Del Invierno de la Edad Media a la Primavera del Renacimiento, 2 (El Arte, 2)

Alfredo Rodríguez Tébar

Creo que en mi anterior entrega fui injusto con Stendhal y su síndrome. He leído entretanto una breve biografía del escritor francés, quien era un gran enamorado de Italia y su cultura y residió largos años allí. He visto lo que dice Medline (una enciclopedia médica) del síndrome de Stendhal. Aprendí que tal síndrome fue definido por la doctora Graziella Magherini, a quien no tenía el gusto de conocer. La insigne psiquiatra lo acuñó a partir de las descripciones que el propio Stendhal hizo al entrar en la basilica de la Santa Croce de Florencia. Yo habré estado tres veces en esa basílica y admito que mi sensibilidad no era la de Stendhal. Pero en mi intento de saber qué le había pasado a ese hombre, he descubierto algo extraño que puede explicar su síndrome.

 

Figura 1. Basílica menor de la Santa Croce, Florencia; Izquierda, fachada sin terminar (sin recubrir de mármoles) ca. 1860. Derecha, fachada en su estado actual.

En la Figura 1 Izquierda se muestra cómo era la fachada de la Santa Croce cuando Standhal la visitó en 1817. Puede verse que la tal fachada no había sido terminada en el momento que fue tomado el daguerrotipo, pese a que la iglesia llevara más de cinco siglos construida. En efecto, no fue hasta los años sesenta del s. XIX cuando se completó la fachada. He leído que la fachada inacabada estaba hecha de piedra caliza (los italianos llaman travertino a una caliza especial que tienen como roca sedimentaria a base de carbonato cálcico). No obstante, yo no veo caliza, sino ladrillos y es que Italia es un país de tierra profunda y fértil con pocos materiales duros de construcción, donde han utilizado el ladrillo con prodigalidad. La Santa Croce, como tantas basílicas y catedrales italianas fue macizamente construida con materiales poco nobles y hábilmente recubierta por fuera con placas de mármol (que sí es abundante en Italia) según esquemas bastante repetitivos y, por dentro, con densas lechadas de mortero y yeso (para pintar frescos o seccos) que ocultan los viles materiales de su construcción (en Constantinopla y en la Siria omeya se tapaba todo con mosaicos). La Santa Croce es como un sepulcro blanqueado. La iglesia ni siquiera tiene bóveda central, sino un armazón de madera.

La fachada fue, como se dice arriba, recubierta de placas de mármol, predominantemente blanco, en la segunda mitad del siglo XIX cuando en Italia se respiraba un entusiasta optimismo por la reciente unificación del país bajo los saboyas. El patrón de recubrimiento marmóreo de las fachadas de iglesias góticas italianas es bastante repetitivo y como muestra pongo las fachadas de las catedrales (góticas) de Siena y Orvietto, casi gemelas con la Santa Croce (Figura 2).

Figura 2. Fachadas marmóreas de las catedrales de Siena (Izquierda) y Orvietto (Derecha).

El interior de la Santa Croce no es nada espectacular desde el punto de vista arquitectónico; demasiado simple, como corresponde a la sobriedad franciscana. Desde el punto de vista pictórico la basílica sí es valiosa; se aprecian frescos de Giotto (muy deteriorados aquellos que no se perdieron después de que Stendhal visitara la basílica) y otros. También es históricamente importante; dentro se encuentran los sepulcros de gente tan señalada como Dante Alighieri, Nicolás Maquiavelo, Miguel Ángel Buonarroti, Galileo Galilei y otros italianos famosos más modernos.

Le habría dicho al Stendhal que el soponcio que experimentó no era para tanto. He estado tres veces en Florencia; dos de ellas en verano y he visto las dolientes caras de los guiris sufriendo de deshidratación y algunos al borde de un golpe de calor (sufriendo el Síndrome de Stendhal, que diagnosticaría la doctora Magherini). Creía que a Stendhal le había pasado algo parecido, pero no era el caso; Stendhal visitó Florencia en enero.

No todo el mundo acepta el síndrome de Stendhal como real (con entidad nosológica propia, que diría un médico), pero puedo entender el shock de un hombre sensible de treinta y tantos años que después de ver la fea e inacabada fachada de ladrillo, experimentara al entrar una sorpresa mayúscula ante el patrimonio mural y sepulcral. «Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía de cerca, la tocaba casi. Había llegado a aquel punto de emoción en que se juntan las sensaciones celestiales aportadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme». (F. Stendhal. Roma, Nápoles y Florencia, 1817; fragmento copiado de un artículo de M. González-Hontoria en El Mundo: http://viajes.elmundo.es/2013/02/27/europa/1361959985.html). En llegando a este punto, me he acordado de mi escrito, la Percepción de la Realidad, 3 (15 de abril, 2021); hay gente capaz de dirigir sus percepciones desde su componente predictivo, o sea, para sentir lo que quieran sentir.

Las cúpulas en el gótico (italiano)

En el gótico clásico no había cúpulas. Si veis alguna cúpula sobre una catedral gótica, seguro que fue añadida siglos más tarde. Por ejemplo, la catedral de Burgos tiene un cimborrio, no una verdadera cúpula, sobre el crucero, construido ya en el s. XVI (Figura 3) que añade poco a la majestad de la catedral.

Figura 3. Cimborrio de la catedral gótica de Burgos

La cúpula ha sido el elemento arquitectónico más embelesador. En el mundo italiano y germánico parece que toda catedral tendría que tener una cúpula. No recuerdo cómo se llama esa figura literaria que toma el todo por la parte (¿metonimia?), pero en italiano y en alemán, a una catedral se le llama cúpula o domo (alemán, der Dom; italiano, il Duomo). Toda gran iglesia del Renacimiento tiene una cúpula; pero en su búsqueda del Renacimiento y su desprecio al arte bárbaro o gótico, los italianos no desperdiciaron ocasión de encasquetarle una cúpula a cuanta catedral gótica tuvieran a mano.

El caso más extremo es la cúpula que Brunelleschi le plantificó a la catedral de Florencia. En el banco sur de Arno se encuentra la abadía de San Miniato al Monte. Desde allí se obtiene una buena panorámica de la ciudad y en especial de la catedral, Santa Maria del Fiore (Figura 4).

Figura 4. Desigual perfil de la catedral de Santa Maria del Fiore.

Tantas veces he visto el perfil de la catedral de Folrencia, cuantas veces he recordado el famoso soneto que Quevedo le dedicaba a su querido amigo Góngora: «Érase un hombre a una nariz pegado». Veramente, Santa María del Fiore es una catedral pegada a una cúpula. Después contaré algunos retazos de la construcción de esa cúpula, que es bien conocida y documentada, pero antes, veamos lo que han representado las cúpulas en la historia de la arquitectura; de cómo el gótico prescindió de ellas y el renacimiento abusó de ellas.

La cúpula. Un cielo cercano hecho a medida

Aunque se diga bóveda celeste, nosotros percibimos el cielo como una cúpula y los hombres de todas las civilizaciones intentaron copiar el cielo. En la civilización cretense y en la griega preclásica, tholos funerarios constaban de una cúpula, como el Tholos de Atreo (o tumba de Agamenón), cerca de Micenas (Figura 5, Izquierda). España está llena de tholos funerarios desde el mesolítico al calcolítico, aunque desgraciadamente, la mayoría de las (falsas) cúpulas se vinieron abajo y solo queda el lateral circular. El Tholos del Romeral en el campus megalítico de Antequera es un buen ejemplo (Figura 5, derecha).

No voy a pasar revista a la historia de las cúpulas; tan solo daré algunos brochazos. A lo largo de los siglos, las cúpulas han estado extrañamente asociadas a monumentos funerarios (mausoleos); parece que se le quería dar la cúpula del cielo al difunto. La primera gran cúpula en Occidente fue el Panteón de Agripa en Roma.

Figura 5. El tholos de Atreo (Micenas, Grecia) (izquierda) y la cúpula del Tholos del Romeral (Antequera) (derecha)

Ya en el siglo IV, Zenobio, el arquitecto de Constantino, construyó la Anástasis de Jerusalén; una gran cúpula sobre un sepulcro vacío (porque Jesús resucitó al tercer día). La Anástasis ha sido destruida y rehecha varias veces; por terremotos (746) o por los árabes, en particular al-Hakim, el califa fatimí de Egipto, la arrasó literalmente en 1009 (fue el mismo califa que llamó a al-Haytham, Alhacén, para que le construyera un presa en el Nilo, como conté en Luz más Luz el pasado 13 de junio). Merecería la pena describir las falsísimas cúpulas que los árabes hicieron durante el siglo VII (la de la Roca en Jerusalén, entre ellas), pero no es el momento y el lugar de hacerlo.

El caso es que, a principios del s. XV en la catedral de Florencia tenía un gran hueco que rellenar con una cúpula y la Signoria de la ciudad convocó un concurso para ver cuál era el mejor diseño y quién la construiría. Por las dimensiones que debía tener, la construcción de la cúpula no admitía el uso de cimbrias (moldes) de madera en los que apoyarse mientras se componía la cúpula. Tanto el Panteón de Agripa, como la cúpula de Antemio e Isidoro en Hagia Sofia se habían construido con la ayuda de cimbrias, pero ambas cúpulas no eran tan altas (Panteón, 43 m; Hagia Sofia, 56 m) como tendría que ser la de Florencia que finalmente llegó a 114 m, más del doble que la de Constantinopla. Para construir una cúpula de esa magnitud era necesario una metodología y aproximación constructora muy diferente, que se relatará en la siguiente entrega.

Nota: para preparar estos escritos, en lo que se refiere al arte (la anterior entrega, esta y las dos próximas), me he servido de varios libros:

—Richard Krautheimer: Arquitectura Paleo-cristiana y Bizantina. Cátedra, 1981.

—Giorgio Vasari: Las Vidas de los más excelentes… Cátedra, 2004.

—Leonardo Benevolo: Introducción a la Arquitectura. Hermann Blume, 1979.

—Frederick Hartt: History of Italian Renaissance Art. Harry N. Abrams Inc, New York, 1987.

—Leonardo da Vinci: Leonardo’s Notebooks. Edited by H. Anna Suh. Black Dog & Leventhal, Publishers Inc. New York, 2005.

Lógicamente, he consultado bibliografía online, que citaré cuando sea relevante. Y, sobre todo, la mayoría de los monumentos y obras de arte a las que me he referido y me referiré, las he visitado y contemplado; alguna, hace 50 años, como la catedral de Salisbury, de inolvidables sensaciones. Es la razón por la que estos escritos tienen una carga de subjetividad que no me permitiría aprobar un examen de Historia del Arte de bachillerato.

 

 

 

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