Recuerdos de la SAFA – 31: Frío (II)

Recuerdos de la SAFA – 31:   Frio (II)

Aunque el frío nos tenía amodorrados en el estudio y en clase, cuando llegaba el recreo, si no llovía, salíamos lanzados a corretear por los campos de deporte. Si había partido, estupendo y si no, a trotar por los laterales y por los caminos.

Equipo de Oficialía, en un radiante día de enero

En el terraplén del campo de deportes. 1º de Oficialía

A veces se abrían las nubes grises y pesadas, y había unos momentos de sol. Si así era, había disputas por colocarnos en zona soleada en la fila, o nos amontonábamos en el talud del campo de deportes, orientado al sur y sin árboles, donde el calorcillo confortaba nuestros cuerpos entumecidos. Había que tener cuidado con las placas de hielo que quedaban en las zonas sombrías, sobre todo en las aceras de hormigón y en los espacios entre las naves de talleres. Por el contrario, la cuesta abajo desde el internado a los talleres se convertía en una pista de slalom, por la que nos tirábamos subidos en una tabla, sin tener muy claro cómo frenar al llegar al final: si apuntabas bien, entrabas por el portón y te parabas en el patio de talleres; si calculabas mal, te la pegabas contra la jamba o te salías del carril y caías por el balate.

Algunas mañanas subía desde el valle del río una neblina espesa y grisácea, cargada de humedad, que se pegaba a nuestras ropas y nos dejaba mojado el pelo, como una película viscosa. En el campo de fútbol, como yo jugaba de portero, no veía la otra portería y apenas atisbaba el balón cuando se aproximaban los jugadores contrarios. Otros días, por la tarde, la niebla caía a plomo, más densa y más fría, más blanquecina y estática, sin moverse ni una hoja en los escuchimizados árboles que punteaban los caminos. Desde las aulas, apenas se veía la iglesia, cuya torre se sumergía en esa pasta lechosa. Y lo peor es que esta niebla traía aún más frío.

Los desplazamientos entre el edificio del internado y el de aulas se hacían por el túnel de la capilla, y la fila se reajustaba en el distribuidor, pues la explanada era un congelador, donde no se podía parar ni un minuto.

Peor aún era cuando además del frío, llovía. A veces, era un sirimiri gélido, a veces aguanieve. Incluso a veces soplaba un viento engelante, que traspasaba nuestras escasas prendas de abrigo, en las cuales escondíamos las manos y las orejas, buscando llevarles calor. Nos guarecíamos en los soportales del edificio de aulas, mirando hacia fuera, al campo embarrado, al valle apenas entrevisto, a las nubes que tapaban Sierra Mágina. No era raro oír caer, con un sonido cristalino, los carámbanos que colgaban por la mañana de los canalones, que se estrellaban en la acera y que algunos los cogían y los chupaban.

En clase de Dibujo era incapaz de empuñar con seguridad el lápiz, apenas podía sujetar el compás, que se movía de su anclaje, la escuadra saltaba sobre el cartabón intentando trazar unas paralelas… Me soplaba las puntas de los dedos, pero nada. Me los frotaba contra el mono blanco, pero no mejoraban. No podía cargar el tiralíneas con la tinta china porque el temblor de las manos provocaba que la gota se saliese de su alojamiento.

En los descansos, salíamos al patizuelo que había delante de nuestro taller, que estaba resguardado del viento y donde si hacía sol nos podíamos orear sentados en el murete de piedra. Si hacía calmo nos juntábamos con los chispas y los mecánicos en los jardines centrales, y con las manos en los bolsillos y los chaquetones puestos por encima del mono dábamos vueltas y más vueltas para no enfriarnos. Si llovía, que no era raro, algunos nos refugiábamos en la nave de carpintería, que estaba vacía de gente y donde no nos decían nada si nos colábamos.

A veces, en el recreo de la tarde, nos escapábamos por la puerta de talleres que daba a la calle, sin más interés que salir de la rutina. Dábamos dos vueltas, llegábamos hasta la plaza de toros (con cuidado de no acercarnos a las calles céntricas, para evitar que un cura o un profesor nos sorprendiera y ya teníamos problemas. De hecho, a Manolo y a mí nos pillaron en la calle de los Canos y dijimos que veníamos de dejar unas botas en el zapatero, y sorprendentemente coló) y nos volvíamos, felices de tan heroica hazaña.

Un lugar especialmente gélido era el estudio. Esa enorme habitación orientada al norte, con ventanas de madera cuarteada en tres de sus lados, cuyos cierres de flejes metálicos apenas ajustaban, donde sólo daba un tibio sol en las tardes, era una nevera. Como además la única actividad que hacíamos en ella era permanecer sentados, estudiando o haciendo tareas, la sensación de frío se acentuaba. Nos sentábamos, encogidos, buscando inútilmente conservar el calor corporal, y nos soplábamos los ateridos dedos para poder empuñar el bolígrafo o el tiralíneas.

Ese domingo gélido de enero esperábamos salir de paseo por el pueblo por la tarde, como todos los festivos, pero había estado nevando toda la noche y buena parte de la mañana. Muchos pensaron que era mejor quedarse en el colegio, pero bastantes de nosotros, que teníamos ganas de sentir la nieve en libertad, decidimos salir.

Nevada en la Plaza de Vázquez de Molina. Al fondo, Santa María

En la primera parte del paseo la nieve estaba pisoteada y se había descongelado en el centro de la calle, pero en la plaza de Santa María estaba aún densa y blanca. Fue una sensación absolutamente nueva para mí, pues los inviernos de mi pueblo traían aguanieve, como mucho, y sólo cuajaba en las cumbres del Cerro del Padre Caro. Lógicamente, nos olvidamos por un momento del frío glacial que nos había hecho tiritar cuando salimos y nos pusimos a jugar con la nieve, tirándonos bolas. Lo malo es que nuestras prendas de abrigo eran bastante poco eficientes y carecíamos de guantes o manoplas, con lo que pronto se nos amorataron los dedos y suspendimos el juego. Esto de la nieve es muy bonito, pero el frío es lacerante si no vas preparado.

Nevada en Plaza de Vázquez de Molina. Al fondo, Capilla de El Salvador

Muchos años después, volví por Úbeda coincidiendo con otra gran nevada, y pude comprobar la diferencia: llevaba guantes, calzaba unas botas de Goretex, me encasqueté un gorro de forro polar y sobre todo vestía ese invento maravilloso del “plumas” que me aisló de los cuatro bajo cero que marcaba el termómetro de la farmacia y me permitió pasear a gusto por toda la ciudad, y disfrutar del perfil fotogénico de los monumentos nevados. Menuda diferencia…

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