Durmiendo con ángeles

Llegó el nuevo verano y volvió a tocarme la lotería: veranear con mis dos encantadores nietos en esta acogedora tierra malagueña de Torre del Mar. Además de compartir tiempo de ocio y descanso, mar y playa, paseos pedestres o con cacharritos (bicicletas y/o coches eléctricos infantiles…), por su magnífico e interminable paseo marítimo e, incluso, por el sendero litoral; cuando llega la noche, ellos quieren dormir con el ío (que soy yo, su abuelo materno).


Abel, mi principito mayor, lo hace en su cama que está en el mismo dormitorio que la mía, cayendo como un tronco, pues su trepidante actividad física, emocional y mental durante todas las horas del día lo deja exhausto nada más entrar en su lecho, no despertándose casi nunca en toda la noche, aunque su hermano pueda cantar algún que otro rato alguna vez; mientras que Saúl (con dos añitos y diez meses), ese ángel afiligranado, mi principito chiquitín, bajado del cielo directamente, que lo aprende todo súper rápido (lenguaje, acciones, hábitos, destrezas varias…), además de batallar todo el día pidiendo sus intereses glósicos, alimentarios, motóricos… y entendiendo perfectamente la broma o ironía sencilla, exige para su descanso nocturno la cama del ío o su cuna, que está junto a mi lecho.


Lo que yo siento teniéndolos a mi lado es una dicha gozosa cuasi indescriptible, pues sus ternezas -en este tórrido verano torreño- son inconmensurables. ¡Qué piel de terciopelo tiene Saúl! ¡Cómo aspiro su fragante olor a carne nueva e inmaculada! ¡Qué blando y algodonoso te siento -cuando duermo contigo- dando siempre gracias a Dios por tu presencia divina, angelical y principesca, con tu gracia especial y dichosa ya que primeramente gustas jugar, una y otra vez, hasta que el sueño te vence y caes a plomo -como tu hermano Abel-, cual sol de media noche, echando normalmente toda ella de un tirón o simplemente pidiendo agua o el cambio de compañía a tu madre o con la ía… ¡Eres tan guapo, ocurrente, simpático y cariñoso!


Cada noche, cuando se va acercando el momento del descanso y el recogimiento interior, sé que tendré dos adalides muy cerca: mi nieto Saúl, con su piel de nácar tintada por el sol que me acariciará con sus juguetonas y delicadas manos y que me besará con su boca de cielo, parloteando continuamente hasta que le repita el cuento que siempre me pide -al igual que su hermano Abel, más granado pero también con muchas caídas graciosas infantiles, aunque ya tenga seis años- y entonces, Morfeo, los acoja en sus brazos tan tiernamente como lo hago yo…
¡Dormir con vosotros es una gozada y un auténtico regalo, Abel y Saúl! Me rejuvenece cada jornada. Doy gracias a Dios por enviarme estos principitos azul-celeste de nuestra familia que me hacen la vida más llevadera y galana.
Torre del Mar, 27 de julio de 2022.
Fernando Sánchez Resa

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