Abd-al-Karim, el converso

En Xauen, muy lejos de su Salamanca natal, pasa sus noches ‑que no sus días‑ este español, castellano atípico, que hace del año un eterno ramadán. Posee las virtudes de la vieja estirpe castellana ‑sincero hasta la desnudez y acogedor como un samaritano‑, trastrocadas al islam del viejo Al Ándalus de sus ancestros, que las han acentuado aún más.

Lo conocí en mi primera visita a Xauen en el 2000, en casa del Sidi Alí, aún solterón empedernido a sus 45 años, inseparable de su maestro y amigo, y ya con una larga permanencia en Marruecos de más de veinte años. Me recordaba aquellos personajes típicos de la picaresca española, sobre todo a su paisano Lazarillo, del que copiaba venturas y desventuras a lo largo de una vida bohemia, hippy, que le había hecho recorrer toda la geografía española, Ibiza incluida, hasta recalar en Xauen, atraído por el hachís y la ancha senda del islamismo, tan distante de la rígida moral cristiana.
Archiconocido en Xauen, Abd‑al‑Karim hace honor a su nombre: es tan esclavo de Allah como generoso con los escasos bienes que posee y, aunque desconfia enormemente de sus nuevos paisanos, es cauce y correa de trasmisión de las ayudas que prestan generosamente los numerosos conversos españoles que se asoman por su casa, una vieja mansión xauní, cerca de la plaza de Outa‑Hamman, en la vieja alcazaba de Xauen.
Hoy, ya casado con una marroquí del sur y padre de dos niños ‑Sulayma y Karim‑ es un hombre feliz y, aunque le domina el hachís, es un musulmán cumplidor en exceso, como fiel converso, y constituye la punta de ese iceberg imperceptible de los conversos españoles que acuden en masa a Xauen y otros lugares santos del Magreb en busca de formación y alimento espiritual que les consolide en la nueva fe, donde su casa, vecina y colindante con la de Sidi Alí, es punto de encuentro y reunión de las vigilias nocturnas, samaras, a que tan dados son los andalusíes.
Quizás Abd‑al‑Karim sea el exponente más fiel de este contingente cada vez más numeroso de conversos, con sus virtudes y defectos, que hacen del islam una vivencia, más que una ortodoxia, de sumisión absoluta, sin la rigidez de un clero jerarquizado que les fustigue, sin intermediarios, y un perdón fundamentado en el agua limpiadora física y espiritual que les conduce directamente a la yanna ‑paraíso de placer‑ prometida.
En la distancia, lo recuerdo afanoso con sus huéspedes en medio de angustiosos problemas económicos, pero con la fe firme del que ha encontrado su yanna terrenal, lejos de los lujos de la civilización occidental, entregado al salat, a su familia y a sus amigos, para los que siempre tiene descanso y sustento en el corazón de la medina de Xauen.

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