Recuerdos de la SAFA – 38: Las excursiones del finde (I)

Recuerdos de un safista – 38: La excursión del finde (I)

Algunas veces, la llegada del fin de semana traía aparejada alguna excursión a lugares cercanos. Nuestros curas, atentos a que la grey no se amochase en el duro régimen del internado, que sólo se aliviaba con algún que otro paseo dominical por el Real ubetense, hacían honor a la cancioncilla:

“¡Qué buenos son
los padres jesuitas!
¡Qué buenos son
que nos llevan de excursión!”

y nos sacaban a que nos diese el aire por algún que otro destino cercano, siempre con el menor gasto posible.

El primer sitio al que nos llevaron fue a una finca llamada, creo recordar, «El Chaparral«, que se hallaba saliendo hacia la carretera de Sabiote y Torreperogil. Fuimos andando, claro, con escaso equipaje (una bolsa, una talega o una mochila, depende de los posibles de cada uno, donde llevábamos la comida y alguna pertenencia personal).

El día comenzaba, tras la ineludible misa, tomando el desayuno y luego pasando por una mesa larga donde estaban preparadas unas bolsas de papel de estraza, que contenían un par de bocadillos de lo que fuese – mortadela, chorizo, lo que tocase ese día –, una naranja y un trozo del temible pan de higo. Subíamos al dormitorio y tras hacer la cama y demás tareas, nos poníamos la ropa adecuada para la excursión que comprendía normalmente incluir la equipación de gimnasia, la famosa camiseta blanca con el cuello rojo y los pantalones de deporte.

Bajábamos en completo orden hasta la explanada, donde formábamos y se nos pasaba revista. Tras ello, desfilábamos por el Paseo del León y atravesábamos la ciudad sin perder la formación. Cuando íbamos marchando, nos hacíamos notar:

“Turí, turí, turí,
Los de la SAFA, los de la SAFA
Turí, turí, turí,
Los de la SAFA están aquí”

Y claro, ante tal prodigio de rima, los viandantes no podían por menos que pararse y mirarnos con asombro.

Pronto salíamos a las afueras y tomábamos la carretera, en la que íbamos por ambos márgenes, en lo que hoy se consideraría una actitud de riesgo, pues la calzada, no muy ancha, no tenía arcén aunque la verdad es que tampoco había mucho tráfico de coches.

Tras una caminata de más o menos una hora con parada intermedia (la que decían “de la meada”), abandonamos la carretera por un camino terrizo y llegamos a destino, una arboleda con enormes encinas e higueras, rodeadas de olivos y campos de labor, con un caserón blanco a un centenar de metros de donde nos asentamos. Muy cerca había una fuente, de la que manaba un chorro de agua fría que calmaba nuestra sed y que alimentaba una alberca circular enorme.

El agua de la alberca era un poco verdosa, y se adivinaba la existencia de ranas en su interior, pero eso no impidió que una vez otorgado el oportuno permiso nos lanzásemos al agua con determinación, equipados del pantalón de deporte, y chapoteásemos en el agua fría como si estuviésemos en los baños del Rey Salomón.

Así estuvimos hasta la hora de comer, en que nos repartimos por las distintas sombras de los árboles que rodeaban la alberca y dimos cuenta con entusiasmo del frugal almuerzo.

La sobremesa se iba entre juegos y canciones, aunque no faltaba quien se retiraba a echar una cabezada bajo una frondosa higuera.

Antes de que el sol empezase a declinar nos daban la orden de prepararnos para la vuelta: recogerlo todo, pasar revista, formar y en marcha. La vuelta, igual que la ida, en filas por la carretera, subiendo el cuestarrón hacia la loma  y atravesando la ciudad, hasta enfilar la calle del Colegio.

Si al volver, agotados, un grupo de compañeros se retrasaba unos metros pronto se escuchaba la voz del profesor:

“¡Más deprisa, que parecéis niñas de las carmelitas!”.

La verdad es que cada vez que te quejabas, tenías hambre o simplemente te manifestabas humano, eras acusado de parecer una niña de las carmelitas. Y aquel inspector que, por una parte consiguió hacernos más duros, más fuertes y más capaces de superar sacrificios, por “efecto colateral” nos convirtió también en los más fieles admiradores de aquellas niñas, tan impopulares según él.

Llegábamos con tiempo de cambiarnos y bajar a la nave de talleres donde se proyectaba la película de cada domingo, por lo que la excusión nos dejaba sin paseo por la ciudad, cosa que no nos importaba mucho, pues la escapada nos refrescaba el ánimo aunque no fuese un dechado de actividades emocionantes.

En otra ocasión nos llevaron a una finca que se llamaba “La Yedra”, en la carretera que va a Rus y Canena. Era una zona umbría, con abundante vegetación, y con varios “chalés” repartidos por el bosque, señal de que eran de gentes de posibles. Pasamos por delante de un cruce donde había un letrero que decía “Casa de Ejercicios” momento que el cura aprovechó para decirnos: “El año que viene o el otro, os traemos aquí de Ejercicios Espirituales. Veréis qué bien”. Nos miramos unos a otros y no dijimos nada, pero nos quedamos con el cante.

Dejamos a la izquierda una capilla de piedra con una portada monumental y una espadaña, que nos dijeron que era del Santo Cristo de la Yedra. El cura nos dijo que  era muy milagrero y que los vecinos lo sacaban, junto con la Virgen,  todos los años por las calles de la pedanía. Y nos sorprendió cuando nos dijo que la escultura, de tamaño natural, estaba desnuda, aunque cubrían sus partes pudendas con un paño de seda, y tenía una peluca de pelo natural que le llegaba hasta la cintura. Qué cosas…

Llegamos a la hacienda, donde nos dispusimos en torno a una enorme alberca rectangular, buscando la sombra de los numerosos árboles. No nos faltaba agua fresca: un chorro incesante salía de un tubo metálico incrustado en un paredón de piedra de acarreo encalada, con un poyete corrido donde nos sentábamos a comer.

Llegado el momento del almuerzo, cada uno echó mano de lo que tenía, fuese el bocadillo que nos dieron en el Colegio, fuese una ristra de chorizos que apareció en la talega. Incluso alguno sacó, como un milagro, una botella de vino, que corrió de mano en mano aprovechando que el cura estaba comiendo en la casa.

Rápidamente se vio que algunos no se limitaban a los chuscos bocadillos que nos repartieron en el comedor, sino que tenían las viandas que las familias les mandaban en paquetes, que llegaban con periodicidad, llenos de chorizos, salchichones, bloques de carne de membrillo, latas de conserva, tabletas de chocolate, latas de leche condensada “La Lechera” y demás exquisiteces.

Era llegado el momento de afinar la vena fenicia de algunos, y negociar transacciones de cualquier cosa con tal de hacerse con un chorizo o medio salchichón. El instinto comercial ponía sobre la mesa cualquier contraprestación, física (“te lo cambio por cinco Ducados”, “te presto mi radio dos días”) o inmaterial (“te paso mi trabajo de Ciencias” o directamente “te hago tres láminas de Dibujo”) y todos tan contentos. Los que no teníamos ese privilegio de los paquetes familiares aguzábamos más el ingenio para disfrutar de estos placeres gastronómicos, y hay que decir que la amistad y la solidaridad entre todos era enorme pues rara vez nos quedábamos sin compartir algo de lo que los compañeros tenían.

NB: La descripción de las imágenes aparece pasando el cursor por encima de ellas.

(Continuará…)

9 opiniones en “Recuerdos de la SAFA – 38: Las excursiones del finde (I)”

  1. Bizarra infantería, mezcla de Tercios de Flandes, picas arriba y sobre el hombro; milicianos de la República, la manta liada a la cabeza, cruzada sobre los hombros y en doble columna por ambos lados de la carretera, o simplemente niños de calzón corto y un poco zampabollos jugando a hombres. Cualquier descubierta de grupo en aquella sazón de edad y época era una aventura. Y bien que la perfilas, José Luis.

    1. Gracias, Antonio. Muy logrado tu comentario. (Las picas eran los palos de las tiendas de campaña).

  2. Supongo que lo que cuentas sucedía en la segunda mitad de los sesenta, mientras mi experiencia y recuerdos son de la primera mitad. En mis tiempos, el escenario era parecido al que tú describes, aunque con alguna diferencia: no había nadie que tuviera un transistor o una máquina de fotos. Teníamos menos dinero y menos comida que repartir, aunque también la repartíamos entre todos. Recuerdo que justo en La Hiedra, en el apeadero del tranvía, había un tiendecita de comestibles donde se podía comprar un bollo y una lata de caballa en escabeche para hacernos un bocadillo (entonces no se decía ‘bocata’).
    No recuerdo el nombre de la finca cercana a la Torre con una enorme alberca circular de agua verdosa, pero sí recuerdo que fuimos varias veces. He tratado de encontrarla en Google Earth y no la he visto; quizá ya no exista. Lo que si existen en la zona son innumerables chalets individuales con cientos de piscinas (no sé de dónde sacan tanta agua).
    Una vez, cinco compañeros me retaron a que me metiera vestido en aquella alberca por cinco duros (cada uno ponía un duro). Me tiré y me dieron los cinco duros. Les propuse devolver a cada uno su duro si se metían en el agua también vestidos; y eso hicieron. Al final todo el mundo se quedó con su dinero y muy mojado.
    Gracias, José Luis, por este thesaurus de recuerdos y de vida.

  3. La nostalgia y el recuerdo que los años y la distancia hacen tan bonitos. El pan de higo que tanto horror nos daba, ahora es producto de gourmet en el Corte Ingles. Gracias y saludos.

    1. Saludos, Juan. Atinado comentario. Quién nos iba a decir que aquel ladrillo con piedras incrustadas iba a ser objeto de los paladares exquisitos.

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