriéndose a la residencia, algunos no hablaban de Miralar: «Nuestra casa», decían.
Y para las grandes obras estaba el verano. ¡Qué corticas se le hacían a Burguillos las vacaciones! Al principio y al fin, unos días intensos, profundos con su madre. Y en autoestop agresivo y fulgurante, ese año hizo las Italias… Y de Brindisi, con Cicerón en el recuerdo, saltó a Atenas. En Atenas, o por lo menos en Roma, le hubiera gustado haber vivido los días de Pericles o de Augusto.
A la vuelta, llamó a sus voluntarios. Veinte fijos curraron ese verano, el primero de Miralar. Lijaron y pintaron puertas y ventanas. Y ya bien hervido el proyecto del comedor, se embarcaron en la opera magna. Se amplió. Y del suelo al techo todo lo reformaron. Si aquello era una mina… Todo lo proyectado era mejorable. Parecía un cesto de cerezas. Tirabas de una y salía un sartal. Cada una más bella… ¡Qué generosa es la realidad bien atendida! Una montaña de maderas de derribo, un soplete, ceras y barnices. Cuatro telas, baldosa roja, Talavera, Manises… Buena forja. Y con un poco de imaginación y buen gusto, salía adelante.
Tan laboriosa y absorbente fue la obra, que hubo de retrasarse el comienzo del curso diez días. Pero bien mereció la pena contemplar con qué ojos entraron a cenar los chicos aquella primera noche. Sólo Burguillos sabía cuánto se trabajó e ideó en aquella empresa.

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