Esperando a Godot

El profesor de Literatura, Julio Artillo, jesuita novicio, revolucionó la metodología tradicional haciéndonos profundizar en los movimientos literarios que más influyeron en el pensamiento contemporáneo. La primera obra dramática que leí, “Esperando a Godot”, de Samuel Beckett, tenía un simbolismo en el mensaje, que Julio Artillo nos hizo descubrir analizando la temática a la que nos enfrentábamos. El padre Artillo era un profesor diferente, tanto en Legua-Literatura como en Sociología. Sus clases, divertidas y participativas. Su poder de comunicación bastaba para motivarnos a leer, debatir, decir libremente lo que pensábamos. Los exámenes no eran un fin, sino un instrumento para medir el grado de aprendizaje que adquiríamos. Era benévolo en las notas si percibía en nosotros interés, atención y esfuerzo. Valoraba mucho nuestra capacidad de crítica en los dos primeros cursos de Magisterio (5º y 6º).

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Dos mujeres

El primer día del tercer trimestre del curso 1964-65, después de las vacaciones de Semana Santa, el padre Navarrete entró en el estudio preguntando quienes se atrevieron el día de regreso a ir al cine Ideal Cinema para ver “Dos mujeres”, protagonizada por Sofía Loren. La acompañaban en el reparto Jean-Paul Belmondo, Raf Vallone, Eleonora Brown…
Imaginaba nuestro prefecto director a la exuberante señora Loren provocando pecados mortales contra el sexto mandamiento en sus futuros maestros. Me levanté junto a un puñado de acongojados compañeros. Solo uno, cuyo nombre no desvelo por respeto a la privacidad, quedó sentado.
-Vete al dormitorio y haz la maleta. Quedas expulsado por hipócrita –sentenció con crueldad el cura dirigiéndose al compañero que intentaba esconder su delito.
Y así fue. La crueldad y la falta de misericordia hicieron presencia de forma irreversible. No se andaba con chiquitas Navarrete. Le gustaba tomar decisiones importantes y sentir la autoridad que inspiraba su presencia.
A quienes nos pusimos en pie por miedo a ser descubiertos, nos castigó a copiar encíclicas papales los domingos en el tiempo de paseo. La misión de dictar las páginas que él mismo señalaba cada semana, me correspondió a mí.
Suponer que Sofía Loren nos incitaría al pecado protagonizando una extraordinaria obra italiana dirigida en 1960 por Vittorio De Sica era impura imaginación de quienes vivían envueltos en sotanas. La película, lejos de los tópicos sexuales de la época, estaba calificada 4 ó 3R (no recuerdo bien), es decir, para mayores con reparos, no por el exhibicionismo de la italiana, que consiguió el primer Óscar a un actor o actriz de habla no inglesa, sino por la violación que sufrió con su hija en una iglesia. Pero Navarrete pensó que el pecado estaba en Sofía Loren y se fue a la puerta del Ideal Cinema a observar la salida para descubrir a los atrevidos y pecaminosos alumnos. Imposible escapar a su intimidatoria mirada.

 

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Metralletas en el Colegio

Cada vez que el padre Manuel Bermudo de la Rosa, rector de la SAFA, iba a Madrid a conseguir fondos para el mantenimiento de nuestro Colegio, todos los alumnos transitábamos día y noche por la iglesia invocando al Sagrado Corazón de Jesús que iluminara al Caudillo para que firmara el cheque que el padre Bermudo le pedía como una súplica a su infinita generosidad para la formación de jóvenes católicos afines al régimen. Por turnos repetíamos incesantemente la misma jaculatoria: “Sagrado Corazón, en vos confío”. Cada curso media hora. El mío, primero de Magisterio equivalente a primero de Bachiller, a las 23,30h. El sacrificio es liberador del pecado, nos decían. Al día siguiente, la noticia de la habilidad del rector nos dio tranquilidad en nuestro incierto futuro. La firma de Franco la consideraban milagrosa por ser obra del Sagrado Corazón.

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Cambio de fechas en la presentación de mi libro «ISNATIN»

La entrevista fue anterior al confinamiento. Por eso las fechas que anuncio son erróneas. Por fin, con permiso del covid, la primera presentación será el 7 de septiembre en Bedmar. La segunda, en principio, el 18 de octubre en Málaga.
A los asistentes se les entregará un ejemplar gratuito.

Ver a Dios

 

-Mañana, después del recreo, se suspenden las dos últimas clases –nos dijo don Sebastián-. Recibiremos al señor obispo en visita pastoral.

Nos venía bien una tregua a tanta clase. El obispo de Jaén, reverendísimo monseñor Félix Romero Mengíbar, de tez morena y entrado en carnes, instalado en un sillón sobre una tarima de madera, parecía un iluminado mandatario llegado del cielo. Su reluciente anillo de oro, los cruces de manos y su forma espaciada de hablarnos le daba solemnidad a su presencia y a su parlamento. Nosotros, los alumnos de los cuatro primeros cursos de magisterio (al bachillerato elemental se le llamaba magisterio), sentados en la sala de conferencias, seguíamos atentos a sus ilustres palabras: “No basta con vivir –comenzó-. Necesitamos creer en la trascendencia. La muerte es la puerta a un más allá de plenitud y felicidad en la eterna contemplación de Dios. Vosotros sois afortunados porque viéndome a mí es como si vierais al Papa y quien ve al Papa está viendo a Dios”.

Absorto me quedé intentando ver al Papa y a Dios en su dignísima persona, pero no lo conseguí. Su monótono discurso logró distraerme y trasladar mi imaginación a otros mundos más acordes con mi edad. Pensaba en mi hermano Francisco, a punto de ingresar en el seminario de Baeza, ubicado en el frío y bellísimo Palacio de Jabalquinto, con su fachada gótica flamígera, su patio renacentista y su imperial escalera iluminada por una monumental lámpara. Podía llegar a obispo, ¿quién sabe? Yo sólo quería ser maestro. No por falta de ambición por aspirar a más, sino porque era mi verdadera vocación.

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El frontón de Antígona

El frontón de Antígona

Por Diego Rodríguez Vargas

Mi vinculación con el mundo del arte dramático no sólo fue a través de la lectura. Cada año los alumnos del último curso de Magisterio de la SAFA de Úbeda representaban al final de curso una obra clásica en un gran escenario que se colocaba delante de la majestuosa fachada de la iglesia del Colegio. Un Cristo imponente, obra de Palma Burgos, lucía sobre una triple arcada con columnas pareadas de orden toscano. Decorado ideal si conseguíamos colocar sobre los arcos un frontón griego, ya que la obra era “Antígona”, de Sófocles. Los actores eran del curso superior al mío. Los encargados del montaje y logística de la representación correspondían a mi curso. El caso es que me adjudicaron el frontón con la inestimable ayuda de un antiguo alumno, conocido por sus habilidades como artista plástico, destinado de maestro en el Grupo Escolar del Colegio que dirigía don José Antonio Fernández Pastor. Yo me encargaría de la construcción en chapón y madera del frontispicio y él pintaría los motivos mitológicos. El taller de carpintería de Formación Profesional, a mi servicio. Lo harían con las medidas y diseño que les facilitara.

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