Dos mujeres

El primer día del tercer trimestre del curso 1964-65, después de las vacaciones de Semana Santa, el padre Navarrete entró en el estudio preguntando quienes se atrevieron el día de regreso a ir al cine Ideal Cinema para ver “Dos mujeres”, protagonizada por Sofía Loren. La acompañaban en el reparto Jean-Paul Belmondo, Raf Vallone, Eleonora Brown…
Imaginaba nuestro prefecto director a la exuberante señora Loren provocando pecados mortales contra el sexto mandamiento en sus futuros maestros. Me levanté junto a un puñado de acongojados compañeros. Solo uno, cuyo nombre no desvelo por respeto a la privacidad, quedó sentado.
-Vete al dormitorio y haz la maleta. Quedas expulsado por hipócrita –sentenció con crueldad el cura dirigiéndose al compañero que intentaba esconder su delito.
Y así fue. La crueldad y la falta de misericordia hicieron presencia de forma irreversible. No se andaba con chiquitas Navarrete. Le gustaba tomar decisiones importantes y sentir la autoridad que inspiraba su presencia.
A quienes nos pusimos en pie por miedo a ser descubiertos, nos castigó a copiar encíclicas papales los domingos en el tiempo de paseo. La misión de dictar las páginas que él mismo señalaba cada semana, me correspondió a mí.
Suponer que Sofía Loren nos incitaría al pecado protagonizando una extraordinaria obra italiana dirigida en 1960 por Vittorio De Sica era impura imaginación de quienes vivían envueltos en sotanas. La película, lejos de los tópicos sexuales de la época, estaba calificada 4 ó 3R (no recuerdo bien), es decir, para mayores con reparos, no por el exhibicionismo de la italiana, que consiguió el primer Óscar a un actor o actriz de habla no inglesa, sino por la violación que sufrió con su hija en una iglesia. Pero Navarrete pensó que el pecado estaba en Sofía Loren y se fue a la puerta del Ideal Cinema a observar la salida para descubrir a los atrevidos y pecaminosos alumnos. Imposible escapar a su intimidatoria mirada.

 

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Metralletas en el Colegio

Cada vez que el padre Manuel Bermudo de la Rosa, rector de la SAFA, iba a Madrid a conseguir fondos para el mantenimiento de nuestro Colegio, todos los alumnos transitábamos día y noche por la iglesia invocando al Sagrado Corazón de Jesús que iluminara al Caudillo para que firmara el cheque que el padre Bermudo le pedía como una súplica a su infinita generosidad para la formación de jóvenes católicos afines al régimen. Por turnos repetíamos incesantemente la misma jaculatoria: “Sagrado Corazón, en vos confío”. Cada curso media hora. El mío, primero de Magisterio equivalente a primero de Bachiller, a las 23,30h. El sacrificio es liberador del pecado, nos decían. Al día siguiente, la noticia de la habilidad del rector nos dio tranquilidad en nuestro incierto futuro. La firma de Franco la consideraban milagrosa por ser obra del Sagrado Corazón.

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Recuerdos de la SAFA – 34: La tele

Recuerdos de la SAFA – 34: La tele

Nuestro mundo se poblaba de imágenes que nos llegaban a través de esos libros de lecturas, con ilustraciones más o menos fidedignas pero con descripciones que nuestra imaginación convertía en realidades. Hoy, evidentemente, parecerá muy raro, pero aquellos libros aportaban a nuestras mentes infantiles las imágenes de personas, hechos o paisajes de todo tipo, dado que la hoy omnipresente televisión era algo inexistente en nuestras vidas familiares. En mi pueblo, la televisión era un artículo de lujo del que disfrutaban cuatro ricachones,  un verdadero indicador de status social, y al que accedíamos en contadas ocasiones en el salón social del Círculo Mercantil, donde nos arremolinábamos durante las tardes para ver los dibujos animados o los Chiripitifláuticos, y de donde teníamos que salir cuando los socios se sentían molestos con nuestro bullicio (“A ver, que echen a estos zagales…!”) o cuando llegaba la hora de cenar.

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Del Invierno de la Edad Media a la Primavera del Renacimiento, 2 (El Arte, 2)

Alfredo Rodríguez Tébar

Creo que en mi anterior entrega fui injusto con Stendhal y su síndrome. He leído entretanto una breve biografía del escritor francés, quien era un gran enamorado de Italia y su cultura y residió largos años allí. He visto lo que dice Medline (una enciclopedia médica) del síndrome de Stendhal. Aprendí que tal síndrome fue definido por la doctora Graziella Magherini, a quien no tenía el gusto de conocer. La insigne psiquiatra lo acuñó a partir de las descripciones que el propio Stendhal hizo al entrar en la basilica de la Santa Croce de Florencia. Yo habré estado tres veces en esa basílica y admito que mi sensibilidad no era la de Stendhal. Pero en mi intento de saber qué le había pasado a ese hombre, he descubierto algo extraño que puede explicar su síndrome.

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Ver a Dios

 

-Mañana, después del recreo, se suspenden las dos últimas clases –nos dijo don Sebastián-. Recibiremos al señor obispo en visita pastoral.

Nos venía bien una tregua a tanta clase. El obispo de Jaén, reverendísimo monseñor Félix Romero Mengíbar, de tez morena y entrado en carnes, instalado en un sillón sobre una tarima de madera, parecía un iluminado mandatario llegado del cielo. Su reluciente anillo de oro, los cruces de manos y su forma espaciada de hablarnos le daba solemnidad a su presencia y a su parlamento. Nosotros, los alumnos de los cuatro primeros cursos de magisterio (al bachillerato elemental se le llamaba magisterio), sentados en la sala de conferencias, seguíamos atentos a sus ilustres palabras: “No basta con vivir –comenzó-. Necesitamos creer en la trascendencia. La muerte es la puerta a un más allá de plenitud y felicidad en la eterna contemplación de Dios. Vosotros sois afortunados porque viéndome a mí es como si vierais al Papa y quien ve al Papa está viendo a Dios”.

Absorto me quedé intentando ver al Papa y a Dios en su dignísima persona, pero no lo conseguí. Su monótono discurso logró distraerme y trasladar mi imaginación a otros mundos más acordes con mi edad. Pensaba en mi hermano Francisco, a punto de ingresar en el seminario de Baeza, ubicado en el frío y bellísimo Palacio de Jabalquinto, con su fachada gótica flamígera, su patio renacentista y su imperial escalera iluminada por una monumental lámpara. Podía llegar a obispo, ¿quién sabe? Yo sólo quería ser maestro. No por falta de ambición por aspirar a más, sino porque era mi verdadera vocación.

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Del Invierno de la Edad Media a la Primavera del Renacimiento, 1 (el Arte, 1)

Alfredo Rodríguez Tébar

Debo advertir que el título es rotundamente falso. Desde mi punto de vista, ni la Edad Media fue invernal ni el Renacimiento fue esa época dorada, con retorno incluido al clasicismo, que muchos historiadores, principalmente italianos, nos han hecho creer. Pero de este tema, del tránsito de una edad a otra, sí voy a especular.

Para esa transición, he tomado el Arte, la Ciencia y la Creencia como paradigmas, haciendo notar que los tres no tuvieron un desarrollo paralelo. Mientras que no hubo una transición abrupta y rupturista en la Ciencia, sí la hubo en el Arte y en la Creencia, que alteró el balance de poder en Europa. En Ciencia no puede haber ruptura, sino estancamiento o progreso; la ruptura indicaría que la ciencia de antes o la de después no era verdadera ciencia. El Arte, sin embargo, sí está sujeto a gustos y preferencias que pueden generar rupturas con el pasado, aunque en el caso de la arquitectura se depende en parte de posibilidades técnicas e innovaciones que pueden ser rompedoras como el caso de la cúpula de Santa Maria del Fiore de Brunelleschi en Florencia (de la que hablaré en su momento). En el terreno de las Ideas (lo que llamo Creencia), Europa sufrió un auténtico cambio revolucionario con la Reforma, un movimiento que llevaba gestándose al menos siglo y medio (creo que venía por lo menos del s. XII; lo veremos).

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El frontón de Antígona

El frontón de Antígona

Por Diego Rodríguez Vargas

Mi vinculación con el mundo del arte dramático no sólo fue a través de la lectura. Cada año los alumnos del último curso de Magisterio de la SAFA de Úbeda representaban al final de curso una obra clásica en un gran escenario que se colocaba delante de la majestuosa fachada de la iglesia del Colegio. Un Cristo imponente, obra de Palma Burgos, lucía sobre una triple arcada con columnas pareadas de orden toscano. Decorado ideal si conseguíamos colocar sobre los arcos un frontón griego, ya que la obra era “Antígona”, de Sófocles. Los actores eran del curso superior al mío. Los encargados del montaje y logística de la representación correspondían a mi curso. El caso es que me adjudicaron el frontón con la inestimable ayuda de un antiguo alumno, conocido por sus habilidades como artista plástico, destinado de maestro en el Grupo Escolar del Colegio que dirigía don José Antonio Fernández Pastor. Yo me encargaría de la construcción en chapón y madera del frontispicio y él pintaría los motivos mitológicos. El taller de carpintería de Formación Profesional, a mi servicio. Lo harían con las medidas y diseño que les facilitara.

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EL CONJUNTO SAFA (1963-1966)

Una historia vivida y narrada en primera persona

A Manolo Gordillo y a Santos Ortega, In Memoriam

Los orígenes

Mi memoria me lleva a una tarde soleada del otoño de 1963. Los alumnos de la Segunda División nos encontramos en la sala de estudio a punto de salir al recreo de la tarde, el más largo, el que nos permite hacer montones de cosas, desde merendar a jugar partidos completos de fútbol, de balonvolea (todavía no se decía voleibol), de baloncesto o, más emocionante (y arriesgado) todavía, fumarnos un cigarrillo a escondidas por alguno de los infinitos rincones de nuestro territorio. Pero aún faltan unos minutos para las 6. El estudio no ha terminado todavía. Todo el edificio de Magisterio continúa envuelto en un silencio absoluto (podría decir “sepulcral”, pero no me gusta esa palabra). De repente, unos potentes acordes de guitarra eléctrica desgarran con violencia el manto casi sagrado de quietud que nos envuelve a todos y a todo. Como resortes, nuestras cabezas se levantan y con ojos de sorpresa nos miramos. Nadie dice nada, está terminantemente prohibido hablar, pero en nuestro interior saltan numerosas preguntas: ¡¿lo que suena es una guitarra eléctrica?!, ¡¿quién tiene en el Colegio una guitarra eléctrica?!, ¡¿quién la está tocando?! La guitarra no deja de sonar y sus acordes han interrumpido definitivamente nuestro estudio. Faltan muy pocos minutos para la hora de salida que a mí se me hacen eternos. Al fin, el inspector da permiso para salir.

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Recuerdos de la SAFA – 33 : La música en la SAFA (II): La tuna

Recuerdos de la SAFA – 33 : La música en la SAFA (II): La tuna

Ya estando en Oficialía surgió otro portal musical para nosotros: la tuna SAFA. Cada año los veíamos en las fechas navideñas, en los actos de la SAFA en el patio de columnas o en la clausura de curso. A veces, los veíamos cómo se congregaban en la puerta, esperando que se completase el grupo para salir por el pueblo a cantar, y sabíamos de sus andanzas nocturnas por el pueblo, lo que para nosotros era el summun de la libertad y el despiporre.

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Luz, más Luz

Alfredo Rodríguez Tébar

[Licht, mehr Licht, dicen que fueron las últimas palabras de J.W. v. Goethe en su lecho de muerte]

3 Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. / 4 Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas (del Génesis).

En mi anterior escrito, La Percepción de la Realidad, 2, del 1 de abril pasado, prometí una historia mínima de la luz y percepción visual, que ahora trataré de hilvanar.

La luz y la visión han sido objeto de reflexión y estudio desde el inicio del pensamiento humano. Muchos intuyeron que la luz fue lo primero que apareció al principio de los tiempos. Así lo hizo alguien a quien vengo citando con frecuencia, Robert Grosseteste (Figura 1), el profesor de Oxford, que llegó a ser obispo de Lincoln.  Escribió: «La luz física es la mejor, la más deleitable, la más hermosa de todas las entidades que existen. La luz es lo que constituye la perfección y la belleza de todas las formas físicas«; en su opúsculo De Luce explica cómo la luz fue un instrumento de Dios para crear el Universo, producto de una gran explosión que llenó todo el espacio concebible (una versión medieval del Big Bang). Leyendo a Grosseteste o a Hildegard von Bingen se da uno cuenta de que los tiempos medievales no fueron tan oscuros como nos dijeron, y que el Renacimiento que vino después despreció el medievo, mientras sobrevaloró el retorno a “la antigüedad clásica”, que dudo mereciera la pena en toda su dimensión.

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