¡Ea! No se puede servir a dos señores, y 3

18-07-2009.
Tal rechazo era ya obsesión patológica. Cualquier motivo la autoalimentaba. En Navidades, por ejemplo, Burguillos recibía una chaparrada de felicitaciones de antiguos y actuales alumnos. Él solo, más que todo el “colegio apostólico” junto… ¡Qué mal les caía…!

A pesar de todo, Burguillos no cobraba conciencia de desamparo. En aquel ámbito juvenil, se compensaba sobradamente de la repulsa de la Comunidad. Tan sensibilizada andaba ésta con la suerte de Burguillos que, en su aventura del Colegio Mayor, vieron un órdago: vosotros, veinte jesuitas y el Paráclito, cerráis; y Burguillos, descarriado y sin otro dios que su osadía, abre y llena. Hoy, quizás les hubiera hecho una OPA.
Este clima tóxico, las campañas de descrédito, a Burguillos no le desquiciaron. No perdió densidad humana, autoestima ni seguridad. Bien sabía él que si le retirasen los bastones de las ruedas, allí, el único capaz de llevar a los mozos con ritmo, alegría y acierto era él. Y también sabía que la vida, por mucho que, escocidos, nos la tiznen labios consagrados, siempre es lo más bello y digno que le queda a una persona. Y nunca nadie tiene bula para someterla a escarnio.
Un buen día, el reverendo Eliseo llamó a Burguillos a su despacho, y ante el hermano administrador (desde que Burguillos le enseñó sus muñecas nunca más lo recibió a solas), hecho mieles, le invitó a que se fuera voluntariamente. Y si no, por bien de paz, le dejaría unas clases…
—Guárdate ese rebojo ‘bizcocho’ envenenado —le respondió Burguillos—. Apecha con tu conducta. Y como un empresario honesto, que es mucho decir, págame el despido.
Y así, le pusieron en la calle sin bendición alguna.
Si el padre Barón pensó que, por aquello de los cincuenta y ocho años de Burguillos, la jubilación y otros descubiertos sociales, les iba a entrar corderil por el aro de sus venganzas, patinó.
Clarividente Burguillos, huyó resuelto de entrar en aquel batiburrillo… Llagada tenía la conciencia de la ramplonería en que, año tras año, vio que, como pasa el viento sobre las peñas, se dejaba pasar la maleable y fecunda adolescencia sobre aquellas hornadas de internos… Sin dejarles una leve señal, cristiana o humana.
El padre Barón, desde el primer día, desestimó la compenetración de Burguillos con los mayores. Y, sin pensarlo, impuso la marca general del centro. La que iba a su estilo y capacidad: la clásica disciplina estática, coactiva e inane. Nunca entendió que, hasta en su etimología –educere ‘extraer’‑ la educación comporta devenir, fluencia… Y que ha de preparar personas “heraclíteas” ‘capaces de cambiar’
Y este destacado jesuita, ya ausente Burguillos, tanto avinagró los vinos que hubo de cerrar la bodega.
No era Burguillos el indicado para valorizar su labor. Nunca se aceptaron. Burguillos, en su condición de yunque, rechazó, desactivó muchos martillazos de aquel enredador torpe y tosco. Hoy no sabe Burguillos si lo hacía por dignidad, orgullo o por mofa.
Ya en marcha estas notas, un antiguo de Miralar, perenne de Burguillos, le trajo una grabación singular: Mobbing ma non troppo; desgarrado testimonio sobre el acoso laboral. Coincidencias, básicas. Diferencias sustanciales en los autores y en la víctima.
El equipo que a él le cercó, expolió y envenenó el aire, no era de empresarios al uso. Su empresa era “la gloria de Dios”. Y la víctima… Burdos y obtusos en su afán de hundirlo, consiguieron reavivar su capacidad de iniciativa, tantos años reprimida, machacada… Y con su cotización social tan en precario ‑36 000 pesetas al mes, por paro…‑, y cincuenta y ocho años a cuestas, hizo una higa al jupiterino Rector y a su corte de cortos vuelos… y salió “a lo que salga…”. ¿Loco? Acaso… Pero ¡qué bien le salió la salida!
No puede Burguillos emitir juicio… Que en los últimos tres años de su mandato ya no vivió bajo su férula ‘despotismo’. Sí atestigua que era castellano viejo. Más dado a la trocha y al sendero que a los caminos rectos de la Vieja Castilla.
No le sorprendió a Burguillos que el reverendo no tuviera pundonor para apurar su sesenio sin dar el cerrojazo al internado… Ful ‘falsa’, barata fue la razón en que se justificaron. El Pisuerga, que no se bebieron los “renovadores”, seguía fluyendo caudaloso cerca de Cristo Rey… Y, hostigados los internos, andaban recrecidos y revueltos…
Ante el futuro que le urgía, Burguillos trascendió, perdonó y olvidó el triste remate de su dilatada estancia entre jesuitas… Perdonó y olvidó. Que no es poco.
Persuadido de que la vida se estructura en el tiempo, agotando la cincuentena, escarmenó ‘limpió, desenredó’ su poquedad… Y todavía se halló redaños ‘fuerzas’ para echarse a la calle a levantar picaportes. Y del último retal de un vivir maniatado consiguió una vida creativa, emocionalmente rica. Y, tras ella, una vejez serena, intensa, fructífera.
A pesar de todo, al César lo suyo… Y a la Compañía, la admiración más fresca por lo que tuvo y aún le queda de admirable, que no es poco. Reconocía en la aleación de su carácter, rasgos, tics, habilidades que en tantos años de contacto metabolizó. Y deudor se sentía de saberes y sueños que, angélico e idealista, le mantuvieron tantos años… Pero el tiempo es un rastro ‘rastrillo’ despiadado. Pasa y todo lo peina. Y con la hojarasca y flores marchitas se le llevó ilusiones ajadas. Romántico, se esforzó por seguir viendo, en cada jesuita, selección y virtud… Y quiso seguir creyendo que los Superiores eran lugartenientes de Dios que, paternales, practicaban y aceptaban la evangélica correctio fraterna. Y que la Compañía seguía siendo el digitus Dei ‘dedo de Dios’, y “Compañía de amor”…
Pero maduró entre ellos. Y el tiempo y muchos otros jesuitas le escaldaron el alma en desengaños. Y aprendió ‑le forzaron‑ a descifrar mañerías, ambigüedades. Y tanta confusión y tanta tolerancia le dejaron en los dedos el pan de oro que recubría el ídolo. Y la madera cruda, con sus nudos y xilófagos ‘insectos que roen la madera’ al aire, le dañó en el alma…
Ojalá la “ínclita” se drene, saje y ampute. Y dé con su camino. Que Burguillos, además de reiterarle su gratitud, perdona a los suyos todo: ignorancia temeraria, acoso, puñaladas…; los daños que causaron a los muchachos; y hasta el último céntimo de sus devengos. Los de toda una vida bien exprimida, que no son grano de anís.

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