El frontón de Antígona

El frontón de Antígona

Por Diego Rodríguez Vargas

Mi vinculación con el mundo del arte dramático no sólo fue a través de la lectura. Cada año los alumnos del último curso de Magisterio de la SAFA de Úbeda representaban al final de curso una obra clásica en un gran escenario que se colocaba delante de la majestuosa fachada de la iglesia del Colegio. Un Cristo imponente, obra de Palma Burgos, lucía sobre una triple arcada con columnas pareadas de orden toscano. Decorado ideal si conseguíamos colocar sobre los arcos un frontón griego, ya que la obra era “Antígona”, de Sófocles. Los actores eran del curso superior al mío. Los encargados del montaje y logística de la representación correspondían a mi curso. El caso es que me adjudicaron el frontón con la inestimable ayuda de un antiguo alumno, conocido por sus habilidades como artista plástico, destinado de maestro en el Grupo Escolar del Colegio que dirigía don José Antonio Fernández Pastor. Yo me encargaría de la construcción en chapón y madera del frontispicio y él pintaría los motivos mitológicos. El taller de carpintería de Formación Profesional, a mi servicio. Lo harían con las medidas y diseño que les facilitara.

Cuando el frontón y pintura del friso se terminaron, sólo faltaban dos días para la puesta en escena ante una explanada que se preveía llena de familiares y alumnos. Un grupo del taller de carpintería me ayudaron a colocarlo. ¡Horror! Los extremos del frontón no llegaban al final. Se veía ridículo sobre las columnas y arcos que lo sustentaban. Mi corazón empezó a latir a más ritmo del habitual.  ¿Cómo pudo ocurrir? El error en las medidas no se prestaba a duda. El imperdonable fracaso evidenció mi falta de preparación en estos avatares del montaje escénico. ¿Y si el error fue en la carpintería? No estaba para buscar posibles culpables. Asumiría mi responsabilidad y sus consecuencias.

Llegó el padre Gallego, nuestro profesor de Literatura en tercero de magisterio, del que poco aprendimos de tanto copiar párrafos de libros para exponer extensos trabajos y debatirlos en clase. Este hombre irrelevante y poco comunicativo, responsable del evento, se echó las manos a la cabeza, me miró y supongo que pensó en retorcerme el cuello.

-No sé qué ha ocurrido -le dije apesadumbrado.

-Pues yo sí -respondió con desprecio-. No has medido bien. Ya me dirás qué hacemos ahora.

-Medí tres veces con ayuda de dos compañeros. Se han podido equivocar en la carpintería –sugerí intentando encontrar la explicación que me exculpara.

-No quiero pensar la que nos va a caer cuando lo vea el padre Navarrete.

Me sentí culpable, inútil y temeroso de la bronca que me esperaba. No había solución. Noté que el miedo me dominaba con fuerza. Mi palidez alternaba con el sonrojo cuando vi aparecer al padre Navarrete que, después de un minuto contemplando mi obra de arte, se dirigió a nosotros.

-Padre Gallego: explíqueme por qué ha ocurrido esto -le ordenó con intención de humillarlo.

-Diego se equivocó al medir.

-Usted se equivocó en no controlar el proceso. Él es un alumno. La responsabilidad no es suya, sino de usted. Es un incompetente y nunca debí confiar en su trabajo. ¿Fue alguna vez a la carpintería a comprobar cómo se hacía? No, ¿verdad?

La bronca continuó unos minutos sin que el prefecto y director del Colegio me dirigiera la mirada. Respiré hondo.

Antígona se representó con un éxito absoluto. La calidad interpretativa de la actriz invitada como protagonista, brilló ante un público que respetó el silencio de principio a fin. El ridículo y, sin embargo, bellísimo frontón pasó desapercibido para la mayoría. Tan sólo fue desacreditado por algunos adictos a la crítica negativa.

Por fin, el ansiado final del último curso de Magisterio llegó con una mezcla de sensaciones, de sentimientos y de sueños aleatorios. Necesitaba la libertad que el internado me negó durante siete años, pero al mismo tiempo me entristecía pensar que no volvería a ver a mis compañeros, a mis profesores, al personal de servicio, con el que me relacionaba con afecto y confianza. Era consciente de que una importante etapa de mi vida estaba terminando. Por lo pronto, debía aprobar las dos reválidas para ser maestro. Primero, el examen final de carrera en Úbeda con una prueba escrita en la que no tuve demasiada dificultad, seguida del examen oral ante un tribunal presidido por el padre Navarrete acompañado de don Lisardo, don Isaac y don Jesús Moraleda, el profesor de Ciencias Naturales que nos obligaba a coleccionar insectos en primavera, cazándolos en los terrenos baldíos del Colegio para terminar pinchábamos con un alfiler clasificados en el cartón de alguna caja de camisas que cada uno traía de su casa a la vuelta de vacaciones. Odiaba atravesar con un alfiler a un insecto vivo y dejarlo morir lentamente.

No pude impedir la preocupación de que el miedo apareciese de nuevo sólo de pensar en el juicio sumarísimo que me esperaba en el examen final de carrera. Consciente de que todos observarían con lupa la forma de expresarme y conociendo la intransigencia del presidente y del profesor de Ciencias, me sentí solo ante el peligro. Sin embargo, la mirada de don Lisardo y la sonrisa irónica de don Isaac me tranquilizaron.

Don Lisardo, versado en mi inseguridad y sabiendo el riesgo al que me enfrentaba, pidió permiso al presidente para iniciar las preguntas. Pretendía dar tiempo para que me relajase, cogiese confianza y hablase con la calma que me aconsejó reiteradamente. Fue el que más preguntó. Yo respondía de forma pausada y reflexiva. Cada respuesta la hacía sin precipitación, intentando relajarme. En media hora, asunto zanjado. Me felicitaron los cuatro y salí pletórico al patio para celebrar con mis compañeros que ya era Maestro de la Iglesia, según rezaba el título que se nos entregó.

Quince días después, Granada me esperaba para enfrentarme a la última prueba que me daría el título de Maestro Nacional de Primera Enseñanza. Una reválida en la que se nos reconocía oficialmente todos los estudios realizados en Úbeda. Recordaba el consejo de don Isaac: “El presidente del tribunal, catedrático de Historia de la Universidad, es el mayor investigador de Carlos I de España y V de Alemania. Es poco probable que os salga en el examen oral, pero nunca se sabe. Preparaos bien por si acaso”.  En privado, don Lisardo me dijo: “No olvides que el miedo no existe, lo creas tú. Tranquilo que aprobarás el primer examen y te lucirás en el oral. La tartamudez es el pasado, una pesadilla que tuviste en la adolescencia. Ya rompiste sus cadenas y lo has demostrado con sobresaliente en el examen oral de nuestra reválida. Nada tienes que temer, estás bien preparado… ¡A comerte el mundo, Diego!”.

Hecho el primer examen escrito en la Escuela Normal de Magisterio de la ciudad de la Alhambra y después de tres días de espera para conocer el favorable veredicto, empezó el oral por orden alfabético. Bombo de lotería, bola con un número y comprobación del tema que la suerte me adjudicó: Carlos I de España y V de Alemania. No me lo podía creer. La suerte estaba de mi parte y me explayé. Las palabras fluían con soltura. Datos, política interior y exterior, conflictos bélicos con Francisco I de Francia, con sus causas y sus consecuencias… En fin, todo lo que había estudiado lo dominaba con seguridad. Incluso hablé del soldado poeta de su corte Garcilaso de la Vega, combatiente en Túnez y en la guerra contra el rey Francisco I de Francia. Garcilaso –añadí- fue autor de treinta y ocho sonetos, cinco canciones, una oda, dos liras, tres elegías y siete coplas castellanas. El soneto que más me gusta es el V: “Escrito está en mi alma”, dedicado con pasión a la dama portuguesa Isabel Freyre.

Después de más de cuarenta y cinco minutos hablando con inusitado desparpajo, terminé relatando el final de la existencia del emperador: “Estando ya muy enfermo en el monasterio de Yuste, el arzobispo de Toledo quiso visitarlo. Ésta es la respuesta que recibió: Si me quiere ver con vida, venga mañana por la mañana porque por la tarde ya será tarde. A la mañana siguiente el arzobispo lo confesó, celebró la misa en sus aposentos y le dio la comunión. Una hora después fallecía Carlos I de España y V de Alemania”.

-Es suficiente –dijo el presidente del tribunal-. Me ha sorprendido el conocimiento que tiene de Garcilaso de la Vega. Le felicito. Le voy a poner sobresaliente si me responde a una pregunta: ¿Dónde ha dicho que vivió los últimos años de su vida el emperador?

-En el monasterio de Yuste -respondí.

-¿Dónde está Yuste?

-En… Galicia.

-No, hombre. En Cáceres. Puede retirarse.

¡Qué mala suerte! -pensé con tristeza. No sé por qué estaba tan seguro que Yuste era de Galicia si nunca lo busqué en un mapa.

Al día siguiente las notas se hicieron públicas en el tablón de anuncios. Junto a mi nombre aparecía la palabra sobresaliente.

Aquel verano fue diferente. Al amanecer, una bandada de pajarillos, posados en mi balcón, me despertaba cada mañana. Mi familia, feliz. Yo, con ganas de empezar cuanto antes a ejercer mi profesión. Tenía esperanzas de que el coordinador de los centros SAFA de Andalucía, el padre Mendoza, me nombrara en alguno de ellos.

La carta que recibí en los primeros días de septiembre de 1967, supuso una de las alegrías más grandes de mi vida. La dirección de la Escuela de Magisterio de la Sagrada Familia de Úbeda me comunicaba el nombramiento y la obligación de incorporarme antes de ocho días en mi primera escuela. No daba crédito a la noticia. ¡El Puerto de Santa María! Mi alegría fue desbordante. Al día siguiente ya lo sabía toda la familia, vecinas, amigos, el cura… Hasta Perla, mi entrañable perrita, saltaba y movía el rabo como si supiera que algo bueno me ocurría. Era adorable. Cuando llegaba del Colegio en vacaciones, me esperaba en la esquina de mi calle para verme de lejos. Entonces corría hasta mí y después de varias carreras por la calle, subía y bajaba las escaleras de la casa varias veces hasta caer rendida a mis pies. ¡Cómo la echaba de menos en Úbeda! Decía mi madre que cuando me iba se quedaba triste en el salón. No salía a la calle y apenas correteaba por el corral jugueteando con los gatos y las gallinas, su afición preferida.

 

4 opiniones en “El frontón de Antígona”

  1. Diego, me alegro muchísimo de volver a leerte en estas páginas. Me ha conmovido lo que cuentas de D. Lisardo, un hombre inolvidable a quien quise mucho.

    1. Tu recuerdo es un lujo para mí, querido Alfredo. Don Lisardo fue mi mejor profesor. Gracias a él superé algunos miedos que me condicionaban mucho. Un abrazo.

  2. Magnífico artículo, Diego.
    Me has hecho recordar la representación de Antígona, que yo vi siendo muy pequeño, y que me dejó asombrado. Y la experiencia de las Reválidas no se borra de mi memoria.
    Gracias. Todos nos alegramos de tu vuelta a estas páginas.
    Y esperamos más frutos de tu inspiración.

  3. Magnífico y extraordinario artículo que demuestra lo aventajado que ya eras por aquel entonces.
    Coincido plenamente en tu admiración por D. Lisardo.
    Gracias a él yo quedé impactado por la Psicología y por eso hice gustosamente esta carrera en la UNED.
    Enhorabuena y espero sigan fluyendo de tu hontanar safista historias y anécdotas que nos enriquezcan como personas y antiguos alumnos de la Safa de Úbeda.

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