TRASCENDENTE

TRASCENDENTE

Mariano Valcárcel González

¡Huy lo que me ha dicho!, ¡trascendente!…

No así, pero sí. Y yo me digo si en verdad soy o persigo la trascendencia, mía o la de los demás. Todo empezó por un aporte en el whasapp de exsafistas promociones 1970 a la que hice una pequeña crítica, el título era SEXALESCENCIA (que ya tiene miga) y yo le contesté con esto:

Bueno, una gran parrafada con mucho estuco de cobertura. Sexalescentes… Qué palabro! Es la visión desde el tubo del caleidoscopio de un burgués bien situado. Pero, en fin, es al menos optimista.

La réplica fue lo de la trascendencia. Bien viene aclarar algo las cosas.

En principio aquí copio la columnilla que se publicó en el Diario Jaén de fecha 11 de febrero de este año. Suelen aparecer ahora cada quince días en una sección denominada “Gota china”.

Gestualidad facial

MARIANO VALCÁRCEL

11 FEB 2021 / 15:39 H.

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No es carnaval pero vamos con mascarilla. Incógnitos. Si algo tiene bueno esto, aparte la prevención de contagios, es que nos evitamos así la contemplación de ciertos rostros que más vale no mirar. Y no me refiero a los que de por sí son torcidos o nos indican la peligrosidad de quienes los portan, me refiero a los que tienen cierta clase de personas que nos van anunciando, con su expresión facial, lo importantes que son, lo trascendentes, su sabiduría e incluso su posesión de la verdad indiscutible. He conocido personas, en especial en el ámbito de la política, que llevaban su gesto por bandera fácilmente visible; solo con mirarlos se sabía lo que iban a decir, en general admoniciones, insultos más o menos velados. Y es que van por la calle (y cualquier lugar público al menos) con ese ceño fruncido tan característico. Miren a esa pareja de ministrable labor, sí, esos, y obsérvenlos, siempre con mal gesto, parece que todo les cae mal y cuando se manifiestan lo agudizan. Pontifican y nos dan a entender que no se les puede rebatir. Gestos de niños caprichosos.

 

Espero se entienda por la misma que yo precisamente no estoy por la labor de irme por la vida ni admonizando ni adoctrinando a nadie, faltaría más. Cuando he luchado por mi propia causa o la de otro claro que he podido parecer más agresivo o más intransigente (se me catalogó en algunos círculos como algo difícil de manejar) pero no ha sido nunca mi marca de agua adherida a mi ser y fácilmente detectable. Vamos, que no quiero amargarle la vida a nadie.

Tal es que consideré y considero que la vida y obras de cada cual es muy suya, que la mía la tengo en estima pero también en prudente anonimato. Que no quiere decir que sea tan oculta que se catalogue como misantropía (ni falsa modestia), pero estimo que la publicidad gratuita de lo que uno hace o deshace, o le hacen o tiene (o le quitan) obedece más al producto del ego o de la intención de no desaparecer en un anonimato disolvente. Tal vez a eso contribuyen los escritos que graciosamente se me publican (gracias doy pues).

Conozco personas que alardean del último coche comprado, o de las propiedades que tienen, o de lo bien que les va la vida pues hasta sus hijos les salieron perfectos… (y no digamos en mi pueblo el ubetensismo).

Cierto que están en todo su derecho a manifestar lo que les plazca. Pueden alardear si quieren de las bendiciones que Dios les dio o las que ellos mismos se procuraron con su esfuerzo; yo lo comprendo. En la era en que estamos, la de la difusión por las redes de todo lo habido y por haber, de todo lo imaginable y hasta inimaginable, de lo absurdo más absurdo y la inexistencia de la más mínima autocensura o cordura para contenerse y llevar a las redes desde tutoriales válidos hasta gilipolleces extremas (y que hasta pueden causar daños en las mentes y las personas) es difícil sustraerse a la tentación. Quien no aparece en internet no existe.

Y, claro, nosotros existimos y queremos que se nos vea. Un medio infalible, meterse en la red (o redes) más utilizada o popular. Las consecuencias si no sabemos manejarlas o dosificarlas (y controlar lo nuestro) son manifiestas por su peligro. Lo consideramos como cosa de jóvenes (ojo, cada día más jóvenes, adolescentes y más menores) y que nosotros no caemos en esos barrancos, pero sí, sí…, que una vez al borde podemos irnos a su fondo, pues atraen peligrosamente (adictivas).

Modestamente o no tan modestamente hemos buscado a veces alguna forma de hacernos notar; en mi caso cuando colaboré en la prensa provincial (y ahora lo hago) o local pues el ir y venir de la ceca a la meca me hacía visible. Declaro ahora que nunca aproveché el trato con personas de cierta influencia para beneficio propio ni de nadie de mi familia, lo que era es lo que soy (nunca opté ni pedí cargo político alguno ni profesional) y lo que son mis hijas ellas se lo ganaron o buscaron. De ahí que afirme que mi intimidad, tan sencilla como una hoja en blanco, nunca ha merecido el ser contada y menos alardeada.

Al entrar en el grupo de whatsapp de “antiguos compañeros” de SAFA-Úbeda lo entendí como forma de conocer algunos datos de sus miembros o de estar al día sobre los proyectos que se tenían (ese cincuentenario de promociones que no se pudo celebrar y me temo no se podrá tampoco este año). Y aportar alguna idea si se me pedía. No entendí que debiera ser un clan ni obedecer a la mayor gloria de nadie. Protagonismo cero, trascendencia ninguna, manipulación nula. Respeté y respeto las aportaciones aunque sean intrascendentes o de mera aportación al clima distendido necesario; también no critiqué las que me parecen meros escaparates personales de pompas, obras o patrimonios; pues que muy bien y me alegro.

Creo que ya escribí de una anécdota que me sucedió en mis tiempos reporteriles. Un columnista ubetense y escribidor de algún libro anecdótico me instó a que yo publicase un breve sobre algún desafuero urbano (entre los tantos que se hacían y se hacen) que se estaba cometiendo en Úbeda. Aclaro que esta persona, ya fallecida, formaba parte del círculo de los “informadores” en el tiempo de Franco y se entiende lo “comprometida” que podía ser su labor periodística. Mi contestación fue rápida – Hazlo tú – No, es que lo mío es escritura costumbrista-. Y se quedó tan pancho.

Con lo anterior quiero decir que cada uno manifiesta o escribe lo que le da la gana y se compromete más o menos según su forma de pensar o los intereses mediatos que le afectan. Y ni debe ser criticable ni tampoco encomiable, es lo que se quiere que se sea. Y se puede creer el rey del mambo o un deleznable homúnculo según sea su carácter o sus circunstancias. Vamos, que cá uno semos cá uno y tenemos nuestras caunás.

Así que acá estoy para lo que vuesas mercedes tengan menester.

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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