Del Invierno de la Edad Media a la Primavera del Renacimiento, 3 (El Arte, 3)

Alfredo Rodríguez Tébar

Bizancio y el Renacimiento

La noche del 28 al 29 de mayo de 1453 (calendario juliano), las tropas otomanas de Mehmet II consiguieron entrar en Constantinopla tras varios meses de asedio. Desde que el ejército de Heraclio I fue derrotado en la batalla del río Yarmuk por las tropas omeyas de Jalid ibn al-Walid en el año 636, lo que supuso la pérdida de Siria y Palestina, pasaron 817 años de progresiva e imparable contracción del Imperio Bizantino (Basileia Romaion), primero por el acoso árabe y después por el turco, hasta su desaparición final. Un ejemplo único de resistencia histórica.

La caída de Constantinopla parece que causó consternación en toda Europa, pese a que Basileia Romaion llevara décadas reducida a la Ciudad, su importancia económica y política fuera cero y nadie le prestara demasiada atención. Un ejemplo, a finales del s. XIV, el basileus Manuel II Paleólogo emprendió un largo viaje a Europa Occidental (Roma, Milán, París, Londres) donde fue recibido con simpatía y buenas promesas de ayuda militar que jamás se concretarían. Cuando cayó la Ciudad, los occidentales fingieron sentirlo mucho e incluso, tiempo después, marcaron 1453 como el año en que acabó la Edad Media y comenzó la Moderna. La Iglesia de Roma, apenas prestó atención a Bizancio desde el Cisma del Patriarca Miguel Cerulario en 1054. En su sorprendente autobiografía, Eneas Piccolomini (a) Pío II cuenta al final cómo reunió un ejército a cuyo frente se puso, en un intento de rescatar Constantinopla. A buena hora. Murió mientras atravesaba la península italiana con intención de embarcar sus tropas no recuerdo si en Brindisi o en Bari (Pío II. Así fui papa, Argos Vergara, 1980; los datos de Bizancio a los que me refiero están, entre los que recuerdo, del clásico: S. Runciman. La caída de Constantinopla. Austral, 1973).

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Dos mujeres

El primer día del tercer trimestre del curso 1964-65, después de las vacaciones de Semana Santa, el padre Navarrete entró en el estudio preguntando quienes se atrevieron el día de regreso a ir al cine Ideal Cinema para ver “Dos mujeres”, protagonizada por Sofía Loren. La acompañaban en el reparto Jean-Paul Belmondo, Raf Vallone, Eleonora Brown…
Imaginaba nuestro prefecto director a la exuberante señora Loren provocando pecados mortales contra el sexto mandamiento en sus futuros maestros. Me levanté junto a un puñado de acongojados compañeros. Solo uno, cuyo nombre no desvelo por respeto a la privacidad, quedó sentado.
-Vete al dormitorio y haz la maleta. Quedas expulsado por hipócrita –sentenció con crueldad el cura dirigiéndose al compañero que intentaba esconder su delito.
Y así fue. La crueldad y la falta de misericordia hicieron presencia de forma irreversible. No se andaba con chiquitas Navarrete. Le gustaba tomar decisiones importantes y sentir la autoridad que inspiraba su presencia.
A quienes nos pusimos en pie por miedo a ser descubiertos, nos castigó a copiar encíclicas papales los domingos en el tiempo de paseo. La misión de dictar las páginas que él mismo señalaba cada semana, me correspondió a mí.
Suponer que Sofía Loren nos incitaría al pecado protagonizando una extraordinaria obra italiana dirigida en 1960 por Vittorio De Sica era impura imaginación de quienes vivían envueltos en sotanas. La película, lejos de los tópicos sexuales de la época, estaba calificada 4 ó 3R (no recuerdo bien), es decir, para mayores con reparos, no por el exhibicionismo de la italiana, que consiguió el primer Óscar a un actor o actriz de habla no inglesa, sino por la violación que sufrió con su hija en una iglesia. Pero Navarrete pensó que el pecado estaba en Sofía Loren y se fue a la puerta del Ideal Cinema a observar la salida para descubrir a los atrevidos y pecaminosos alumnos. Imposible escapar a su intimidatoria mirada.

 

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Metralletas en el Colegio

Cada vez que el padre Manuel Bermudo de la Rosa, rector de la SAFA, iba a Madrid a conseguir fondos para el mantenimiento de nuestro Colegio, todos los alumnos transitábamos día y noche por la iglesia invocando al Sagrado Corazón de Jesús que iluminara al Caudillo para que firmara el cheque que el padre Bermudo le pedía como una súplica a su infinita generosidad para la formación de jóvenes católicos afines al régimen. Por turnos repetíamos incesantemente la misma jaculatoria: “Sagrado Corazón, en vos confío”. Cada curso media hora. El mío, primero de Magisterio equivalente a primero de Bachiller, a las 23,30h. El sacrificio es liberador del pecado, nos decían. Al día siguiente, la noticia de la habilidad del rector nos dio tranquilidad en nuestro incierto futuro. La firma de Franco la consideraban milagrosa por ser obra del Sagrado Corazón.

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Recuerdos de la SAFA – 34: La tele

Recuerdos de la SAFA – 34: La tele

Nuestro mundo se poblaba de imágenes que nos llegaban a través de esos libros de lecturas, con ilustraciones más o menos fidedignas pero con descripciones que nuestra imaginación convertía en realidades. Hoy, evidentemente, parecerá muy raro, pero aquellos libros aportaban a nuestras mentes infantiles las imágenes de personas, hechos o paisajes de todo tipo, dado que la hoy omnipresente televisión era algo inexistente en nuestras vidas familiares. En mi pueblo, la televisión era un artículo de lujo del que disfrutaban cuatro ricachones,  un verdadero indicador de status social, y al que accedíamos en contadas ocasiones en el salón social del Círculo Mercantil, donde nos arremolinábamos durante las tardes para ver los dibujos animados o los Chiripitifláuticos, y de donde teníamos que salir cuando los socios se sentían molestos con nuestro bullicio (“A ver, que echen a estos zagales…!”) o cuando llegaba la hora de cenar.

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Del Invierno de la Edad Media a la Primavera del Renacimiento, 2 (El Arte, 2)

Alfredo Rodríguez Tébar

Creo que en mi anterior entrega fui injusto con Stendhal y su síndrome. He leído entretanto una breve biografía del escritor francés, quien era un gran enamorado de Italia y su cultura y residió largos años allí. He visto lo que dice Medline (una enciclopedia médica) del síndrome de Stendhal. Aprendí que tal síndrome fue definido por la doctora Graziella Magherini, a quien no tenía el gusto de conocer. La insigne psiquiatra lo acuñó a partir de las descripciones que el propio Stendhal hizo al entrar en la basilica de la Santa Croce de Florencia. Yo habré estado tres veces en esa basílica y admito que mi sensibilidad no era la de Stendhal. Pero en mi intento de saber qué le había pasado a ese hombre, he descubierto algo extraño que puede explicar su síndrome.

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Cambio de fechas en la presentación de mi libro «ISNATIN»

La entrevista fue anterior al confinamiento. Por eso las fechas que anuncio son erróneas. Por fin, con permiso del covid, la primera presentación será el 7 de septiembre en Bedmar. La segunda, en principio, el 18 de octubre en Málaga.
A los asistentes se les entregará un ejemplar gratuito.

Ver a Dios

 

-Mañana, después del recreo, se suspenden las dos últimas clases –nos dijo don Sebastián-. Recibiremos al señor obispo en visita pastoral.

Nos venía bien una tregua a tanta clase. El obispo de Jaén, reverendísimo monseñor Félix Romero Mengíbar, de tez morena y entrado en carnes, instalado en un sillón sobre una tarima de madera, parecía un iluminado mandatario llegado del cielo. Su reluciente anillo de oro, los cruces de manos y su forma espaciada de hablarnos le daba solemnidad a su presencia y a su parlamento. Nosotros, los alumnos de los cuatro primeros cursos de magisterio (al bachillerato elemental se le llamaba magisterio), sentados en la sala de conferencias, seguíamos atentos a sus ilustres palabras: “No basta con vivir –comenzó-. Necesitamos creer en la trascendencia. La muerte es la puerta a un más allá de plenitud y felicidad en la eterna contemplación de Dios. Vosotros sois afortunados porque viéndome a mí es como si vierais al Papa y quien ve al Papa está viendo a Dios”.

Absorto me quedé intentando ver al Papa y a Dios en su dignísima persona, pero no lo conseguí. Su monótono discurso logró distraerme y trasladar mi imaginación a otros mundos más acordes con mi edad. Pensaba en mi hermano Francisco, a punto de ingresar en el seminario de Baeza, ubicado en el frío y bellísimo Palacio de Jabalquinto, con su fachada gótica flamígera, su patio renacentista y su imperial escalera iluminada por una monumental lámpara. Podía llegar a obispo, ¿quién sabe? Yo sólo quería ser maestro. No por falta de ambición por aspirar a más, sino porque era mi verdadera vocación.

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