Juventud, divino tesoro

05-06-2008.
Ayer vivimos una experiencia musical muy novedosa e interesante en el Festival Internacional de Música y Danza “Ciudad de Úbeda” al oír y ver la actuación de la Orquesta Sinfónica Saint Olaf, perteneciente a la Universidad de Northfield (Minnesota. Estados Unidos de América).

La mayoría de sus componentes son jóvenes estudiantes universitarios cuya edad está alrededor de los veinte años. Al terminar la actuación, le pregunté a una violinista How many years have you? y me dijo que diecisiete. Otros, veintiuno, veintidós, veintitrés… La propia de unos estudiantes universitarios.
Lo novedoso del hecho fue ver a unos noventa músicos de tan joven edad interpretando excelentemente piezas musicales modernas como Danzas sinfónicas de West Side Story, de Leonard Berstein (entre otros), cuando lo normal es contemplar a unos intérpretes maduros y muy experimentados.
Foto enviada por Alberto Román.
No me cansaba de mirar sus rostros y recordar aquel coro safista, dirigido por don Isaac Melgosa, que interpretaba brillantemente piezas musicales en nuestro colegio, en la ciudad de Úbeda e, incluso, en Madrid. Aquellos cantores que, como estos músicos, vivían intensamente su actuación, matizando, interpretando, sintiendo la música y la letra de su canto.
Estos jóvenes no cantaban, pero actuaban transmitiéndonos el enorme sentimiento que introducían en su música, a través del gesto de sus rostros y de su cuerpo. Se volcaban en la interpretación musical, siguiendo vivamente la magnífica dirección de Steven Amundson o la genial trompeta de Martin Hodel, los únicos mayores de los componentes de la orquesta.
Junto a su juventud hay que añadir su enorme calidad interpretativa. A los jóvenes les solemos perdonar los posibles errores que puedan cometer en sus actuaciones, porque su experiencia es aún escasa. Pero esta orquesta brillaba por su sonido, por su técnica, por su precisión, por su interpretación… No erraba: transmitía perfectamente la variación y la ebullición musical de la pieza respectiva. Nos arrancaba intensas palmas, bravos y comentarios asombrados.
En el descanso, hablando sobre la increíble interpretación, nos referimos a nuestro entorno universitario y sentimos que no existiera en él algo parecido a lo que estábamos contemplando. Diego Martínez, el director del Festival, nos dijo que estaban actuando gratuitamente; que sólo había tenido que abonarles los gastos de su estancia; que lo hacían encantados; que, incluso, sus padres y hermanos (no todos) los acompañaban por el entorno europeo. Efectivamente, en el patio del Hospital de Santiago, los familiares se hacían fotos sonrientes, para el recuerdo.
Pues cuánto nos gustaría que nuestros estudiantes universitarios formasen parte de orquestas como esta y viniesen a alegrarnos en los próximos festivales.
¿Es una locura? ¿Un deseo imposible?

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