Jaque mate al diálogo en dos “nivolas” de Unamuno, y 08

Dicho lo que precede y refiriéndome ahora a los fragmentos tomados de las dos novelas de Unamuno, veamos si en ellos se cumplen los criterios de lo que el lingüista Antonio Briz Gómez (ver su libro El español coloquial en la conversación, Ariel, 2002) llama situaciones coloquializadoras o que favorecen la coloquialidad.

Considerando la modalidad coloquial, Antonio Briz escribe que dicha variedad «queda delimitada por las cuatro características propias del registro:

1. CAMPO de la cotidianidad.

2. MODO, la espontaneidad.

3. TENOR, la interacción.

4. TONO, informal».

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Jaque mate al diálogo en dos “nivolas” de Unamuno, 07

Las partidas de ajedrez en La novela de Don Sandalio, jugador de ajedrez.

En el Prólogo a la novela, Unamuno escribe:

«No hace mucho recibí carta de un lector para mí desconocido, y luego parte de una correspondencia (21 cartas en total) que tuvo con un amigo suyo (sabremos que se llama Felipe) en donde le contaba el conocimiento que hizo con un Don Sandalio, jugador de ajedrez, y le trazaba las características del Don Sandalio».

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Jaque mate al diálogo en dos “nivolas” de Unamuno, 06

Como no todo lector tiene la obligación de conocer tanto Niebla como La novela de Don Sandalio, jugador de ajedrez, voy a resumir y contextualizar los capítulos escogidos de cada novela una de ellas.

En el cap. III de Niebla, el protagonista A. Pérez ha ido al casino para jugar la «cotidiana partida de ajedrez» con su amigo y mentor Víctor Goti. Partida que, como las demás, es un mero pretexto para hablar de otras cosas. Y, aunque es de suponer que en los capítulos que preceden y siguen a este III, A. Pérez y V. Goti han jugado y siguen jugando al ajedrez durante esos encuentros en el casino, sin embargo, ni antes se mencionó dicho juego ni se volverá a hablar de él en la novela. Por lo tanto, en este cap. III, tenemos, en rigor, la única partida de ajedrez de Niebla. Capítulo corto, como es costumbre en la narrativa de Unamuno: poco más de dos páginas en la vieja y conocida edición de Espasa-Calpe. El capítulo se reparte en dos fragmentos, diferentes textualmente y cuantitativamente dispares: el dedicado al diálogo, propiamente dicho, ocupa los dos tercios de la totalidad, mientras que en el otro tercio tenemos el monodiálogo o “diálogo en silencio consigo mismo” del protagonista Augusto Pérez.

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Jaque mate al diálogo en dos “nivolas” de Unamuno, 05

Si esto es así, es decir, si para el escritor Unamuno la novela es una especie de texto que reproduce diálogos hablados y autodiálogos de los personajes, quizás sea interesante conocer la opinión del bilbaíno a propósito aquella famosa afirmación ‑«Escribo como hablo»‑ del renacentista Juan de Valdés.

Unamuno cree que la máxima de Juan de Valdés no es realizable, porque piensa que no es posible una equivalencia entre oralidad y escritura. Lo declara en un artículo de 1892 titulado A propósito y con excusa del estilo. Cartas abiertas, de libre divagación con estas palabras:

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Jaque mate al diálogo en dos “nivolas” de Unamuno, 04

En cuanto a la secuela literaria de dicho pensamiento dialógico, su manifestación más original en las novelas quizás esté en que no solamente Unamuno concibe la existencia como diálogo, sino en que, además, establece una estrecha relación entre diálogo y autocreación: «El personaje ‑lo ha repetido Unamuno con insistencia‑ se hace a sí mismo», sin intermediarios (1).

Novelísticamente hablando, tal principio implica, por un lado, la eliminación del narrador; porque, si el personaje se hace a sí mismo, es evidente que sobra la figura del narrador: ese intruso filibustero de intimidades que, como si fuera un pequeño dios, se atribuye el don de omnipresencia, omnipotencia y omnisciencia. Y, por el otro lado, tal principio supone la autonomía del personaje; es decir, su independencia, al menos teórica, con respecto a su hacedor, ya sea el narrador ya el autor.

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Jaque mate al diálogo en dos “nivolas” de Unamuno, 03

Por lo tanto: si solo la realidad íntima ‑«la del que quiere ser o la del que quiere no ser»‑ es, según Unamuno, la que merece ser novelada, conviene observar al respecto, porque puede resultar paradójico, que para ficcionalizar esa sangrante realidad íntima, esa conciencia y personalidad en formación de sus personajes, Unamuno inserte la trama de sus ficciones en un contexto, por lo menos, tan cotidiano e incluso banal como lo era el de las novelas del Realismo. Por ejemplo, un casino, lugar típico de la sociedad noventayochista, al cual la RAE, en su segunda acepción, define así: ‘Sociedad de hombres que se juntan en una casa, aderezadas a sus expensas, para conversar, leer, jugar y otros esparcimientos, y en la que se entra mediante presentación y pago de una cuota de ingreso y otra mensual’. Pues en un casino, lugar visitado por nuestros protagonistas, tienen lugar las partidas de ajedrez de las dos novelas que aquí nos interesan (Niebla y La novela de don Sandalio).

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Una cuestión candente

Cécile Thibaud es una joven periodista que hace unos años fue alumna en el Departamento de Español de la Facultad de Letras de la Universidad de Friburgo, cuando, sustituyendo a un colega que disfrutaba de un semestre sabático, yo impartía cursos en la cátedra de Literatura Española en dicha Facultad. Cécile estaba preparando una tesina de licenciatura en periodismo y estudiaba español como segunda materia, porque le gustaba el idioma y le interesaba mucho «la riqueza socio-lingüística del mundo hispánico».

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Jaque mate al diálogo en dos “nivolas” de Unamuno, 02

Como declaraciones de principio se pueden entender, creo, las siguientes afirmaciones de Unamuno, que constituyen verdaderas impugnaciones del Realismo. Se encuentran, principalmente, en los apartados II y IV del Prólogo a Tres Novelas Ejemplares (1920). Merece la pena leerlos:

Apartado II

«Nada hay más ambiguo que eso que llaman realismo en el arte literario. Porque, ¿qué realidad es la de ese realismo? Verdad es que el llamado realismo, cosa puramente externa, aparencial, cortical y anecdótica se refiere al arte literario y no al poético o creativo. En un poema ‑y las mejores novelas son poemas‑, en una creación, la realidad no es la del que llaman los críticos realismo. En una creación, la realidad es una realidad íntima, creativa y de voluntad. Un poeta no saca sus criaturas ‑criaturas vivas‑ por los modos del llamado realismo. Las figuras de los realistas suelen ser maniquíes vestidos, que se mueven por cuerda y que llevan en el pecho un fonógrafo que repite las frases que su Maese Pedro recogió por calles y plazuelas y cafés y apuntó en su cartera.

¿Cuál es la realidad íntima, la realidad real, la realidad eterna, la realidad poética o creativa de un hombre? Sea hombre de carne y hueso o sea de lo que llamamos de ficción, que es igual».

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Jaque mate al diálogo en dos “nivolas” de Unamuno, 01

Antes de empezar este análisis, quizá sea conveniente aclarar algunos aspectos del título porque, aunque no sea nada críptico, puede parecer un tanto lúdico, cuando no provocador.

Lo lúdico en «Jaque mate» se refiere, sencillamente, a que me voy a ocupar de un par de textos dialogados que se encuentran en dos narraciones y que tienen lugar durante sendas partidas de ajedrez. Es decir, en dos situaciones paradógicas, ya que, como dice Unamuno, el ajedrez es «Un juego solitario de dos en compañía» o, lo que es casi lo mismo, «Una conversación de dos en silencio».

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La greguería en sus cifras y letras, y 10

5) Notables por su recurrencia son, finalmente, aquellas greguerías que expresan la idea de consecución, causalidad, finalidad, interrogación, y que frecuentemente añaden la precisión necesaria para el correcto entendimiento del pacto asociativo:

«Era tan moral que perseguía las conjunciones copulativas».

«La H es tan transparente y tan muda que no es raro que a veces no nos demos cuenta de que no está en la palabra en que debiera estar».

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