Recuerdos de la SAFA – 30: Frío (I)

Recuerdos de la SAFA – 30: Frío (I)

Hace frío.

Hace mucho frío.

De hecho, hace un frío que pela… Estoy en la cama, con el embozo hasta la nariz, reuniendo fuerzas para levantarme e ir al servicio. Apenas contengo el castañeteo de dientes y me limpio con el embozo de la sábana la gota que cuelga de mi nariz. No aguanto más, pero me intimida el frío que hace fuera de este reducto confortable que es la cama. Nada más pensar en salir de entre las mantas y afrontar ese gélido pasillo, me aterra. Reúno fuerzas, saco un pie y lo vuelvo a meter. Pero la naturaleza insiste, a tientas busco el calzado y me lo pongo. Arrastrando las pesadas botas, me desplazo por el largo pasillo entre las hileras de camas, abrazándome a mí mismo con el estéril deseo de retener el calor. El dormitorio está a oscuras, sólo iluminado por una débil bombilla al otro lado de la puerta de salida. Miro las ventanas que dan al exterior y atisbo una capa de escarcha blanquecina en los cristales. Alguien se rebulle en la primera cama.

Abro la puerta, y una sombra oscura aparece a mi derecha.

– “¿A dónde vas?”

Apenas me repongo del susto al reconocer al Hermano Peco (¿es que este hombre no descansa nunca?).

– “Al váter, Hermano”

– “Vale, pero date prisa, no te vayas a enfriar”-

Enciendo la luz de los servicios comunales, trato de estar el menor tiempo posible en uno de los cubículos existentes. Me lavo las manos, el agua del lavabo está helada, siento cubitos aguzando mis dedos.

Vuelvo con los brazos pegados a mi cuerpo, lo más rápido que me permiten las botas mal puestas. Me deslizo entre las mantas, que ya han perdido el calorcillo y son un sudario frío. Se comprende por qué a este dormitorio lo llaman “La Siberia”.

No había terminado de entrar en calor cuando el Hermano Peco entra en el dormitorio, enciende las luces y da unas palmadas. Son las siete y cuarto, todo está oscuro y sigue haciendo un frío de perros. Las voces del inspector hacen que las filas de camas se agiten. No hay tiempo para entretenerse: hemos de incorporarnos, santiguarnos y rezar la oración de la mañana. El Hermano Peco sale del dormitorio, y algunos aprovechamos para meternos un ratito más bajo las mantas. Luego, a ponerse el pantalón de pana, lo cual tiene su técnica propia: bajo las mantas, introducir las piernas en el pantalón que hemos dejado a los pies de la cama, y si el inspector no se da cuenta, dejarse puestos los pantalones del esquijama, que todo abrigo es poco.

De ahí a los lavabos, para el aseo diario. El agua sale gélida por los grifos, así que sólo los héroes se lavan algo más que la cara, incluso algunos usan la saliva para quitarse las legañas. El pelo se domeña con un poco de agua en el peine, lo justo para hacerse la raya. Pero el Hermano Peco, que ha vuelto, está atento y comprueba el nivel de higiene básica. Estos días de enero el frío es tan atroz que, cuando ponen el agua caliente una tarde a la semana, muchos tratan de eludir la ducha con todo tipo de tretas, con la consiguiente inspección del cura y, si ésta no es satisfactoria, devolución del interfecto al chorro de agua.

Cumplido el trámite del aseo, había que hacer la cama, procurando dejarla lo mejor posible: sábanas y mantas remetidas, la colcha colgando de modo uniforme a los lados y el aspecto de un túmulo bien definido. No era raro que D. Rogelio o el Hermano P. deshicieran la cama, echando sábanas y mantas al suelo, si no les placía el resultado. Además, una de las monjas pasaba casi a diario por los dormitorios y ponía una nota que se unía a las calificaciones de urbanidad. Muchos envidábamos la técnica de Juan Antonio H. o de Pepe I., que hacían unas camas que eran obras de arte, con unos bordes rectos y marcados, de imposible factura con aquellos colchones de borra apelmazada que teníamos.

Los que hacíamos de monaguillos teníamos que salir un cuarto de hora antes, para ayudar al cura oficiante. Ya en cursos sucesivos, mi paisano José Luis y yo habíamos sido elegidos por el P. Rector, que sólo oficiaba los domingos, así que nos ahorrábamos este trámite diario aunque sufríamos la mayor duración de las misas dominicales.

Con las camas hechas y las cosas guardadas en el cajón o en la maleta bajo la cama, esperábamos firmes, hasta que el Hermano nos ordenaba desfilar en filas silenciosas hasta la capilla. Este trayecto se hacía sin salir al exterior, por el pasillo que enlazaba el edificio central con la capilla, pero veíamos por las ventanas el desolado paisaje de unos patios helados apenas iluminados por las titilantes bombillas de la fachada. En la capilla nos apretábamos en los duros bancos de madera, buscando un poco de calor humano en esa enorme nave. Alguno conciliaba un pequeño sueño apoyado en el vecino, que le sacudía cuando tocaba arrodillarse o erguirse.

El cura, de espaldas a nosotros, recitaba en latín las distintas salmodias, que nosotros contestábamos en una versión macarrónica a cada cual más peregrina (recuerdo el Salve Regina, que D. Isaac intentaba semana tras semana mejorarlo con nulo resultado:

Salve, Regina, madre misericordia
vida lucero, eres nostra salve.
A ti clamamos, Jesús (¿…?) ele.
A ti suspiramus, gementes enfrente
en el lagrimarum vale.

De pena…

En días así, la misa se nos hacía eterna, y los tiritones se hacían más y más agudos. Yo tenía una evidente propensión al castañeteo de dientes y producía un ruido que causaba hilaridad a los compañeros de banco, por lo que lo que apretaba las mandíbulas, lo que empeoraba aún más la cosa.

Al recibir la comunión, recuerdo que las manos del cura oficiante también acusaban las huellas de aquel frío terrible. Las tenía abiertas por los sabañones, rojas y agrietadas, como si se hubiera cortado repetidas veces con una cuchilla de afeitar.

De la capilla salíamos también en filas y, por supuesto, en silencio hacia el comedor. El desayuno, generalmente, se componía de un tazón de leche y pan, con mantequilla o con aceite. Debo destacar que nos complacía más calentarnos las manos con la taza de leche que el desayuno en sí.

En las gélidas madrugadas, el frío ya no era frío: era tortura, dolor, sacrificio, cabreo, resignación y “mala leche”. Sobre todo, porque no disponíamos de las más elementales armas para combatirlo.

Los efectos no tardaban en aparecer en manos y orejas. Unas y otras se teñían al principio de un intenso color rojo que derivaba pronto al violáceo, después se iban endureciendo y picaban de forma desesperante. Nos las frotábamos para combatir aquel terrible frío e intentar que la sangre circulara. Vano empeño. A los pocos días, las manos se agrietaban y el dolor se hacía insoportable, las orejas adquirían un aspecto horrible y, finalmente, la piel se abría incluso hasta sangrar.

Quien sí que padecía el frío en modo extremo era mi tocayo y paisano José Luis. Le salían unos sabañones tremendos: primero empezaba con las orejas, luego los dedos y luego la mano entera. Eran unos sabañones dañinos: no solo le picaban (y no servía de gran cosa el rascarse, lo único que conseguía era hacerse unas tremendas escoriaciones y que le picaran más), sino que le salían unos eczemas en los dedos, que le cortaban la piel y le impedían apenas escribir. Iba a la enfermería, pero lo más que podían hacer por él era aplicarle untura de yodo o en el mejor de los casos, una pomada hidratante. Por el contrario, Manolo B., que era externo y por tanto acostumbrado a los fríos, no sólo no los padecía, sino que le encantaba gastar bromas a propósito de ello. En concreto, en los estudios, sentado tras José Luis, le daba unos tremendos capirotes en las orejas, que le hacían ver las estrellas, pero tenía que aguantarse, no sólo por el tamaño de Manolo (nos sacaba una cabeza a todos) sino porque el Hermano Peco, que nos vigilaba desde la tarima, le podía poner una falta de disciplina.

Tampoco faltaban esas bromas en la fila de la merienda o en el recreo, pero aquí sí había enfrentamientos al menos verbales, sin pasar a más (bastaba con ver el tamaño de sus manos, como manoplas, acostumbradas al duro trabajo con su padre).

Y llegó la hora del recreo.

13 opiniones en “Recuerdos de la SAFA – 30: Frío (I)”

  1. Una descripción genial del frío, una parte de la tríada, con el hambre y la ultradisciplina. He sentido frío leyéndote, pese que aquí en el Aljarafe estemos ahora a 18 ºC.
    No haces mención de la niebla. En mis tiempos (finales de los 50 principios de los sesenta) unas espesas nieblas ascendían desde el Guadalquivir, ennegreciédolo todo y aumentando la sensación de frío.
    Teníamos una ducha a la semana durante el recreo de la tarde. Aún recuerdo a don Francisco Gallego metiendo un par de dedos por nuestros cogotes para ver si nos habíamos duchado o tan solo nos habíamos mojado el pelo. A cualquier sospechoso lo mandaba a ducharse, esta vez con la puerta abierta.
    Gracias por el recuerdo.

  2. Gracias, Alfredo.
    Aún hoy recuerdo el frío ubetense como una seña de identidad.
    El tema da para alguna reflexión más.

  3. Pues si, se pasaba frío pero yo al ser de un pueblo cercano lo veía «normal» . Lo que no vi normal fue cuando observé a un alumno de Riotinto que se acostaba con un pasamontañas. Creo recordar que duró un solo curso. En la Siberia aprendí que la cama se hacía con las mantas cruzadas para evitar el frío por los laterales. Enhorabuena, «lo has bordao». Un saludo y «buenas noches».

  4. Fiel descripción de nuestra SAFA de Úbeda, concretamente de los dormitorios de «La Siberia». Me has hecho revivir aquellos primeros años, a pesar del frio, felices años. Gracias.

    1. Gracias, Manolo, por tus palabras. Me alegro de volver a verte por estos lares. Esperamos algún otro de tus magníficos artículos.

  5. Muy bien descrito, José Luis…
    Yo, como tuve la suerte de ser externo, no padecí ese frío en la Safa sino en toda Úbeda, aunque bien arropado en mi casa…
    Conocí «La Siberia»por referencias y otros compañeros internos, pero no tuve el gusto o desgracia de padecerla en las gélidas noches invernales…
    Un abrazo

    1. Gracias, Fernando.
      De todos modos, el frío ubetense os afectaba a todos. Y los externos teníais una dura prueba cada madrugada, recorriendo en esas gélidas mañanas las calles hasta la SAFA.
      Un abrazo

  6. Hola José Luis, no te imaginas momo me he reído con los temas y consecuencias del frío en la Siberia.
    Lo de la cama, algo recuerdo, pero lo de los sabañones no me acordaba hasta que lo he leído y sintiéndolo mucho, me he tenido que reír y entonces si que me he acordado de José Luis S.R.
    Muy bueno.
    Un fuerte abrazo.

    1. Gracias Juan Antonio, por tu comentario.
      Para algunos, lo del frío ubetense era algo que nos desarmaba, en parte porque no veníamos acostumbrados y en parte porque no teníamos medios para protegernos de él.
      Con permiso de mi paisano José Luis S.R., que tanto padeció los sabañones, transcribo el mensaje que me envió por Whatsapp:
      «El frío todavía lo tengo metido en los huesos (como decían en nuestro pueblo). Es algo que no soporto. Los comentarios que haces son muy acertados. Pero era algo, que por mucho que se quiera explicar, cada uno lo siente de manera personal y su sensación es individual.»

      1. Muchas gracias, entiendo perfectamente su explicación, pero sin malicia ninguna me vuelve otra vez la risa.
        Un fuerte abrazo.

  7. Cuánto sufrí en Úbeda con los sabañones. Cuando he visto esas manos del reportaje llenas de sabañones se me han saltado las lágrimas al acordarme de lo que sufrí. El dolor era insoportable, se reventaban y no podía ni escribir, cuando llegaba la tarde se ponían rojos y calientes, picaban de una forma desesperante y cualquier roce era insufrible. Recuerdo que cuando volvíamos a casa en vacaciones a medida que nos acercábamos en tren a Sevilla los dedos se iban desinflando, era curioso porque en un día desaparecían quedando las manos llenas de arrugas pero con un alivio enorme.
    Aunque después de salir botado de Úbeda he estado en sitios muchos más frios, no los he vuelto a sufrir. Creo, y de esto nuestro amigo Alfredo Rdguez Tébar podrá decir mucho más, es consecuencia de la falta de vitamina K, pienso que los alimentos que consumíamos en el internado tenían poco o nada de esta vitamina , por eso los externos no padecían o padecían poco de este sufrimiento, no porque estuvieran acostumbrados al frio sino porque se alimentaban mucho mejor. Carne, queso, huevos , hortalizas, lechuga, frutas.

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