Metralletas en el Colegio

Cada vez que el padre Manuel Bermudo de la Rosa, rector de la SAFA, iba a Madrid a conseguir fondos para el mantenimiento de nuestro Colegio, todos los alumnos transitábamos día y noche por la iglesia invocando al Sagrado Corazón de Jesús que iluminara al Caudillo para que firmara el cheque que el padre Bermudo le pedía como una súplica a su infinita generosidad para la formación de jóvenes católicos afines al régimen. Por turnos repetíamos incesantemente la misma jaculatoria: “Sagrado Corazón, en vos confío”. Cada curso media hora. El mío, primero de Magisterio equivalente a primero de Bachiller, a las 23,30h. El sacrificio es liberador del pecado, nos decían. Al día siguiente, la noticia de la habilidad del rector nos dio tranquilidad en nuestro incierto futuro. La firma de Franco la consideraban milagrosa por ser obra del Sagrado Corazón.

Una semana después, nos informaron de la visita del Generalísimo al Colegio, lo que significaba la alteración de nuestra vida académica. Sí, venía Franco y había que desfilar en la explanada principal ante él y varios de sus ministros. Después, el dictador presenciaría en el palco de honor del estadio una tabla de gimnasia multitudinaria dirigida por don Isaac, y, por último, una misa solemne para rematar la brillante jornada. Los curas estaban exultantes; los profesores, impacientes y yo a la expectativa.

Empezamos los ensayos del desfile. Filas de cinco en cinco. Canciones patrióticas y el himno de la SAFA pidiendo “Paso a la juventud…”, con música del padre Massana y letra del padre Sobrino, compuesto por ambos en sus tiempos de novicios para la “liberación” de Málaga por las tropas de Queipo de Llano, el sanguinario general que amenazaba con violar a las mujeres de los “rojos maricones”, provocando la trágica masacre de la Desbandá de republicanos por la carretera de Almería. Murieron más de cuatro mil personas, entre ellas muchos niños y ancianos. La letra fue adaptada por el propio padre Sobrino al himno de la SAFA, pero sin perder el impetuoso espíritu patriótico. Obviamente ninguno de nosotros conocíamos estos detalles.

Volviendo a los ensayos, al pasar justo delante de la puerta principal, donde se situaría el mandatario y su séquito, el primero de cada fila tenía que decir en voz alta: “Vista a la derecha”. Y toda la fila, sin dejar de llevar el paso, mirábamos a Franco. “Espero que no me toque tan ardua misión” -pensaba yo con vehemente deseo-. Pues me tocó. Decir eso delante del mismísimo Jefe del Estado me producía pánico. Mi timidez y mis miedos me traicionarían. Estaba seguro.

Llegó el primer ensayo. Desastre anunciado. Mi fila pasó sin que se oyera la orden de mirar a la derecha y nadie giró la cabeza. ¿Cómo se iba a oír si no me salió ni media palabra? A la siguiente vuelta, don Sebastián López, nuestro inspector de la tercera división, me cambió de lugar y todo solucionado. Me sentí liberado y, al mismo tiempo, mal, muy mal. Por la noche, en la cama y con los ojos húmedos, controlaba las lágrimas cubriéndome la cara con las sábanas. Tenía doce años.

El gran y exitoso acontecimiento fue el 20 de abril de 1961. Dos días después era portada del ABC. El elegido “Caudillo por la Gracia de Dios”, según rezaba en las monedas de duro y de peseta, ocupó el lugar previsto durante el desfile para, a continuación, el del Santísimo Sacramento para entrar a la iglesia bajo palio, envuelto en las voces angelicales de nuestro coro y el excelso sonido del órgano, tocado por Colomina, un alumno mayor de Linares, virtuoso del piano. Antes, al finalizar el desfile, uno de los alumnos más atrevidos y de mejor presencia leyó un cuidado discurso. ¡Qué envidia leer así, sin miedo y con esa seguridad ante el Caudillo! A Franco se le veía feliz arropado por el almirante Carrero Blanco, el general Camilo Alonso Vega, López Bravo y otros ministros. El padre Bermudo y los demás jesuitas, embobados a pesar de que la tabla de gimnasia se suprimió del programa por falta de tiempo, posponiéndola al mes siguiente con motivo de la visita de un ministro y del gobernador de Jaén. Mi compañero Sebastián Marín, perteneciente al coro me contó su experiencia: “En el coro de la iglesia estábamos acojonados porque a nuestro lado había guardias civiles con ametralladoras y yo nunca había visto una ametralladora tan cerca. Creo que se pasaron con su manifestación de fuerza en un centro escolar con alumnos separados, en su mayoría, de sus familias. La torre y ventanas también estaban ocupadas por guardias civiles armados hasta los dientes, que no se ocultaban para hacerse notar”.

La misa terminó y Franco volvió a salir bajo palio entre vítores obligados al grito de “¡Franco, Franco, Franco!”. El fatigoso día pasó y no volví a saber de él ni de los conflictos políticos encubiertos de su dictadura hasta cinco años después. No me interesaba ese mundo ni tenía posibilidad de informarme de los acontecimientos sociales y políticos en mi etapa de juventud. Aceptaba la realidad sin cuestionarme nada. Por lo pronto sólo me interesaba aprobar la reválida del bachillerato elemental al finalizar 4º curso. Llegó la prueba de fuego y un número significativo de mis compañeros suspendieron y fueron expulsados sin ninguna acreditación de haber estudiado ya que el plan de estudios del Colegio no estaba reconocido oficialmente. Esa fue la razón de que mis padres me matricularan como alumno libre en el Instituto San Juan de la Cruz, de Úbeda, en el que cada mes de junio me examinaba de las mismas asignaturas que estudiaba en el Colegio. De esta forma, si me expulsaban, mis estudios de bachillerato elemental estarían reconocidos para continuar en la Escuela Normal de Magisterio de Jaén.

En verano de1963, como premio por aprobar la reválida, mi padre me tenía preparada una sorpresa: una guitarra imitando a la de Elvis Presley. La compró por catálogo a una fábrica de instrumentos de cuerda de Zaragoza. Aprendiendo a rasguear las cuerdas de mi guitarra pasé uno de los veranos más felices de mi vida. Sabía las posturas de los dedos en los acordes de ver a mi amigo Diego Verdera tocar y cantar canciones de los carnavales de Cádiz, a Sebastián Marín, que sustituía a don Isaac dirigiendo el coro, y a José María Ruiz Vargas, que llegó a ser el vocalista del Conjunto SAFA. Por eso, no tardé en manejarme en el acompañamiento rítmico que me permitió, en el último curso de magisterio, entrar en la tuna y en el Conjunto SAFA con actuaciones memorables en el Teatro Ideal Cinema y en las Olimpiadas de Colegios de jesuitas celebradas en el nuestro.

En julio y agosto mi casa se convirtió en centro de reunión de mis mejores amigos del pueblo, que acudían por las tardes imbuidos de beatlemanía y de canciones italianas de moda en aquellos días de ilusiones y sueños perdidos. El mal trago del desfile ante Franco tres años antes lo transformé en una anécdota que conté más de una vez en nuestras reuniones musicales.

-¡Qué suerte, desfilar ante Franco! -decían con envidia mis amigos del pueblo.

Yo no pensaba igual, pero me gustaba presumir de lo que ellos consideraban un privilegio.

El 20 de febrero de 1966, estudiando sexto (2º de Magisterio) observamos un inusual paso de vehículos policiales por la puerta del Colegio. También nos llamaba la atención las aparatosas motos que provocaban nuestra admiración por la velocidad que llevaban, el aspecto “hippie” de las personas que las conducían y las chicas que iban de “paquete”. Ante nuestro absoluto desconocimiento, un cura (no recuerdo su nombre) nos informó que venían de Cataluña para manifestarse en el homenaje a Antonio Machado en Baeza, donde se inauguraría un busto de su figura. “Son gente mala. Algunas de esas que van en las motos son prostitutas y drogadictas. La policía va a mantener el orden”, nos decía intentando demonizar a quienes simplemente iban a homenajear al poeta republicano. Al día siguiente, los titulares de periódicos hablaban de los intentos de revueltas que la policía había controlado en Baeza. El régimen estaba siempre alerta a cualquier conato de rebeldía. Dos mil quinientas personas asistieron venidas de distintos puntos de España. Hubo una nota sin firma en el periódico Jaén suspendiendo el homenaje por unos artículos elogiando al poeta fallecido en Colliure (Francia), publicados en prensa, que no gustaron al régimen. Protestas multitudinarias. Cargas de la policía (los grises). Veintisiete detenidos.

Aunque yo había cumplido 17 años no entendía el porqué de estas represiones, pero empecé a ser consciente de que mi pensamiento estaba siendo aleccionado desde hacía mucho tiempo. Desde mi más tierna infancia.

7 opiniones en “Metralletas en el Colegio”

  1. Sólo comentar que el alumno del discursillo ante Franco, no fue otro que José Cutiño Ruiz, un curso mayor que el nuestro.

    1. Pues si, Antonio, Jose Cutinho (creo que es Diaz el 2nd apellido) era el decidor de discursos. Me gustaria que apareciera por aqui contando sus experiencias (nos vino diciendo que Franco tenia toda la dentadura de oro). Yo lo saque incidentalmente en mi relato «1962, una rondalla en la Safa» el pasado noviembre.

  2. Amigo Diego, gracias por incluirme en tus recuerdos. Y digo bien, tus recuerdos, porque la verdad es que yo recuerdo vicisitudes muy genéricas. Enhorabuena por ese portento de memoria!!! En todo caso, disfruto leyendo lo vivido juntos y me regocijo con ello; y no solo lo que tú señalas -que, obviamente, me identifica contigo-, sino lo que también reseñan otros compañeros de la Safa. Gracias a todos por ayudar a que no se olvide una época y compartir aquellos tiempos hermosos de nuestra juventud, pese a que estuviésemos aislados del mundo y de la vida.

  3. Gracias por tu artículo, Diego. Nos ha aportado luz sobre un evento tan destacado del que no teníamos detalles los que no lo vivimos, aunque todo el mundo nos habló de de ello.
    Sí recuerdo lo del acto en Baeza, que me pilló en Oficialía, y supimos de él por un compañero de allí.
    Lo del marco autoritario de la época, bien lo sufrimos, con una sonada expulsión. Pero eso ya será objeto de otro comentario…

  4. Como alumno de SAFA desde el 1971 al 1976, no sentí la mano del dictador más que en una ocasión donde se nos advirtió a los alumnos en un salón de actos con una escueta frase «el que manda, manda» después de un amago huelga de estudiantes, dado que no hubo revuelta todo volvió a su cauce. Tengo que decir que la educación recibida fue óptima y con unas instalaciones que hoy día no las tienen los colegios e institutos públicos, me sentí en libertad y durante los cinco años de internado, se notaba la decadencia del régimen.

  5. Gracias, Diego por un relato que provoca tanta reflexión. Algún día deberíamos tratar el miedo a la expulsión. Yo te precedí dos años examinándome en el San Juan de la Cruz. Mis dos revalidas fueron en el 62 (mi padre no me regalo nada).
    Yo no vi a Franco. Iba en fila de la derecha y no obedecíamos lo de «vista a la derecha!». Pase a su lado sin mirarlo ni verlo. Y no lo lamente; esas visitas y su parafernalia me fatigaban mucho. Gracias por tu relato.

  6. Enhorabuena amigo, aparte del memorión para recordar nombres, fechas y situaciones. Que bien reflejas los miedos que teníamos. La expulsión nos perseguía constantemente y el hecho de no defraudar a nuestros padres era otra losa con la que convivíamos. Fueron años en los que aprendimos y vivimos muchas cosas buenas y también nos tocó sufrir otras, producto de aquella sociedad. Gracias por tu articulo y sigue deleitándonos con tu pluma

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