Recuerdos de la SAFA – 29 : La formación religiosa (II)

Recuerdos de la SAFA – 29 : La formación religiosa (II)

Otro momento álgido en la devoción formal era la Cuaresma, o más concretamente, el Miércoles de Ceniza. Hubo quien nos explicó que ese día era el cierre del Carnaval, donde la diversión se derramaba por las calles, pero nuestro P. Espiritual decía que esa era una conmemoración pagana que los malhechores aprovechaban para cometer excesos de todo tipo, que los cristianos debíamos rechazarlo, y que por eso Franco la había prohibido. Nos explicaba:

– “La ceniza desde siempre se consideró beneficiosa: en la antigüedad se esparcía por el aire para atraer la lluvia, fertilizar los campos y mejorar las cosechas, se usaba para curar llagas sangrantes, representaba la renuncia a toda vanidad y siempre fue símbolo de arrepentimiento y penitencia.”

¡Qué maravilla! ¡Qué elocuencia! Nosotros le escuchábamos atentos y convencidos. Concluía anunciando que al día siguiente, durante la misa, tendría lugar la imposición de la ceniza y para recibirla no era necesario confesarse. Finalizada la plática casi de noche, para nosotros ya había empezado el miércoles de Ceniza. Al poco, llamada a formar filas para ir al comedor. La cena, frugal y en absoluto silencio.

Tras la cena, siempre en fila y siempre en silencio, bajábamos a la capilla a rezar las últimas oraciones. Este día, por ser especial, bajamos a la cripta. El trayecto de cada día a la capilla era medroso, sin luz apenas. En estas noches aún invernales, la lluvia y el viento agitaban las copas de los árboles y daban al camino un aspecto inquietante. Uno a uno, a la luz de la lamparilla del Santísimo, íbamos entrando y ocupando nuestro lugar en el recinto. La capilla olía a incienso y cera. Permanecíamos silenciosos y de rodillas, hasta oír la indicación del cura que nos mandaba sentar. Él, desde la última fila, leía en voz alta narraciones terribles para mover nuestras conciencias y provocar el arrepentimiento por nuestros pecados.

El argumento de las lecturas solía ser parecido: un niño de diez años comete un pecado grave, casi siempre de impureza, y no se atreve a confesarlo. Tras caer gravemente enfermo, los padres llaman al sacerdote para que le administre los santos sacramentos. El niño muere pero a sus padres les queda el consuelo de que está en el cielo en compañía de los ángeles. A los pocos días del entierro, cuando se dispone a celebrar la santa misa por la salvación eterna del alma del niño, una mano de hierro atenaza al sacerdote y un aullido lastimero de ultratumba que hiela la sangre grita:

—“Padre, no celebre por mí. Estoy condenado para siempre por los pecados que callé en mis confesiones”.

Tras las oraciones de la noche, cruzábamos el patio de columnas, presidido por la imagen del Sagrado Corazón y un grupo de la Sagrada Familia, y muy despacio, por aquel camino lóbrego y oscuro, en filas y en silencio, llegábamos al dormitorio. Siempre en filas, siempre en silencio, siempre bajo la vigilancia inexorable del inspector.

A las siete y cuarto de la mañana del día siguiente, todavía de noche, tres palmadas y de nuevo la voz del inspector: “¡En pie, vamos…!” nos devolvía a la realidad. Hacía frío, mucho frío. Casi dormidos, nos poníamos el pantalón sin abandonar el rebujo de las mantas, y la camisa por encima del pijama, y nos aseábamos echando un poco de agua helada en el rostro abotargado. Con las primeras luces, las filas tristes y silenciosas caminaban de nuevo hacia la capilla, apenas iluminada con dos velones.

Aquella mañana de miércoles de Ceniza la solemnidad era extraordinaria. La casulla morada del sacerdote, los lúgubres ritos sagrados, las invocaciones a la muerte, la llamada al arrepentimiento y al perdón, las filas de muchachos somnolientos y ateridos acercándose a comulgar de las manos del sacerdote (que aunque decían que no era obligatorio, nadie se atrevía a no hacerlo), cuyos dedos cortados por el frío hacían la señal de la cruz con ceniza en nuestra frente, mientras pronunciaba aquellas terribles palabras: “Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris” (Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”)

A veces, había celebraciones religiosas más alegres. Un hecho muy remarcado era la visita del Obispo. Ese día el colegio se engalanaba especialmente para acoger a don Félix Romero Mengíbar, obispo de Jaén. Ya la semana anterior, el Padre Baena nos informaba de la llegada del prelado, de los actos programados para el evento y de las exigencias personales que tan singular recibimiento comportaba. Con esmero barríamos los dormitorios, hacíamos las camas con primor, ensayábamos la polifonía y las plegarias para la misa, y hasta el menú experimentaba una ligera mejoría dentro de la sobriedad propia de la SAFA.

Los curas encargados de la inspección desplegaban una actividad inusitada, revisaban los dormitorios y las camarillas y se aseguraban de que se guardaran convenientemente las barajas de cartas y otras muestras de relajo mundano. Por su parte, el encargado de la limpieza se aseguraba que dejábamos las clases y los pasillos como los chorros del oro. El saco de serrín húmedo se gastaba con presteza, y hasta los cristales recibían una manita de limpieza.

El Padre Prefecto, con su habitual entrega y discreción, llamaba a un alumno de los incondicionales y le encargaba que escribiera unas líneas para dar la bienvenida al mitrado asegurándose de que:

‑ “Cuando termines, me enseñas el escrito”

‑ “No se preocupe, padre, su opinión me será de gran ayuda

El alumno, feliz, se escaqueaba de las clases de Matemáticas y de Química y escribía en un papel toda clase de halagos, cortesías, afectos y excelencias dirigidos al Obispo y a los abnegados educadores de las Escuelas. Cuando le parecía que aquello había quedado suficientemente redondo y apañado, iba al encuentro del Prefecto en busca de la palmadita en el hombro y el consuelo de sus palabras:

‑ “Muy bien, muy bien. Cada día lo haces mejor

Y el zagal marchaba tan contento porque el aplauso alimenta el alma del poeta y aquellas líneas le reportarían la comprensión de curas y profesores para superar el examen de Matemáticas, pongamos por ejemplo.

La visita del Obispo siempre era un éxito. Tras recibirlo todo el colegio en marcial formación en la explanada, se producía la visita guiada a las instalaciones, con un séquito que taponaba los pasillos, y terminábamos en la iglesia, con una misa de pontifical, concelebrada con otros curas.

El altar se llenaba de sotanas cubiertas con las albas blancas, y hasta había cuatro monaguillos en vez de dos.

Luego se sentaba en su cátedra, un sillón tapizado de rojo, y nos obsequiaba con su indescriptible elocuencia, asegurando que siempre “llevaba a las Escuelas en el corazón”. Desde el ángulo de la Epístola, el alumno incondicional declamaba elogios encendidos y le prometía que “todos mis compañeros pedirán al Señor para que ayude a Vuestra Eminencia a cuidar amorosa y paternalmente de su rebaño”.

Luego, algunos niños, mayoritariamente de la Escuela Primaria, se acercaban y de rodillas le hacían entrega de algún presente: un dibujo, una oración, una tarjeta de cartulina, algo así. El Obispo les daba un cachetito y les hacía la señal de la cruz con dos dedos alzados. Con la solemne bendición episcopal finalizaba el acto.

Al día siguiente, el colegio volvía de nuevo a la rutina del estudio, la disciplina y la escasez. Durante el desayuno, el Prefecto tocaba las palmas, se hacía el silencio y anunciaba emocionado que al señor obispo le habían impresionado tanto nuestros detalles de cariño y adhesión que, en agradecimiento, había regalado un balón de fútbol para los casi mil alumnos del colegio. Aplausos enfervorizados por su desmedida generosidad atronaban el comedor…

Otro motivo de entusiasmo religioso, que nos movilizaba sobremanera, era la conversión de los pobres chinitos o negritos o indiecitos a la fe cristiana. Y nuestro fervor, jaleado por algunos curas, llegaba a la exaltación el penúltimo domingo de octubre en que celebrábamos el Dómund. Era una demostración de entusiasmo tal que ahora resultaría agresiva, pues el acoso al que sometíamos a los viandantes se saltaba cualquier norma de respeto social. Salíamos del colegio en oleadas de zagales, con aquellas huchas tan expresivas ‑el chinito, el negro o el indio‑  y nos esparcíamos por la ciudad como una plaga, parando a todo viandante, entrando en los bares, llamando a las casas, en suma importunando a todo quisque:

‑“Déme usted algo para el Dómund, venga, écheme algo.”

‑“Niño, vete para allá, que ya he dado tres veces”.

(Que es posible que fuese verdad, porque no se había inventado esa pegatina que ahora actúa como justificante).

Pero eso no nos arredraba, y seguíamos por calles y plazas dando la monserga. Lo malo es que no éramos los únicos, pues otros niños de otros colegios (por ejemplo, los Salesianos) nos hacían la competencia. Pero si nos encontrábamos con un grupo de niñas de las Carmelitas, nos olvidábamos de los chinitos y nos pegábamos a ellas, para ayudarlas a recaudar. Cosas de caballeros galantes, que conste…

(Continuará…)

8 opiniones en “Recuerdos de la SAFA – 29 : La formación religiosa (II)”

  1. ¡Ay, José Luis! ¡Tantos recuerdos y tan bien descritos! Gracias por ellos. Algunos años antes de la visita de nuestro epíscopo que tú describes, este hombre nos visitó en la SAFA y su visita me mereció el siguiente comentario que yo escribí en otro contexto:
    «Guardo el peor de los recuerdos de monseñor Romero Mengíbar por su negligencia y por su genuina arrogancia. Unos cuantos años después, sería en 1962, nos visitó en el internado de Úbeda donde yo estaba recluido con otros cientos más de presidiarios; nos dijo la misa y a la hora de echarnos su homilía se sentó en un sillón forrado en terciopelo rojo. Nunca supe por qué a los eclesiásticos les gusta tanto el terciopelo rojo. Creo que la costumbre viene de la edad media desde que los tejedores y tapiceros genoveses empezaron a practicar el tabicado bizantino, una técnica textil que producía el mejor terciopelo.
    Pues bien, una vez sentado, monseñor quedó en silencio. Pasaron los minutos, hasta veinte, y el obispo no arrancaba con su homilía. El ambiente se podía cortar con un cuchillo poco afilado. «¿Qué está ocurriendo aquí? ¿Se le habrá olvidado el sermón a monseñor? ¿Habrá perdido el habla nuestro obispo» nos preguntábamos los unos a los otros en voz baja, tan intrigados como hastiados por la demora. Al cabo de aquella densa y larga espera, el sacristán, un alumno de los mayores, vino rápida y apuradamente con un cojín tapizado en terciopelo rojo (como no podía ser menos y seguro que con tabicado bizantino) y lo colocó en el suelo bajo los pies de monseñor. Una vez que don Félix pudo aposentar sus augustos pies sobre el mullido cojín de terciopelo rojo, empezó su homilía de la que no recuerdo nada, aunque muy probablemente versara sobre las necedades de siempre, como podría haber sido una apología de la humildad y la pobreza.»

    1. Era un obispo de la vieja escuela, la de los vencedores, que no había comprendido ni le interesaba comprender que estaban haciendo lo mismo por lo que los fusilaron los rojos. Este hombre ascendió y me firmó el título de Maestro de la Iglesia (el oficial que nos correspondía) ya como Arzobispo de Valladolid.

  2. Qué memoria tan extraordinaria!!! Yo de ese evento sólo recuerdo lo de la imposición de la ceniza.

  3. Si los internos sufrían esos desplazamientos mañaneros en el crudo invierno para ir a misa piénsese lo que sufríamos los externos que teníamos que transitar por el pueblo hasta la SAFA cada mañana por lo mismo y mismamente obligados (que se nos ponía en fila y se nos pasaba lista).

  4. Excelentemente escrito, José Luis. Mejora tu memoria a medida que avanza. Esto debe de ser saludable para ti y todos los que te vamos leyendo. Pero sobre todo, por el momento, es una gozada. Gracias.

    1. Muchas gracias, Antonio. La memoria tiene recovecos que uno no imaginaba que existían, pero los recuerdos están ahí, agazapados, a la espera de que se les invite a salir.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *