Recuerdos de la SAFA – 11: La cena y el rezo

Recuerdos de un safista – 11: La cena y el rezo

Tras todo un día de clases, estudios y muchas novedades para unos  niños que era la primera vez que salíamos de casa, la jornada escolar había llegado a su fin. Guardamos nuestras escasas cosas en el cajón que había debajo del tablero de nuestros pupitres, que se levantaba con un gozne algo chirriante, y nos pusimos de pie. A la voz del Hermano P. formamos la fila y salimos al pasillo. Ya no quedaba en el edificio ningún curso superior a nosotros, por lo que no tuvimos que ceder el paso a otro grupo y nos dirigimos al comedor. Volvimos a hacer el mismo recorrido que a mediodía, saliendo al distribuidor del edificio de clases, bajando a la planta inferior y siguiendo un largo pasillo sin ventanas hasta enfilar el pasillo alicatado en amarillo ocre de los comedores.

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Recuerdos de la SAFA – 10: La clase de Religión

Recuerdos de un safista – 10: La clase de Religión

Tras el largo recreo de la tarde, volvimos subiendo por la escalera interior del bloque de clases, como siempre en dos filas y en absoluto silencio.

Al llegar al distribuidor, un cura grandote, con gafas de pasta y pelo crespo cortado al cepillo paró al Hermano Peco y le dijo que pronto iría a darnos una charla. Nos indicó que siguiéramos andando hacia la clase, pero su aspecto y la autoridad que emanaban su voz y su porte me hizo que lo mirase con atención redoblada incluso mientras iba caminando por el pasillo de aulas. Poco podía yo suponer que aquel cura sería mi peculiar azote, que me alteraría el sueño más de una vez, y que incluso llegaría a firmar mi expulsión del Centro. Pero no anticipemos acontecimientos, que ya habrá lugar para narrar penurias.

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Recuerdos de la SAFA – 7 : El recreo.

Recuerdos de un safista –  7.  El recreo

La comida no se alargaba innecesariamente. El Hermano P. y un maestro a quien yo aún no conocía se paseaban entre las mesas y de vez en cuando se sentaban en una que estaba a la derecha, en un rincón, junto a la puerta que daba a las cocinas. En un momento dado, supongo que al ver que estábamos terminando, dieron orden de ponerse en pie, y tras el consabido “Deo gratias” fuimos saliendo en orden de edad, o sea, los mayores los primeros y nosotros, los pequeños, los últimos.

Por el pasillo alicatado desfilamos en silencio y nos dejaron disfrutar de un breve tiempo libre, hasta las tres de la tarde. Habíamos salido a un patio interior, entre la iglesia y un edificio que supusimos que era el internado. Era amplio, y tenía en él un campo de baloncesto con dos torres metálicas de buena calidad, pintadas en color azul, con su red y todo. Algunos chicos mayores deambulaban por el patio y otros estaban sentados en un rincón rodeado de un murete, guarecidos del sol bajo un árbol. Algunos entraban y salían por una puerta que estaba en un rincón del patio, y que rápidamente pudimos deducir que era la zona de sus cuartos, a los que podían acceder de forma continua, cosa que no nos estaba permitido a nosotros, que por otro lado, tendríamos que subir dos plantas, hasta el dormitorio corrido.

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Recuerdos de la SAFA-9: Las excursiones en Cazorla

Recuerdos de un safista –  9: Las excursiones en Cazorla

Hoy toca excursión. Como es la primera, no va a ser muy larga: una caminata, río abajo, dejando a la izquierda Vadillo, y allí un desvío hacia la Cerrada del Utrero.

Es la primera hora de la mañana, y el camino es ancho y sombreado, por el que marchamos en fila, animados y cantarines. Ya veremos después.

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Recuerdos de la SAFA 8 – El campamento

Recuerdos de un safista 8. –  El campamento

El día 1 de julio un autobús arañaba la pendiente carretera de la Sierra, jalonando de ronquidos y sudores mecánicos el trayecto.

Tras atravesar Cazorla seguimos por La Iruela, Burunchel (donde nos detuvieron en un control, no sé muy bien para qué, y que aprovechó para subirse un chaval de allí), y el Puerto de las Palomas. Aquí el autobús paró a enfriarse, porque desde luego venía tosiendo como un viejo asmático en la subida y algo de vapor se le escapaba por el morro, gracias a lo cual nos pudimos regalar con una vista espléndida desde el Mirador de Las Palomas.

Tras haber aguantado todo el viaje el cachondeo de nuestros cánticos:

 “Para ser conductor de primera,
acelera,
acelera…”

el chófer abría el capó del autobús y dejaba escapar una nube de vapor, mientras nosotros, como locos, nos bajamos del vehículo y nos acercamos a un mirador de piedra que había en el lado izquierdo de la carretera.

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Recuerdos de la SAFA – 6. La comida

Recuerdos de un safista – 6. La comida

En ese momento, sonó el timbre, y Don J. interrumpió a nuestro compañero, diciéndole “Vale, vale, ya seguirás en otro momento. Recoged, que ya viene Don Isaac, y le gusta ser puntual”. Y tan puntual: no había terminado de decirlo cuando un enérgico toque en la puerta dio paso a un señor con el pelo canoso, ondulado y peinado hacia atrás, con una chaqueta cruzada de mezclilla color beige y marrón, una corbata no muy bien anudada, y  un cigarrillo amarillento en la comisura de los labios.

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Recuerdos de la SAFA – 5. La primera clase

La primera clase, de Matemáticas, marchó bien, sobre todo para alguien como yo que no tenía especial predilección por los números, por no decir que no los tragaba en absoluto. Pero Don B. explicó los polinomios de una manera que yo los entendía según los escribía en la pizarra. Y eso no me había pasado nunca.

Con su vozarrón enunciaba los elementos, los escribía y nos miraba con sus ojos oscuros que penetraban en nuestras mentes, y decía “¿Lo habéis entendido?” Y la verdad es que sí, lo entendía todo. Pero cuando empezamos a multiplicar, dividir y reducir polinomios, ya empecé a ver chiribitas en la pizarra… Yo tomaba notas aceleradas en mi bloc, para no perderme nada.

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Recuerdos de la SAFA – 4. Vamos a clase

Hoy debería estar en Úbeda, celebrando con mis compañeros de clase el reencuentro cincuenta años después de despedirnos en la explanada de la SAFA, cada uno a su destino, fuese éste el que fuese. Y no son los recuerdos de ese último día, sino los del primero los que se amontonan desordenadamente en mi memoria, y el tiempo transcurrido hace que se mezclen con otros similares pero acaecidos años después.

Ese día primero lo abordamos con los ojos muy abiertos, con un plus de contención e incluso temor, porque todo era nuevo para nosotros. Pero sobre todo, al menos para mí, todo tenía unas dimensiones que me desbordaban: el dormitorio, la iglesia, el comedor, los pasillos,… todo era desproporcionado y severo, apabullante y llamativo. Intentaba comentar todo esto con los únicos amigos que tenía hasta ese momento, los dos que vinieron conmigo desde la SAFA de Riotinto, el chispeante N. y el formal S.G. Pero los dos estaban tan impactados como yo, y poco más podíamos decir de “¡Mira qué…!”

Ese primer día dedicamos el primer tramo horario a recibir instrucciones y a conocer las normas de la casa. Lo primero, el horario. Y vimos que empezaríamos temprano todos los días (a las 7:15), salvo los domingos (suspiro de alivio) que nos levantaríamos… a las 8:00 (puf!!). Los sábados era algo distinto: las mañanas como cualquier día, pero las tardes se apretaban un poco para permitir un breve paseo de poco más de hora y media.

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Recuerdos de la SAFA – 3. El comedor

Recuerdos de un safista – 3. El comedor

Tras la que me pareció interminable misa, formamos filas, dejando salir antes a los mayores, con lo que nos quedamos casi los últimos. Nos llevaron al comedor, bajando unas escaleras y atravesando un largo pasillo con ventanas a nuestra izquierda, que daban a un patio donde había unas canastas de baloncesto.

Entramos en un comedor enorme, con mesas de ocho, donde hay colocadas unas tazas de duralex y unos platos verdes de plástico. Sentados por riguroso orden, esperamos en total silencio a que unos niños mayores que nosotros repartan trozos de pan mientras otros cargan con unas enormes cafeteras metálicas, y van sirviendo un líquido oscuro y humeante, que me supo a algo intermedio entre un jarabe y un sopicaldo de hierbas. Eso sí, estaba calentito.

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Recuerdos de la SAFA – 2. La misa.

Recuerdos de un safista – 2. La misa.

Esa primera noche en Úbeda se me hizo muy corta: cuando creía haber cogido el sueño (o eso me pareció a mí), un estruendo me despertó: el Hermano P. se movía por el pasillo instándonos a salir de la cama y vestirnos, pues en pocos minutos teníamos misa. ¿Misa? , ¿misa hoy, martes?, nos preguntábamos unos a otros. Un chico de Villanueva, ya experto en estas lides, nos musitó: sí, sí… En ese momento no podía imaginarme cuántos cientos de Glorias y de Kyrie Eleison me iba a tragar…

Había unos lavabos junto a la entrada, donde medio adormilados nos chapuzamos la cara y las manos, y corriendo nos colocaron en fila. Esto no era tanta novedad para mí, pues en la escuela se hacían filas para entrar y salir, pero no podía imaginar la precisión y marcialidad que llegaríamos a alcanzar en la SAFA. Nos dijeron: ¡ordenarse por estatura! Yo miré aquí y allá, y cuál no fue mi sorpresa al ver que tenía el dudoso honor de encabezar las filas con otro compañero de Montellano: éramos los más bajitos.

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