Emérita Augusta y el colegio de La Taba, 2

15-11-2008.
Sin olvidar lo grato y hermoso de Emérita Augusta, Burguillos asimiló las asperezas de Cáceres. Vivía en el colegio. Una amplia habitación con ventanas y puerta al patio. A los dos días, el director dispuso un saludo de presentación. Contra la voluntad de Burguillos, lo marcó para el final de jornada, restando recreo a los internos y calle y libertad a los externos.

Se plegaron las mamparas que dividían los estudios y acotaban las clases… Y Burguillos se encontró en un túnel largo, largo y muy estrecho. Apiñado de cabezas. Desde un estrado mínimo, encajonado en una mesita, hubo de hablar a quinientos, seiscientos muchachos. Consciente del momento y la masa dispar, se agarró a cuatro generalidades. Les aseguró brevedad. Y en tono coloquial trató de sorprenderles. Quizá nada les impresionó tanto como hacerles saber que en su vida de educador nunca a nadie le había dado un cachete. Y que mediría mucho los castigos… No se oía una tos ni veía rascarse a nadie. Burguillos, muy a gusto en la lidia se crecía ante el director y sus inspectores:
«Sin tortas ni castigos, en poco tiempo funcionaremos. Y entre todos, seguro estoy de que conseguiremos dar un estilo nuevo al colegio La Taba. Lo primero y ya mismo, tienen que desaparecer esas pintadas de la calle y de todo el colegio… Son un desprestigio… Encantado recibiré a vuestros padres… Y os aseguro que llegaré a ser un buen amigo de cada uno de vosotros».
El aplauso fue cerrado. ¡Pobres críos! No golpearon las mesas ni hubo silbidos. Y algunos, al pasar delante de Burguillos, le sonrieron confiados.
De anochecida, en la iglesia de San Juan, se sentía satisfecho. Sin un minuto ni una línea de preparación había interesado a aquel rebaño heterogéneo y resabiado. Y pensaba Burguillos que de momento este hosco, casi feroz colegio de La Taba era su parcela. Para roturarla, confiado estaba en que le bastaría escarbar con la punta del zapato… Y afloraría el humus… Se dio tiempo para asumir el medio y, nada más llegar, se dio a tratar y conocer a los chicos.
Los internos rondaban los ochenta. No daba más de sí el edificio. El dormitorio siempre olía a pies y ropa sucia. En un chiscón mínimo, dos inspectores a través de un ventanuco vigilaban. Dormían superpuestos en una litera infantil.
Un sábado de cada mes, por la tarde, al final de las clases, ¡duchas! Ese menester se lo reservaba el director con ayuda de los inspectores. Advirtió Burguillos su afán de escamotearle el espectáculo. Había cuatro duchas. Largas y estrechas, eran como sepultura de pícaro. Sin cortina ni percha, chicos, grandes y pequeños, acudían en tropel. Dejaban en una clase la toalla, el guardapolvos o el batón y, en pelota “picada” con el jabón en la mano, tomaban la vez. Cuatro dentro y cuatro fuera. Y cuatro o cinco minutos les daba para jabonarse y clarearse. El director se movía, gritando, urgiendo prisa porque el agua caliente se acababa. ¡Bravo espectáculo! Al decir de los inspectores, alguna vez instó a los que esperaban para que jabonasen la espalda a los que estaban duchándose.
Además de los dos inspectores ‑mártires‑, le servía un albañil. Sin descuidar el mantenimiento del viejo edificio, hacía de conserje, secretario y recadero. ¡Un esclavo! Otro señor, alto y fornido, acusadamente estrábico del ojo derecho, era el encargado de tener a raya a los mayores durante los recreos. Era un brigada jubilado de la Guardia Civil. Siempre tenía cara de tormenta y sus tortas zumbaban como truenos. Le llamaban cíclope y como tal le pintaban. Las tortas del director no eran lesivas. Porque era de poca fuerza y se le iba el gas en insultos y aspavientos. Alguna vez su irritación se le subía como la cerveza y se le escapaba el pie. Aunque no había horno, allí todos los días se repartía leña. No tenía autoridad ni prestigio alguno. Imponía el silencio con tortas y voces. Un día, colérico y atufado, se le fue la mano. Y con tan mala mano le rompió el tímpano a un niño externo. El padre lo rebozó en bofetadas. Durante días no apareció en público.
Las pintadas desaparecieron en quince días. El albañil secretario las borró. Pero tras unos castigos colectivos que impuso el director, se recrudeció el entretenimiento. Hasta la fachada de San Mateo tiznaron. El logotipo del director, reduplicado. Dos palabras bajo una araña de muchas patas: “Chinche eléctrico”.
Los de Sexto y Preu se le entregaron a Burguillos desde las primeras charlas. Le esponjaba que le pidieran reuniones por la tarde, al final de las clases. Ellos le explicaron el porqué de la vuelta tan virulenta a las pintadas:
«Desde que usted llegó y nos habló de conquistar la dignidad en buenos modos, se nos machaca más cada día».
Al benemérito brigada también correspondía formar a los chicos en el patio. Filas impecables y mudas. Y antes de las primeras clases de mañana y tarde pasaba lista.
Una tarde, un mocetón de sexto curso, externo, a la hora de la lista seguía desmarcado de la fila. Tal vez no oyó al listero, pues seguía hablando con los de atrás. El ex-benemérito, dispuesto a abofetearle, perdió el habla. El alumno, fuerte y valiente le sujetó la muñeca:
«Yo, sólo a mi padre le aguantaría una torta».
El guardia se desasió del insubordinado y de la americana. Y, agigantado, se disponía a emplearse manu militari. Burguillos, asqueado y nervioso se interpuso:
«Señor Brigada, ni delante ni detrás de mí vuelva usted a tocar a un chico».
Fue una tarde tensa. Aun en el recreo hablaban los muchachos a media voz. Durante las clases, los chicos le miraban acaso con orgullo o agradecidos. Burguillos los miraba con pena porque no se atrevieron a aplaudir ni a su compañero ni a él.
Esa misma noche, el director, desasosegado y lagotero le habló. Y le dijo:
—Su educación y sus métodos, señor Burguillos, bien están en otros centros, en otras regiones y con otro ganado. Yo soy extremeño. Y conozco perfectamente a mi gente y mi colegio. Veintidós años encima. Y tengo bien contrastados mis métodos expeditos. Son los únicos válidos.
Le dio como última razón el número de matrículas que avalaban su pedagogía. Y que la autoridad y el orden en un centro docente han de prevalecer sobre todo. Esto sucedía en el año 1963.

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