Recuerdos de la SAFA – 24: Los billares

Los billares no eran un sitio adecuado para los niños, según los padres, porque se mezclaban jóvenes de todas las edades y se fumaba mucho. Tabaco, por supuesto. También se decían tacos y se producían peleas cada dos por tres. De niño, presenciando con los amigotes una partida en los billares de mi pueblo junto a la fuente de la Reú, tras hacer una bola, que es como se llamaba a la carambola, un jugador le reprochó enardecidamente haber “metido taco”, y la discusión subió de tono hasta que el otro le arreó con el taco en mitad de la cabeza con todas sus fuerzas. Los pequeños salimos corriendo paseo abajo hasta llegar a la fachada del Ayuntamiento, porque sabíamos que eso no iba a quedar ahí. Nuestras vivencias nos decían que, como algunos animalillos, ante la más mínima señal de alarma había que huir, porque si se escapaba una hostia los pequeños teníamos muchas papeletas de recibirla.

Los billares tenían mala prensa,  no eran una buena escuela,  sobre todo porque acogía a los que hacían rabona (faltar a clase) y a todos los de dudosa catadura. Las niñas ni entraban, por supuesto.  Nosotros pasábamos media tarde en los billares, sobre todo cuando no había dinero para el cine, entrando y saliendo a destajo. Ahí se reunía lo mejor de cada casa, con frecuentes broncas, por lo que los pequeños teníamos que ser discretos y mantener la invisibilidad porque en cualquier momento te podías ganar un guantazo. Un simple cruce de miradas con alguno de los mayores podía derivar en un “¿Tú qué miras, niño?”. Si decías “nada” la pregunta que seguía era ya más peligrosa: “Qué, ¿me estás llamando mentiroso?”  Si por el contrario decías “miro a…” ya se interpretaba como un reto. Y entonces tenías la sensación de estar con un pie en el otro mundo.

En Úbeda, ya cursando Oficialía (pues en Preaprendizaje la vigilancia del Inspector de internado hacía imposible salirse del grupo más que unos minutos, los que tardaba en darse cuenta de la ausencia), frecuentábamos los billares de la calle Gradas, donde se arracimaban alumnos de la primera división, los mayores, y donde no solía aparecer jamás un cura ni un profesor-tutor.

Otros, más sueltos, iban a los locales de  la OJE (la organización juvenil, rama del Frente de Juventudes falangista) en calle Nueva (hoy Obispo Cobos), para jugar al pinpón de gorra, aunque ello les obligaba a sacarse un carné y que algún compañero les hiciese algún comentario sardónico sobre su supuesta militancia política.

Yo jamás entré en esos locales, porque cuando de niño me invitaron a apuntarme en mi pueblo, mi familia se negó rotundamente y me explicaron el porqué. Pese a las cortas luces propias de mi edad lo entendí perfectamente y desde entonces siempre mantuve una instintiva aprensión a esos símbolos y esos uniformes, incluso cuando tuve que hacer el obligatorio campamento en el verano del 69 en Río Madera para obtener el título de Magisterio.

En estos billares podíamos pasarnos media tarde, más tiempo mirando que jugando, dada la habitual escasez de cuartos para gastar.  Además, cuando ya podíamos ir al cine porque el horario del colegio nos lo permitía, había que hacer equilibrios financieros para estirar la paga que con gran esfuerzo familiar nos llegaba de casa,  y que debía atender todas las necesidades tanto en el colegio (material de escritura, láminas de dibujo, tinta china, sellos, etc.) como fuera de él (el tabaco comprado de cigarro en cigarro, el chato de vino peleón, el cine, el futbolín, y en su momento, la invitación a una chica ubetense con la que estuvieses saliendo).

Nada más entrar en los billares, el encargado, un señor grueso, mal afeitado y con un mandilón de cuero en la parte baja de la barriga con varios compartimentos para las monedas, nos recibía y nos escrutaba, quizás buscando en nuestras caras la posibilidad de algún problema. Por nuestra pinta sabía perfectamente que éramos “jesuitas” lo que parecía tranquilizarle algo. Desde luego, le importaba un higo que fuésemos menores de edad, sólo si íbamos a liarla. Agitaba la bolsa haciendo entrechocar las monedas y preguntaba sin dirigirse a nadie en concreto: “¿cambio?  ¿quieres cambio?”.

En la mesa de billar solíamos encontrar a los mayores de la primera división, jugando una partida con expresión concentrada cuando apuntaban con el taco y con grandes carcajadas cuando alguno pifiaba el golpe. A veces, queriendo dar un efecto raro o simplemente porque fallaban el tacazo, la bola salía despedida por encima de la mesa y caía al suelo con gran estrépito, rodando por entre las mesas de futbolín, perseguida por el jugador causante del estropicio. Entonces, el encargado, hecho una furia, llegaba gritando y señalando un letrero que había en la pared. Yo leí lo de “massé” y tuve que preguntar qué era eso, porque lo de sentarse en la mesa lo entendía, pero lo otro me sonaba a algo de comida o así.

Me contaron que hubo, unos cursos anteriores al nuestro, un chico de Magisterio, Miguelín, de Mengíbar, que era un as jugando al billar, y que cada fin de semana se presentaba, perfectamente trajeado, con una piña de amigotes de su curso en los billares.

Antes de nada, en los portalillos de la plaza les preguntaba a ellos cuánto estaban dispuestos a apostar:

—“¿Quién quiere jugarze los cuartos ar billar?”

Todo serio, recaudaba la aportación de cada uno (dos pesetas, a lo sumo un duro), y las anotaba en una libretilla de deudores que siempre le acompañaba, pues a él se acudía en momentos de penuria para comprar el tabaco o pagarse el chato de vino con aceitunas en el Bar Barella o en el Sotanillo.

Una vez recogidas y anotadas en la libretilla las cantidades de la apuesta, a la cabeza del grupo, como verdadero jefe de la pandilla entraba en la sala, se dirigía a una mesa ocupada por señores, algunos con el cabello blanco, les saludaba y luego preguntaba con educación exquisita y oficio demostrado si podía participar en algunas de las partidas.

—“Son diez pesetas, niño” —le contestaban, creyendo que se asustaría al oír la cantidad.

—“Muy bien, señor. Si me permite, jugaría con mucho gusto” -, sin rastro alguno de ceceo.

Al verlo tan joven y tan emperifollado creían tener a un pollopera al que vaciar los bolsillos, y le aceptaban de inmediato. Luego se discutía la cuantía de las apuestas, y a partir de ahí todo era como un déjà vu. Dejaba salir a su oponente, que a lo mejor encadenaba tres o cuatro carambolas, tras lo cual le cedía el turno con cara de suficiencia, como diciendo “ahí queda eso, chaval”. Miguelín se quitaba la chaqueta, que uno del grupo acudía presto a coger y colgarla en la percha, y miraba con ojo experto la posición de las bolas.

Se tomaba su tiempo, inspirando con suma elegancia dos caladas al Rocío mentolado con filtro que fumaba, señal de distinción y solvencia económica. Colocaba con sumo cuidado el cigarrillo en un cenicero de Cinzano y aplicaba tiza azul a la zapatilla del taco,  con parsimonia. Y aquello era un visto y no visto:  manejaba el taco a la perfección, y daba efectos, retrocesos, corridos, picados y carambolas a tres bandas que en poco más de quince minutos dejaba KO al otro jugador, que normalmente pedía la revancha, para ser de nuevo desplumado. No era raro que otro de los señores ubedíes asistentes le retase, con el consiguiente incremento de las apuestas, y el mismo resultado.

Terminada la partida, le daba la mano al último oponente y cobraba la apuesta como un hidalgo recogiendo el diezmo. Al final de la tarde les decía muy educado y señorial: “lo siento, caballeros, pero a las nueve sin falta debo estar en el Colegio. Les ruego me disculpen. Quedo a su disposición para una nueva ocasión”. Tanta cortesía les desmoronaba el cabreo, y la tropa de safistas se esfumaba para repartirse las ganancias en los portalillos, junto al carrillo de Paco.

Él ajustaba cuentas, recuperando su ceceo:

“Jozé, tú has ganado ocho pezetas, pero me debías cinco der paquete de tabaco, azí que aquí tienes tus tres pezetas”

—“Moreno, me debías diez pezetas menos las dos que acabas de ganar y las dos que m’as dado, te quedan zeis. A ver cuándo pagas, que yo no zoy er Banco.”

Terminado el reparto, los compinches invertían parte de sus ganancias en el carrillo de Paco y volvían pletóricos al Colegio, calle Mesones arriba. Incluso en el culmen del derroche, se permitían el lujo de comprarse un dulce de milhojas en la pastelería de la calle Nueva.

 

(Continuará…)

NB: La explicación de las fotografías se muestra pasando el cursor sobre la foto.

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