Del Invierno de la Edad Media a la Primavera del Renacimiento, 1 (el Arte, 1)

Alfredo Rodríguez Tébar

Debo advertir que el título es rotundamente falso. Desde mi punto de vista, ni la Edad Media fue invernal ni el Renacimiento fue esa época dorada, con retorno incluido al clasicismo, que muchos historiadores, principalmente italianos, nos han hecho creer. Pero de este tema, del tránsito de una edad a otra, sí voy a especular.

Para esa transición, he tomado el Arte, la Ciencia y la Creencia como paradigmas, haciendo notar que los tres no tuvieron un desarrollo paralelo. Mientras que no hubo una transición abrupta y rupturista en la Ciencia, sí la hubo en el Arte y en la Creencia, que alteró el balance de poder en Europa. En Ciencia no puede haber ruptura, sino estancamiento o progreso; la ruptura indicaría que la ciencia de antes o la de después no era verdadera ciencia. El Arte, sin embargo, sí está sujeto a gustos y preferencias que pueden generar rupturas con el pasado, aunque en el caso de la arquitectura se depende en parte de posibilidades técnicas e innovaciones que pueden ser rompedoras como el caso de la cúpula de Santa Maria del Fiore de Brunelleschi en Florencia (de la que hablaré en su momento). En el terreno de las Ideas (lo que llamo Creencia), Europa sufrió un auténtico cambio revolucionario con la Reforma, un movimiento que llevaba gestándose al menos siglo y medio (creo que venía por lo menos del s. XII; lo veremos).

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El frontón de Antígona

El frontón de Antígona

Por Diego Rodríguez Vargas

Mi vinculación con el mundo del arte dramático no sólo fue a través de la lectura. Cada año los alumnos del último curso de Magisterio de la SAFA de Úbeda representaban al final de curso una obra clásica en un gran escenario que se colocaba delante de la majestuosa fachada de la iglesia del Colegio. Un Cristo imponente, obra de Palma Burgos, lucía sobre una triple arcada con columnas pareadas de orden toscano. Decorado ideal si conseguíamos colocar sobre los arcos un frontón griego, ya que la obra era “Antígona”, de Sófocles. Los actores eran del curso superior al mío. Los encargados del montaje y logística de la representación correspondían a mi curso. El caso es que me adjudicaron el frontón con la inestimable ayuda de un antiguo alumno, conocido por sus habilidades como artista plástico, destinado de maestro en el Grupo Escolar del Colegio que dirigía don José Antonio Fernández Pastor. Yo me encargaría de la construcción en chapón y madera del frontispicio y él pintaría los motivos mitológicos. El taller de carpintería de Formación Profesional, a mi servicio. Lo harían con las medidas y diseño que les facilitara.

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EL CONJUNTO SAFA (1963-1966)

Una historia vivida y narrada en primera persona

A Manolo Gordillo y a Santos Ortega, In Memoriam

Los orígenes

Mi memoria me lleva a una tarde soleada del otoño de 1963. Los alumnos de la Segunda División nos encontramos en la sala de estudio a punto de salir al recreo de la tarde, el más largo, el que nos permite hacer montones de cosas, desde merendar a jugar partidos completos de fútbol, de balonvolea (todavía no se decía voleibol), de baloncesto o, más emocionante (y arriesgado) todavía, fumarnos un cigarrillo a escondidas por alguno de los infinitos rincones de nuestro territorio. Pero aún faltan unos minutos para las 6. El estudio no ha terminado todavía. Todo el edificio de Magisterio continúa envuelto en un silencio absoluto (podría decir “sepulcral”, pero no me gusta esa palabra). De repente, unos potentes acordes de guitarra eléctrica desgarran con violencia el manto casi sagrado de quietud que nos envuelve a todos y a todo. Como resortes, nuestras cabezas se levantan y con ojos de sorpresa nos miramos. Nadie dice nada, está terminantemente prohibido hablar, pero en nuestro interior saltan numerosas preguntas: ¡¿lo que suena es una guitarra eléctrica?!, ¡¿quién tiene en el Colegio una guitarra eléctrica?!, ¡¿quién la está tocando?! La guitarra no deja de sonar y sus acordes han interrumpido definitivamente nuestro estudio. Faltan muy pocos minutos para la hora de salida que a mí se me hacen eternos. Al fin, el inspector da permiso para salir.

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Recuerdos de la SAFA – 33 : La música en la SAFA (II): La tuna

Recuerdos de la SAFA – 33 : La música en la SAFA (II): La tuna

Ya estando en Oficialía surgió otro portal musical para nosotros: la tuna SAFA. Cada año los veíamos en las fechas navideñas, en los actos de la SAFA en el patio de columnas o en la clausura de curso. A veces, los veíamos cómo se congregaban en la puerta, esperando que se completase el grupo para salir por el pueblo a cantar, y sabíamos de sus andanzas nocturnas por el pueblo, lo que para nosotros era el summun de la libertad y el despiporre.

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Luz, más Luz

Alfredo Rodríguez Tébar

[Licht, mehr Licht, dicen que fueron las últimas palabras de J.W. v. Goethe en su lecho de muerte]

3 Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. / 4 Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas (del Génesis).

En mi anterior escrito, La Percepción de la Realidad, 2, del 1 de abril pasado, prometí una historia mínima de la luz y percepción visual, que ahora trataré de hilvanar.

La luz y la visión han sido objeto de reflexión y estudio desde el inicio del pensamiento humano. Muchos intuyeron que la luz fue lo primero que apareció al principio de los tiempos. Así lo hizo alguien a quien vengo citando con frecuencia, Robert Grosseteste (Figura 1), el profesor de Oxford, que llegó a ser obispo de Lincoln.  Escribió: «La luz física es la mejor, la más deleitable, la más hermosa de todas las entidades que existen. La luz es lo que constituye la perfección y la belleza de todas las formas físicas«; en su opúsculo De Luce explica cómo la luz fue un instrumento de Dios para crear el Universo, producto de una gran explosión que llenó todo el espacio concebible (una versión medieval del Big Bang). Leyendo a Grosseteste o a Hildegard von Bingen se da uno cuenta de que los tiempos medievales no fueron tan oscuros como nos dijeron, y que el Renacimiento que vino después despreció el medievo, mientras sobrevaloró el retorno a “la antigüedad clásica”, que dudo mereciera la pena en toda su dimensión.

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Tras el II Encuentro virtual en Safa-Úbeda

Ha pasado el ansiado fin de semana del puntual encuentro safista anual en nuestra bella ciudad renacentista y de los cerros, por lo que me he imaginado haberme encontrado virtualmente con muchos compañeros y antiguos alumnos que tienen a gala y bien recordar los años pasados en ese centro educativo ubetense, orgullo de muchas generaciones pasadas, presentes y futuras; y que se va agrandando cada curso escolar.


Los escritos, anécdotas, fotos y vivencias que he visto en el número 27 de AMALGAMA, que tan magistralmente coordina y dirige Miguel Raya Pulido, -o algunas otras que me han contado- han servido, un año más, para corroborar la titánica empresa que emprendió el padre Villoslada hace tantos años; aunque finalmente fuera defenestrado de su amada Safa, como ocurre demasiado a menudo en la vida misma que nos topamos cada día.

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El futuro que tendréis

Alfredo Rodríguez Tébar

[El título está dirigido a aquellos de 50 o menos años, los que tenéis por delante un futuro de treinta o más años]

Hace 40 años

En 1980 leí, como suscriptor que era, un número monográfico de la revista Triunfo dedicado al futuro (Figura 1; se puede encontrar en http://www.triunfodigital.com/mostradorn.php?a%F1o=XXXV&num=9-10&imagen=1&fecha=1981-07-01)

Figura 1

En estos días hallé la revista entre mis papeles viejos; la hojeé para ver en qué habían acertado, pero no recordaba que no se hicieron predicciones concretas. La mayoría de los artículos de la revista tratan más del sentido de la Historia que del Futuro; se comparaba el pasado con posibles futuros. Varios autores hacían referencia al inminente 1984 de G. Orwell. En la página 4, el artículo de Eduardo Haro Tecglen, es ya definitorio en su título: El Futuro no existe partiendo de la falta de sentido de la Historia. Es posible que el futuro no exista y haya que inventarlo y construirlo.

Futuro imperfecto

Creo que uno de los mayores impulsos del ser humano es la trascendencia. Así, consciente del final de esta vida, ha encontrado otra, otra vida, donde ahí ya no habrá muerte, aunque sí ventura o desventura, dependiendo de cómo nos hayamos portado en esta terrenal vida. Ante el hecho cierto de que un día habrá que abandonar este mundo, al hombre siempre le preocupó lo que le iba a suceder entretanto y así surgieron los brujos, chamanes y, en su versión más moderna, futurólogos, quienes de forma mágica o racional predicen el futuro o, al menos, lo conjeturan.

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