Recuerdos de la SAFA – 39: Las excursiones del finde (II)

Recuerdos de un safista –  39: Las excursiones del finde (II)

En otra ocasión nos llevaron al Embalse de Doña Aldonza, en el río Guadalquivir. Salimos como de costumbre, pero el cura consiguió que nos incluyesen el extra de una pieza de pan y una onza de chocolate para la merienda, porque la estancia se suponía más larga.

Tras desfilar por la calle del colegio y la calle Ancha, bajamos hacia la zona de las huertas, para enfilar por un camino medio asfaltado medio terrizo, siempre cuesta abajo, entre olivos y algún campo de labor. La caminata fue más larga que la anterior, y empezó a cundir la pregunta “pues la vuelta, cuesta arriba, qué…?”

Embalse de Doña Aldonza. Central.

Llegados a destino, nos encontramos una edificación que tenía en su fachada un rótulo con grandes letras que decía algo de Hidrográfica del Guadalquivir, y una explanada con un murete que daba a una gran superficie de agua: el embalse.

Allí nos recibió el encargado de las instalaciones, que era padre de nuestro delegado Antonio H. Nos sorprendió la magnitud de la instalación (y eso que luego supimos que no era demasiado grande, pues solo se trataba de un embalse regulador, no una presa en el pleno sentido) y el bosque de ribera, con altos álamos y umbrosos sauces.

Al poco ya estábamos todos, sudorosos y polvorientos, con los pantalones de deporte listos para el baño. El cura nos reunió y el padre de nuestro compañero nos insistió mucho en que tuviésemos mucho cuidado, que el embalse era muy traicionero, porque el fondo era de lodo, con el riesgo que ello significaba, y que quien no supiese nadar muy bien (la mitad de nosotros apenas sabíamos chapotear y nadar como los perritos…) que no se bañase. Sugerencia olvidada en el acto: todos nos tiramos al agua con mayor o menor prevención. La familia había construido una barca de lo más imaginativo: unas tablas atadas a dos bidones, a la cual nos subíamos tras alejarla varios metros de la orilla y desde la cual nos tirábamos, en un continuo va y viene, nadando cada uno como podía y sabía hasta la orilla para agarrarnos al murete. En uno de éstos, al llegar al pretil donde nos agarrábamos y al cual nos subíamos para volver a tirarnos, nos juntamos varios compañeros esperando para trepar y salirnos, pero yo perdí la sustentación, no pude agarrarme a nada y me hundí como una piedra, sintiendo cómo mis pies se clavaban en el barro hasta media pierna. En ese momento noté cómo alguien me cogía del pelo y me sacaba a la superficie boqueando: era Antonio H., mucho más ducho en la natación y más atento a todo lo que hacíamos aquella pandilla de locos. Si no llega a ser por él ahora no estaría contándolo. Nunca se lo agradeceré lo suficiente. Obvia decir que no volví a meterme en el agua.

Embalse de Doña Aldonza. Almuerzo

Llegado el mediodía, abrimos nuestras talegas o mochilas y nos dispusimos a comer la pitanza que traíamos. Los padres de Antonio H. sacaron unos platos de peltre llenos de embutidos caseros en rodajas y nos lanzamos como fieras a por ellos. Estaban buenísimos y de un sabor para mí desconocido, hasta que nos aclararon: “son de carne de caza, de la Sierra…”.

La tarde siguió según lo previsto, con juegos y un nuevo baño para los que se atreviesen, una vez pasadas las dos horas de la digestión. Yo, lógicamente, tras el susto ni me acerqué al borde del agua.

A media tarde nos tocó recoger y volver. Dimos las gracias a los padres de nuestro compañero y empezamos a caminar. La vuelta, como nos temíamos, fue mucho más pesada que la ida. Sería porque era cuesta arriba, sería porque estábamos cansados de la intensa actividad del día, sería por las escasas ganas de volver, lo cierto es que durante un par de horas nos arrastramos por el camino hasta llegar a la Redonda, bajo la iglesia de San Lorenzo, por la cual desfilamos hasta la calle que pasaba por delante de la Academia de la Guardia Civil, y una vez frente al Hospital de Santiago giramos a la izquierda y afrontamos de nuevo el conocido Paseo del León.

Esa noche caímos como troncos en la cama.

Sabedores de que los mayores hacían excursiones donde pasaban la noche del sábado al domingo fuera, le preguntamos a nuestro cura tutor si podríamos hacer nosotros tal cosa, y nos dijo que ni hablar, que éramos muy pequeños, y que hasta Oficialía nada de nada. Y efectivamente, para nuestro desconsuelo, una mañana de sábado, tras la misa y antes de dirigirnos al edificio de las aulas, vimos como los chicos de la Segunda División formaban en la explanada, preparados para salir de excursión, portando cada uno una manta terciada al hombro y llevando el primero una especie de pendón o banderola.

Listos para salir de excursión.

Un golpe de silbato y todos firmes para la revista. Una orden y comienzan a salir en dos filas, desfilando marciales hacia Canena, donde pasarían el fin de semana. Los miramos con envidia, y nos dijimos unos a otros “cuando seamos mayores podremos hacer lo mismo, dormir al raso y pasar todo un fin de semana fuera del colegio…”

Mi paisano Manolo, que ya cursaba Maestría, me dijo que el siguiente fin de semana se iban de excursión al Pantano del Tranco de Beas. Yo ni sabía ni dónde estaba eso. El sábado, sin perderse la misa, los vimos bajar a los talleres, donde les esperaba el camión Morris, en el que habían atornillado unos bancos corridos en la caja descubierta, a la que treparon y se acomodaron como pudieron. No cabían todos en los bancos, pero el camión pequeño, un Citröen, no estaba disponible, así que no quedó más remedio que apretarse o apoyarse en los bordes de la caja, con el consiguiente peligro. (Menudo multazo les caería hoy, ¿os imagináis?).

De camino a la Sierra

Pronto enfilaron la carretera hasta Villacarrillo, y siguieron ruta dejando a la izquierda el cruce de Iznatoraf, desviándose por una carretera que seguía el cauce del Guadalquivir por su orilla derecha. Pararon en el Charco del Aceite (al que los lugareños llaman «Charco de la Pringue»), para que el camión se refrescase y repostar agua, y continuaron hasta el muro de la presa. Al abordarla desde la carretera les impresionó su magnitud, y más aún porque estaba desaguando gran cantidad de líquido por el rebosadero.

Ante el rebosadero del pantano

El autobús les dejó en un llano hormigonado cercano al control, donde les esperaba un guarda, que se maravilló al ver bajar tanta gente de tan angosto vehículo. Les condujo hasta la caseta de los Ingenieros donde les esperaba un técnico, que resultó ser colega y amigo del profesor de Tecnología que les acompañaba, y que les enseñó con todo detalle la presa y la central eléctrica que había a sus  pies, esforzándose en atenderlos lo mejor posible.

Almuerzo en El Tranco de Beas

Por lo que me dijo mi paisano fue una visita muy interesante, que se completó con una comida bajo los enormes pinos de la ribera, desde donde se entretenían lanzando migas de pan a los peces que se arremolinaban al detectar la pitanza.

La estancia se alargó con algo de tiempo libre, para explorar los alrededores. Un compañero, que vivía en Cotorríos, un pueblo de colonización aguas arriba, les comentó que había una isla en medio del pantano, llamada El Cabezo de la Viña, que se unía a la orilla cuando bajaba el nivel del pantano en el verano, y que dejaba al descubierto un antiguo castillo, llamado de Bujaraiza. Le preguntaron al profesor si podrían ir con el camión a echar un vistazo, pero tras consultar con Pepe el Viejo, conductor del camión, negaron tal posibilidad, porque se les haría muy tarde y no quería conducir de noche. Así que recogieron sus pertenencias y emprendieron viaje de vuelta a Úbeda, aunque para compensar, hicieron una breve parada en el centro de Villacarrillo. Tras ello, atravesaron Torreperogil y subieron con el camión bufando la cuesta hacia Úbeda, llegando al colegio con el tiempo justo para la cena.

(Continuará…)

 

 

6 opiniones en “Recuerdos de la SAFA – 39: Las excursiones del finde (II)”

  1. Recuerdo perfectamente la fotografía en la que está el H. Tamargo, descanse en paz. Es mi curso y el siguiente, año 1963 o 64. Estabamos en Tercero de magisterio. Yo soy el tercero de la fila. El primero, es Ávila García. Fuimos a la finca y alberca de Torreperogil e hicimos noche allí. De este evento va a hacer 50 años. Recuerdos

  2. Pues sí, José Luis, años antes, los de mi división hacíamos las mismas excursiones, en el mismo camión, creo, apretados cual sardinas en lata tal y como muestra la foto. A Doña Aldonza fuimos, andando, por la carretera de Jódar, pasando por las ruinas de Salaria (Úbeda la Vieja), pero no nos bañamos. También estuvimos en el Tranco (1960) y bajamos por una interminable escalera hasta las enormes turbinas de la central eléctrica (al volver, don Sebastián López nos dio una larga y documentada charla sobre el funcionamiento de la central y la generación de electricidad). Como soy de la zona, varias veces fui andando a Bujaraiza, cuando el nivel de las aguas del embalse era muy bajo.
    En la primavera de 1961 los de la segunda división, bien embutidos en la caja del camión, fuimos a Lopera, bajo el auspicio del loperano Francisco Haro Jiménez (DEP); al salir a la N-IV, pasado Bailén, una pareja de la Guardia Civil detuvo el camión y pidió el permiso para llevar tal carga. Salió don Jesús Burgos (que viajaba en la caja con nosotros) y les dijo que él tenía permiso «verbal» del gobernador, su amigo. Todo era mentira, pero debió impresionar a los guardias que nos dejaron proseguir nuestro viaje. Sobre mis vivencias en Lopera escribiré algo próximamente.
    Gracias, José Luis, por regalarnos tus recuerdos.

  3. Bravo, José Luis…
    Tu memoria, esas añosas fotos y tu forma de contarlo provocan un cóctel molotov en las mentes de los que hicieron aquellas ansiadas excursiones y los que, como externos, no tuvimos la suerte de disfrutarlas…
    Muchas gracias

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