Del Invierno de la Edad Media a la Primavera del Renacimiento, 4 (el Arte, y 4)

 

En cuestión de Filosofía, Ciencia y Creencia, fueron varios los países de Europa Occidental los que participaron en el Renacimiento, pero en la cuestión de Arte, el Renacimiento fue una creación casi exclusivamente italiana y, particularmente, toscana con Florencia al frente.

Italia es un país muy especial. Pese a ser pequeño, contiene una gran cantidad y variedad de paisajes; es como un mini-continente. Los años que viví en Inglaterra y Alemania me mostraron la fascinación que los centroeuropeos sienten por Italia, mucho mayor de la que podamos sentir nosotros los españoles. El europeo que puede permitírselo tiene una casa en la Toscana o aledaños. Desde  el s. XIX muchos aristócratas e intelectuales europeos han visitado Italia, han escrito sobre sus experiencias en esa nación o han situado allí la acción de sus obras (recordad los mareos de Stendhal, quien más tarde escribió la Cartuja de Parma; también Thomas Mann el de Muerte en Venecia, James Joyce y otros muchos; hasta parece que a Einstein se le “ocurrió” su Teoría de la Relatividad durante unas vacaciones en la Toscana, que al menos le sirvieron para fusilarle a un italiano, Olinto de Pretto, que la había publicado previamente, la  ecuación más famosa de la Historia, E = mc2).

Algunos italófilos europeos y norteamericanos aprovecharon sus viajes para comprar, a precios de ganga, grandes obras de arte que han contribuido al tremendo expolio artístico que ese país ha sufrido, mucho mayor que el sufrido por España. Incidentalmente, recuerdo que lo que más me llamó la atención de la National Gallery de Londres no fue ni la Venus de Espejo de Velázquez ni el retrato de Arthur Wellesley de Goya, ni siquiera la Virgen de las Rocas de Da Vinci, sino el pequeño tamaño de las obras expuestas, en general. Induce este hecho a pensar que buena parte de las pinturas mostradas cabía en la maleta o baúl del expoliador (la misma impresión me llevé de la National y de la Mellon Galleries, ambas en Washington DC). En esos museos no son abundantes cuadros del tamaño de las Meninas (3,18 x 2,76 m) ni de la Ronda Nocturna de Rembrandt (3,63 x 4,37 m; Rijksmuseum, Amsterdam).

En los libros que he leído o consultado sobre el Renacimiento italiano he visto tal fascinación de parte de los autores por Italia y el arte italiano que me he preguntado hasta qué punto podía confiar en la imparcialidad de sus análisis. Menciono, por ejemplo, a Frederick Hartt (History of Italian Renaissance Art, di la ref. en la entrega 2 de esta miniserie), quien después de enumerar las abundantes bellezas físicas del país, añade (traduzco libremente):

Pero no toda la belleza de Italia viene dada  por la naturaleza. Quizá más que cualquier otro país en Occidente, Italia ha sido ‘humanizada’. El país y su gente han vivido en concordia de un modo extraordinario.

(Es una opinión que no comparto por no parecerme esa ‘humanización’ exclusiva de Italia; lo mismo se podría decir de otros países europeos, por ejemplo Holanda, cuyos habitantes mantienen, literalmente, “a flote” su propio país)

***

Cuando yo hacía la primaria, en 1956 por ejemplo, estudié que España (505,000 km2) tenía 29 millones de habitantes, mientras que Italia (301.000 km2) tenía 49 millones. Estos datos solo se podían explicar porque el territorio italiano, tres quintos del español, es mucho más rico en recursos naturales (carecen de las grandes y frías estepas castellanas y tampoco tienen desiertos como tenemos en España (Tabernas, Bárdenas Reales, Monegros); tiene un régimen pluviométrico más abundante y más regular que el nuestro; tiene también unos suelos más profundos y fértiles, en buena parte de carácter volcánico). La riqueza acumulada desde la agricultura y la ganadería permitió a las ciudades más importantes constituirse en estados, en repúblicas o ducados. Algo parecido, recordaba alguien, a las ciudades-estado de la Grecia clásica, con frecuentes disputas y guerras entre ellas.

[Inciso: Podría parecer que yo le tengo particular inquina a Italia y lo italiano. No es así; lo juro. En el fondo, los admiro y los envidio; a diferencia de los españoles, redomados cainitas hiper-autocríticos, ellos son unos grandes propagandistas de lo propio, sea un Renacimiento con un valor relativo, en muchos aspectos cuestionable, sea una gastronomía matahambre, precursora de la fast food, sin valor alguno. Tampoco se puede decir que el humanismo tuviera su cuna en ese país. Italia y su cultura son admirables desde otros puntos de vista que no son el Arte ni, desde luego, la gastronomía; en particular, ellos lideraron la Ciencia en la transición de la Edad Media a la Moderna, como veremos en su momento. Eso sí que me merece más respeto que una pizza napoletana o unos spaghetti alla bolognesa].

La riqueza generada por sus industrias, en especial de la lana, permitió un crecimiento urbano que en el siglo XIII hizo que Florencia superara los 100.000 hab, varias veces la población de Londres o París. Florencia era un república gobernada por un solo partido, los güelfos (papales), que permitía cierta libertad y bastante autonomía a los siete gremios, Arti, que controlaban la actividad económica de la ciudad. Tres gremios estaban relacionados con los tejidos, lana y seda; había uno, Arte de Medici e Speziali (médicos y boticarios) donde fueron admitidos los pintores, quizá por los productos químicos y tintes que se usaban en estas profesiones. Un gremio de menos categoría, el de la piedra y la madera, acogía a los escultores.

Siempre tuve la impresión de que al final del trechento y principios de cuantrochento, los arquitectos italianos se dieron cuenta de su inferioridad respecto al arte “francígeno” y europeo en general, y buscando ciegamente una originalidad con la que cubrir su desventaja, echaron el carro por el pedregal y empezaron a maltraer y malcopiar motivos arquitectónicos grecolatinos.

No es ninguna afrenta considerar la arquitectura medieval italiana tosca y atrasada. Los edificios italianos de los s. XIII, XIV y XV no son comparables, desde un punto de vista arquitectónico ni tecnológico, con los edificios góticos contemporáneos existentes en otros países europeos. En esencia, carecen de verticalidad y meramente consisten en muros coronados por techos de madera. Incluso las bóvedas italianas (donde las hay), por ejemplo, en las catedrales de Florencia y Siena, no tienen el exosqueleto (nervaduras) del gótico para soportarlas, son masivas y renunciaron al uso de arbotantes (o no supieron construirlos), de forma que, para no colapsar, necesitan tirantes de hierro que evitaran que las paredes se abrieran (F. Hartt, op. cit., pág 41, ver Figura 1).

Figura 1. Bóvedas de Santa Maria del Fiore de Florencia. Obsérvense los tirantes de acero, necesarios para estabilizar arcos y bóvedas.

Copiar un estilo antiguo y revivir lo muerto no es sino una forma de admitir la falta de originalidad para concebir y plasmar ideas nuevas. Pero, aunque sea adelantarme a temas que trataré en su momento, el Renacimiento secó la creatividad de los artistas que no supieron qué hacer con él; primero lo evolucionaron hacia el barroco que no es sino un Renacimiento con adornos de dudoso gusto y, cuando se cansaron del barroco, trajeron de nuevo un postizo Renacimiento en forma de arte neoclásico, que alguien llamó “café colado por tercera vez”. Pongo como ejemplos tres templos, cada uno de los tres periodos que he mencionado.

Figura 2. De izquiera a derecha, la catedral de Pienza (1459), Il Gesu de Roma (1569) y la catedral de Bogotá (Colombia, 1802).

La Figura 2, izquierda, muestra la catedral de Pienza. Fue mandada construir al arquitecto Rossellino, un seguidor de Alberti, por Julio II, el famoso papa Silvio Eneas Piccolomini, del que ya hice mención, en otro contexto, con anterioridad y di la referencia de su libro autobiográfico. La fachada, construida en travertino  (una caliza color beige muy claro común en Italia) presenta una configuración de proporciones “perfectas”; las cuatro pilastras dividen la fachada en tres cuerpos verticales, cada uno correspondiente a las naves del templo; la cornisa (marcapiano) divide la fachada en dos cuerpos prácticamente iguales (arriba y abajo) que son coronados por un gran tímpano triangular con el escudo e insignias papales. La catedral de Pienza fue construida en 1459-62 y es representativa del primer Renacimiento. Es uno de los edificios más fríos que he visto en mi vida, aunque, reconozco, forma parte de un conjunto arquitectónico de primer orden; está en una plaza con edificios relevantes, entre ellos el propio palacio del papa Piccolomini, también construido por Rossellino. Pienza, llamada así en honor a Pio II, su hijo más preclaro, es un lugar de la Toscana, provincia de Siena, que merece la pena visitar. Es, además patrimonio de la humanidad.

Los italianos fueron los primeros en aplicar el Renacimiento y también los primeros en desarrollar el Barroco, el hijo natural (y bastardo) del Renacimiento. La primera gran iglesia barroca fue la que encargó San Ignacio para iglesia matriz de su orden, il Gesu, iniciada en 1559. La fachada de esta iglesia apenas supone una evolución conceptual de la catedral de Piccolomini en Pienza (Figura 2, centro).

La fachada, debida a della Porta, contiene los elementos renacentistas previos, aunque con cambios evidentes. El cuerpo inferior está dividido no en tres, sino en cinco partes por pilastras que aquí ya son dobles y coronadas por capiteles corintios (podéis ampliar la foto). El segundo cuerpo horizontal es más corto que el de abajo, solo tiene tres cuerpos, también dividido por dos pilastras  y tiene en ambos extremos unas vitolas, muy comunes en el barroco, que le aumentan la anchura. Y por fin, arriba del todo, la fachada es coronada por un inevitable tímpano triangular.

He puesto como ejemplo de arte neoclásico la catedral de Bogotá, de gran simpleza, aunque no exenta de cierta dignidad.

El estilo neoclásico es un segundo retorno al “arte antiguo”, que diría Vasari. Se construyeron iglesias y catedrales verdaderamente ridículas, como por ejemplo l’eglise de la Madeleine de París, un recreado templo griego dedicado al culto cristiano. Las grandes capitales europeas gozaron construyendo enormes iglesias neoclásicas: en Berlín, la Iglesia Francesa (Französische Kirche) y la Catedral Alemana (Deutscher Dom); San Francisco el Grande en Madrid y otras muchas, como la referida la Madeleine.

La profusión de espléndidos templos neoclásicos, magnificentes por el tamaño, el diseño y el dinero gastado en los s. XVIII y XIX, me ha hecho pensar que no existe un paralelismo entre la riqueza, la ciencia y la tecnología (que eclosionaron en el Siglo de las Luces) con el arte que se mantuvo opaco en cuanto a la arquitectura se refiere hasta casi el día de hoy.

Conclusión

No he visto ningún monumento renacentista que me haya parecido más bello y mejor ejecutado que la catedral (gótica) de Chartres, por poner un ejemplo. Como no soy ni historiador ni artista y las reglas de la Aamsu me lo permiten, digo que para mí la arquitectura renacentista italiana es un fiasco y supuso un atraso estético y tecnológico en el desarrollo humano, cuyos efectos se prolongan aún hoy día. Ya he dicho que los italianos, los toscanos en particular, nunca entendieron ni pudieron ejecutar el arte “bárbaro” y, como reacción, desenterraron elementos arquitectónicos que llevaban muertos más de mil años. En el fondo, fue un desquite bastante exitoso, por cierto.

No obstante, un elemento positivo del Renacimiento fue el reconocimiento de los artistas como artistas y no como meros artesanos de tiempos medievales. Otro fue el haber instituido escuelas o talleres (bottegas) dirigidas por un maestro, donde se formaban aprendices que entraban de niños (cuyos padres debían pagar su formación). A cambio, el arte se llenó de reglas, algunas en forma de controles matemáticos. Así, un polímata como Leobattista Alberti escribió reglas para todas las situaciones y todas las artes, como De Pictura, De Statua, o de Re Aedificatoria, claramente influida esta última por los diez libros De Architectura de Vitrubio Polio, el arquitecto romano, que habían sido descubiertos en los primeros años del s. XIV. Las reglas eran muy concretas sobre, por ejemplo, las dimensiones de la cabeza con respecto al cuerpo, el contorno y la composición de los elementos de una pintura, así como de la perspectiva. Todo era un intento de copiar la realidad idealizada según cánones propios. En mi experiencia personal, gran parte de las reglas que me han impuesto, más que para ayudar y dirigir, han servido para limitar y constreñir.

No es extraño que una arquitectura y un arte en general, tan encorsetados ellos, anularan la creatividad del artista y produjeran obras de escasa originalidad. Aunque conozco la escultura y pintura renacentista menos aún que la arquitectura, siempre me ha maravillado que una iglesia neoclásica tan vulgar como San Antonio de la Florida de Madrid pudiera albergar en su interior un fresco, El milagro de San Antonio de Goya, que suponía una ruptura brutal y genial de la evolución del arte pictórico (Figura 3). Simultáneamente, en Europa artistas de la talla de Joshua Reynolds o Jacques-Louis David seguían pintando igual que se pintaba dos o tres siglos antes, aunque, eso sí, con mucho reconocimiento y glamour.

Figura 3. Contraste entre el exterior (neoclásico) y el fresco de Goya de la cúpula de San Antonio de la Florida (Madrid).

Final

Mi excursión por el arte renacentista y lo que supuso en la involución de arte occidental acaba aquí por ahora. Espero tener tiempo para ser más justo con el arte renacentista español, que es de mucha mayor calidad que el  italiano y europeo en general, y estuvo menos lastrado por las reglas de Alberti, Cennini  y otros, fue más libre y, consiguientemente, más bello y original (en la provincia de Jaén hay muchos ejemplos). Seguiré hablando de la transición entre el medievo y la edad moderna, considerando elementos que jugaron un papel importante en el proceso. El Renacimiento, no obstante, fue un movimiento cultural, conocido y apreciado por intelectuales de entonces y ahora, aunque, realmente, careció de incidencia en la vida de la gente. No tuvo la importancia de, por ejemplo, el Siglo de las Luces, cuando el desarrollo de máquinas, automoción, sanitación e higiene y medicinas (vacuna) mejoró la salud y la longevidad de los pueblos occidentales. Por poner un simple ejemplo, que los portugueses doblaran el cabo de Buena Esperanza en busca de las islas de las especias tuvo mucha más trascendencia que San Pedro en el Vaticano y demás basílicas renacentistas en el desarrollo humano de las naciones.

(continuará).

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