PANDEMONIUM

PANDEMONIUM

Mariano Valcárcel González

A un año ya del inicio de la pandemia puede ser tiempo de realizar algunas reflexiones.

Lo más reciente es el conflicto que se genera en torno a la solución deseada, la vacuna o vacunas. El primer y grave problema es constatar que como siempre quien tiene dinero tiene el poder y con ese poder se asegura del beneficio de poseer vacunas de sobra. Se sabe que Israel ha comprado muchísimas y al precio que sea y los resultados en su pequeña población (en comparación con los grandes estados) se han notado a todos los niveles. Ante esto y que otros países ya lo han hecho también las farmacéuticas (¡ah, quién tuviera dinero para comprarles acciones!) hacen chantaje reteniendo la producción prometida para darla al mejor postor olvidando por supuesto el dinero público invertido. Y se ralentiza la vacunación al no llegar. Este es un problema a nivel europeo al menos.

Mal, pero es que acá las que llegaron casi lo hicieron al buen tuntún, que el supuesto protocolo se lo saltaron a la torera tirios y troyanos con capacidad de acceder a las mismas por cargos, enchufes o mera cara dura. Y la población que espera su turno, a largo plazo se ve, pues se desespera no ante inconvenientes externos sino ante tanto impresentable . Siempre los que cumplen terminan pareciendo tontos. Si añadimos las milongas del tipo de jeringuillas a utilizar y si eran cinco o seis las dosis aprovechables, pues que la confusión está servida.

Superconfusión la hubo desde el inicio. Primero porque no se sabía qué estaba pasando y su peligrosidad (hoy está claro que se empezó a actuar tarde y mal). Y el Gobierno entró al tema como elefante en cacharrería con una parafernalia de opereta, militares y policías de primer rango, ministros, todos mostrados en el escenario supuestamente para demostrar, así de pronto y ante nuestra estupefacción, que lo que había llegado, el virus, era peligroso hasta la letalidad. Y que lo iban a enfrentar desde el Gobierno central por tierra, mar y aire (símiles de guerra no faltaron).

Pero lo que pudo ser conveniente y necesario se convirtió de pronto en meras excusas y munición para atacar las iniciativas (mejores o peores) del Gobierno. Desde las autonomías (en especial las nacionalistas acérrimas) que clamaban porque se conculcaban sus competencias hasta los partidos en la oposición, en especial las derechas, que entendieron que había materia para atacar a la coalición gobernante, las campañas contra las medidas impuestas fueron atroces; ¿qué se generó?, confusión de normas, órdenes y su aplicación territorial, que cada uno hizo de su capa un sayo. Y esa confusión se trasladó a la población que en realidad hasta ahora mismo ya no sabe si se confina totalmente, parcialmente, por localidades o barrios, o provincias…, la confusión en especial en hostelería y comercio a los que se les abre o cierran las puertas en apenas tiempo para comprenderlo y dando apariencia de improvisación o arbitrariedad, que es peor.

Lo que sí que sabemos es que la cosa va a más y a peor (con el concurso de las variantes detectadas del virus cada vez más peligrosas). Y sabemos que esa maraña de intereses bastardos derivados de mentalidades obtusas o políticamente perversas solo trata de encanallar más aún la atmósfera, ya de por sí difusa. Ver a unos imbéciles clamar ¡libertad!, ¡libertad! en unos barrios privilegiados porque así conviene a sus ideas (como si confinarse ante la epidemia o colocarse una mascarilla preventiva atentase contra ese derecho), ver a manadas de personas pasarse por el forro las normas básicas de control de la expansión del virus como si fuesen inmortales o en realidad les importase un pepino si contagiados pasaban el contagio a sus próximos, familiares o compañeros de trabajo es muy deprimente y creo que esa depresión está haciendo mella en mucha gente.

Al inicio todo fue terrible. Un familiar mío terminó en un hospital (ni siquiera lo pasaron a UCI por saturación y porque era persona con patología declarada) y muriendo solo, siendo trasladado a quién sabe dónde e incinerado y pasado un mes o más la familia pudo recoger una urna que le dijeron eran las cenizas. Entendemos que era el principio. ¿Pero y ahora?, ya no es el principio sino la continuidad imparable.

Primera ola, segunda ola, tercera ola y se dice que en realidad ya es cuarta ola… ¿Cuándo parará esto? Porque esa es otra cuestión y fuente de confusión, que unos dicen blanco, otros grisáceo y algunos hasta todo lo pintan negro. Y hablo no ya de políticos ineficaces sino de técnicos, de científicos que debieran al menos ser de cierta fiabilidad.  No pasa día de una noticia y al siguiente su contraria, que si funciona o no funciona tal medicamento o vacuna, que si afecta más a unos que a otros, pero no, que es al revés, que si… La prensa y medios de comunicación no realizan un cribado ni filtrado de estas supuestas noticias, las lanzan y que las interpreten los receptores de las mismas, generalmente o poco preparados para interpretar cualquier cosa algo compleja o nada preparados en el conocimiento científico que afecta al tema.

Por eso proliferaron esas corrientes denominadas “negacionistas”, que ya existían con anterioridad y cualquier realidad científica era cuestionada o radicalmente negada pero que ahora cogen brío porque se les añade un componente político (en casos mezclado con lo religioso) importante que las alimenta. Si luego caen bajo la enfermedad que niegan (y sus medidas como las mascarillas, vacunas o confinamiento) e incluso se acogen a su prevención vacunándose sin publicidad pues que son cuestiones particulares o casos puntuales que no desmienten sus ilusas teorías.

Hasta en las propiedades de las mascarillas a utilizar (porque, esa es otra, primero se dudó de su utilidad, y es que en realidad no se tenían y se formó el circo y la carrera para obtenerlas) se siembra la duda pues unas no valen para nada, otras puede ser que algo contengan y otras, por ahora, son las mejores (y más caras, claro). Menos mal que al menos el grueso de la población ha asimilado su uso y algo de contención en la propagación se tiene.

El 2020 quedó como un año de desesperanza y el que tenemos me temo sea para la desesperación. Apenas nada será ya como antes y los vaivenes (al igual que los terremotos de racimo que sufren en Granada) no faltarán a todos los niveles. Salir implica primero que la pandemia remita hasta niveles anecdóticos y segundo que la normalidad, la verdadera, permita reiniciar poco a poco la actividad que se ha perdido. Sin esto seguiremos igual o peor.

 

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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