Ver a Dios

 

-Mañana, después del recreo, se suspenden las dos últimas clases –nos dijo don Sebastián-. Recibiremos al señor obispo en visita pastoral.

Nos venía bien una tregua a tanta clase. El obispo de Jaén, reverendísimo monseñor Félix Romero Mengíbar, de tez morena y entrado en carnes, instalado en un sillón sobre una tarima de madera, parecía un iluminado mandatario llegado del cielo. Su reluciente anillo de oro, los cruces de manos y su forma espaciada de hablarnos le daba solemnidad a su presencia y a su parlamento. Nosotros, los alumnos de los cuatro primeros cursos de magisterio (al bachillerato elemental se le llamaba magisterio), sentados en la sala de conferencias, seguíamos atentos a sus ilustres palabras: “No basta con vivir –comenzó-. Necesitamos creer en la trascendencia. La muerte es la puerta a un más allá de plenitud y felicidad en la eterna contemplación de Dios. Vosotros sois afortunados porque viéndome a mí es como si vierais al Papa y quien ve al Papa está viendo a Dios”.

Absorto me quedé intentando ver al Papa y a Dios en su dignísima persona, pero no lo conseguí. Su monótono discurso logró distraerme y trasladar mi imaginación a otros mundos más acordes con mi edad. Pensaba en mi hermano Francisco, a punto de ingresar en el seminario de Baeza, ubicado en el frío y bellísimo Palacio de Jabalquinto, con su fachada gótica flamígera, su patio renacentista y su imperial escalera iluminada por una monumental lámpara. Podía llegar a obispo, ¿quién sabe? Yo sólo quería ser maestro. No por falta de ambición por aspirar a más, sino porque era mi verdadera vocación.

A continuación, misa concelebrada con todos los curas del Colegio y el coro al completo con sus voces blancas y graves, dirigido por don Isaac. Nuestro jerarca, sentado en trono de madera y cuero en un lateral del altar mayor, parecía un emperador romano. Su lujoso vestuario bordado en oro sobresalía a la sencillez de las túnicas blancas de los concelebrantes. Era la primera vez que veía a un obispo vestido de pies a cabeza con toda su pompa, un vestuario impropio de la humildad cristiana, pensaba yo. La mitra, el báculo, el alba, la casulla, la estola y el anillo pastoral lo convertían en un personaje de otro mundo. Imaginé a Cristo y sentí un indescriptible rechazo hacia la excelsa figura de uno de sus representantes en la Tierra. Jesús de Nazaret era la antípoda a tanta parafernalia: sencillez, humildad… Los jerarcas de su Iglesia, todo lo contrario. Desde el Edicto de Milán en el año 313, en el que el emperador Constantino declaró libertad de culto, los cristianos se contagiaron del lujo de las ceremonias romanas.

El 1 de octubre de 1964 un Te Deum en la Basílica del Valle de los Caídos era el inicio de una potente campaña de ensalzamiento de Franco y su victoria en la guerra que provocó tras el golpe de Estado a la II República en 1936. Las celebraciones se harían con el slogan “25 años de Paz”. Toda España se llenó de carteles con la foto del caudillo y el mensaje previsto. Nuestro profesor de historia, don Fernando Cueto, en este caso puesto en pie, dedicó parte de la clase a contarnos que los demonios rojos torturaron a su padre arrancándole el bigote. A continuación, y aunque nada tenía que ver con la Guerra Civil ni con las celebraciones de los 25 años de Paz, con la mirada perdida en el fondo del aula, ensalzó la excelente labor que hizo el general Martínez Anido en 1920 controlando los movimientos obreros en Barcelona con el apoyo de la patronal. Desde entonces, a uno de mis grandes amigos, Juan Ramón Martínez Elvira, lo llamamos Anidos. Y siguiendo la broma, él también a mí. Más de medio siglo después seguimos llamándonos amistosamente como el general.

Mientras España celebraba los 25 años de ficticia prosperidad, muchos pueblos andaluces y extremeños se despoblaban con la emigración por falta de trabajo. En el mío, Bedmar, el fenómeno migratorio a Europa, Cataluña, País Vasco y Navarra fue tremendamente doloroso. El negocio de las sastrerías (mis padres vivían de una de ellas), se hundió ante la falta de demanda. Los emigrantes volvían con la ropa confeccionada a su medida, comprada en tiendas de la ciudad donde residían. Tiempos durísimos para mi familia. Pero como dice un viejo refrán, cuando una puerta se cierra, otra se abre. En este caso, se abrió una pequeña ventana. Mi tío Juan María, hermano de mi padre y sastre como él, sustituyó al cartero del pueblo, que se jubiló por la edad. Propuso a mi padre como ayudante y fue aceptado por la dirección de correos de Jaén. Había razones para aumentar la plantilla, ya que el volumen de correspondencia de los inmigrantes, que enviaban continuamente cartas y giros postales a su familia, iba en aumento. Ganaban más los dos carteros con las propinas que recibían cuando entregaban el giro que con el miserable sueldo que les daba Correos. Yo era consciente de la situación y me apliqué de lleno en mis estudios. Europa en pleno desarrollo mientras España sobrevivía gracias a la entrada de divisas por la emigración y el turismo extranjero que empezaba a invadir nuestras costas desde que el 20 de octubre de 1959 un avión, procedente de Helsinki, aterrizara en El Rompedizo, primer aeropuerto de Málaga. A las rubias y esculturales finlandesas se les confundió con suecas, por lo que desde ese momento todas las nórdicas, inglesas, holandesas… fueron suecas.

En el Colegio se oían comentarios del boom de Torremolinos, pero la cantidad de asignaturas y de rezos no dejaban mucho tiempo para conversaciones frívolas sobre la modernidad de las chicas extranjeras llegadas con una nueva concepción de libertad en la forma de vestir, en las relaciones sexuales y en la liberación de la mujer. Lejos de esta nueva ola de modernidad, los delirios colegiales de los himnos y las salves en latín a la Virgen María me producían ardiente fervor de juventud y un ardoroso catolicismo patriótico, que con el tiempo se fue disipando.

 

7 opiniones en “Ver a Dios”

    1. Diego, feliz y reconfortante recuerdo de nuestras vivencias en la Safa. De lo de Anido no sabía el por qué, ahora lo entiendo. D. Fernando Cueto, con sus manías y filia franquista, la verdad es que nos hizo estudiar con empeño. De Anido y de ti, cómo del resto de compis de curso, no guardo más que hondos recuerdos de hermandad y fraternidad, junto con un cariño que nunca se borrará. Muy bien por hacerme revivir aquellos días compartidos. Enhorabuena!!! Un abrazo grande.

  1. Buena pluma y excelente memoria, adobadas ambas de un extenso recorrido magisterial y cultural.
    ¡Enhorabuena!
    Me ha encantado tu prosa que ya conocíamos -por cierto- en nuestra antigua página web.

  2. Buen relato y certero retrato de una época. El general Martínez Aido, de infausto recuerdo para los obreros catalanes, jamás podría imaginar a dónde iría a parar su apellido, aun a modo de apodo. Te habría desheredado.

  3. Diego Rodríguez Vargas es uno de los muchos a los que le señalas la Luna y sólo ven el dedo
    Enhorabuena

    1. Dice un proverbio oriental: “Cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo”. Con esta sentencia de fondo en mi memoria, leo asombrado el comentario de Almagro Chinchilla al artículo de Diego Rodríguez Vargas “Ver a Dios” colgado en esta web el pasado día 8. Un relato –el de Diego– entrañable y sincero de algunas de las vivencias que el niño y adolescente que fue experimentó en sus años de internado. Proclama el citado Almagro que “Diego Rodríguez Vargas es uno de los muchos a los que le señalas la Luna y sólo ven el dedo”. Una frase insultante e impertinente que rezuma prepotencia, y en cuyas múltiples presuposiciones no voy a entrar. Solamente apostillaré que, al darse la antojadiza coincidencia de que yo me identifico con la narración de Diego, rogaría a este “sabio” (dice “le señalas la Luna”) que nos iluminase a “los muchos” que, en este mundo desalmado y líquido, preferimos mirar al dedo y a la cara de los farsantes antes que a nuestro satélite.

    2. ¡Venga sha, Manuel Almagro! Déjate de dedos y lunas, ármate de valor y empieza a escribir en nuestra web, que lo haces muy bien y te echamos de menos (al menos yo sí te echo).

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