Recuerdos de la SAFA – 23: Los futbolines

No hace tanto, paseando por la calle principal de mi pueblo, escuché un sonido muy familiar: el de un futbolín. Y con ese sonido se me agolparon multitud de imágenes vividas: es parte de la banda sonora de mi infancia. Cuando pienso en los futbolines pienso en lo mismo que otros llamaban los billares, dependiendo de la primacía que tuviera uno u otro para quien lo rememora.

Los futbolines eran la única alternativa de diversión posible una vez que uno superaba la edad de jugar al aro, andar por los descampados buscando lagartijas o correteando por los riscales del río Tinto. En realidad al billar solo jugaban los mayores, los niños ocupábamos los futbolines, y cuando había dinero, cosa rara, la mesa de ping-pong y las máquinas, que más tarde se llamaron de pinball a raíz de la ópera rock Tommy. Nosotros las llamábamos máquinas, sin más. «Vamos a echar una partida a las máquinas», decíamos.

Vivíamos en la calle y en los llanos, sabíamos detectar dónde y cuándo podíamos hacer de las nuestras, y con quién no se debía andar con bromas. Si te caías te levantabas, si te arañabas te lavabas con saliva, y si te hacías una brecha, te la apretabas con la mano o el pañuelo. Eso sí, en casa te iban a pedir explicaciones y puede que te ganases una bofetada o que tu madre se sacara la zapatilla y te dejase el trasero inhábil para sentarse todo ese día. Ahora se ven menos costras en rodillas, menos cicatrices y escayolas. Los niños de ahora viven más relajados (o más indefensos, diría alguno).

En Úbeda, en las salidas de la tarde, ya en Oficialía, (porque en Preaprendizaje la vigilancia del Hermano Peco lo hacía imposible) a veces íbamos a los billares que estaban en la calle Gradas, muy cerca de la Plaza del General Saro. Allí nos juntábamos bastantes compañeros, y el encargado de los billares ya nos conocía nada más entrar: “¡Qué, otro jesuita, no?”. Pronto aprendí que nos llamaban así, confundiéndonos con los curas, en vez de decir “los niños de los jesuitas” o “los de los jesuitas”. La verdad es que era fácil señalarnos, pues los niños del otro colegio, el de los Salesianos, no tenían la limitada libertad que nosotros ni salían apenas, y las niñas de las Carmelitas no digamos: sólo salían en grupo, custodiadas por una monja o una maestra, y no se les ocurría ni acercarse a los billares ni a nosotros (ni tampoco nos dejaban que nos acercáramos a ellas). La mayor competencia la teníamos con los cadetes de la Academia de la Guardia Civil, que eran mayores que nosotros y siempre tenían pelas en el bolsillo. Por contra, no se metían en problemas, porque si los pillaban en un alboroto les metían en el talego y les caían cuatro findes sin salir.

Allí estaba claro el reglamento no escrito: los mayores, los de la Primera División, jugaban al billar y fumaban como cosacos. Los pequeños, hacíamos cola en los futbolines, en los que cuatro chavales jugábamos al pierde-paga. Había parejas imbatibles, que jugaban de gorra todo el tiempo, y había algún pardillo con pesetas en el bolsillo que no le importaba aflojar la pasta para poder jugar. Los futbolines tenían sus jugadores de madera pintados con los colores del Madrid y del Barça, pero había uno en el rincón con los colores rojiblancos, que entendíamos eran los del Atlético de Bilbao, el equipo favorito de Loren.

Había ciertas reglas, que había que acordar: no valía girar a lo loco las barras, ni valían los corridos en la delantera, y tras cada gol sacaba desde la defensa quien lo había encajado, etc. Con el entusiasmo, a veces se soltaba el tornillo de un jugador, o incluso se le partía una pierna. Entonces venía el encargado, rezongando, nos echaba una bronca y lo arreglaba a su manera, aprovechando el parón para aplicar grasa negruzca en las barras, que a veces terminaba en nuestras manos o en nuestros pantalones si en el ardor del partido nos acercábamos demasiado a la mesa.

Nadie nos decía nada si encendíamos un cigarro que habíamos comprado subrepticiamente en Los Portalillos, donde los vendían sueltos, pero sabíamos que si nos pillaban se nos caía el mundo, pues era considerada falta muy grave en la SAFA, con un 2 en Conducta y aviso de expulsión si reincidías.

Los que más podían, compraban Bisontes y hasta mentolados, y los que menos un Celta Selecto (el de los cinco huevos: uno del logo, dos del guerrero celta y dos que había que tener para fumárselo) o un Antillana. Luego vendrían los cigarrillos con filtro: nosotros tirábamos del Celtas con filtro, pero había otros compañeros que compraban el 46, el Rex o sobre todo el Ducados. El tabaco americano, ni de lejos.

Como no nos sobraba precisamente el dinero, apenas podíamos jugar un par de partidas, con lo que estábamos más tiempo mirando que jugando, pero era un tiempo plenamente disfrutado.

En los futbolines además, podíamos hacer amistades con chicos de Úbeda, incluso con algunos que eran alumnos externos de la SAFA, con los que teníamos muy poco contacto si no pertenecían a nuestra División. Mi grupete de amigos, ya en 1º Oficialía, hicimos amistad con un chico dos cursos superior a nosotros, de una familia acomodada, que nos invitó a su casa a comer más de una vez e incluso un día su padre nos llevó en su coche, un SEAT 1500 azul oscuro, a Baeza y hasta nos invitó a pasteles y chocolate en el Casino de la Plaza.

Más tarde, pusieron una máquina de discos, un trasto enorme. Cuadrado, con una ventana donde se veía un artilugio que colocaba los discos de 45 rpm en un plato y lo ponía en marcha, a veces con fallos y saltos, lo que enfadaba al que soltaba la pasta y le pedía al encargado que lo pusiese otra vez desde el principio. La primera máquina solo tenía 24 discos, y luego la cambiaron por una de doble teclado, con 100 canciones. Los más sobrados de pelas ponían su música, y una de las más reproducidas era el éxito de Los Bravos, que tarareábamos en un inglés macarrónico que no teníamos ni idea de qué decía, pero berreábamos “blac is blac, a güoman beibi crai…” como si fuéramos Mike Kennedy en persona.

Ya de mayores, cuando formábamos parte de la privilegiada Primera División, Magisterio y Maestría, nos montaron en el colegio una sala de juegos muy apañada, en los soportales del edificio de clases de Oficialía, que los cerraron con mamparas acristaladas, y donde se estaba muy agradable, incluso en las frías tardes de invierno.

No nos pusieron un billar, claro, pero sí una mesa de pinpón, juego que practicábamos con entusiasmo, porque nos resultaba muy barato (creo recordar que una peseta el partido a 21, para tener un fondo con el que reponer las pelotas que algunos entusiastas de los mates las reventaban contra la pared). Además de múltiples juegos de mesa, podíamos ver la tele, en un aparato que colocaron al fondo, en el rincón, y que nos permitía ver los partidos de fútbol de los domingos por la tarde, los de la Selección española los miércoles, o los de baloncesto del Real Madrid de Emiliano, Luyk o Brabender.

 

(Continuará…)

NB: La explicación de las fotografías se muestra pasando el cursor sobre la foto.

 

 

2 opiniones en “Recuerdos de la SAFA – 23: Los futbolines”

  1. Me vienen cantidad de recuerdos ,cursé en la SAFA,desde los 6 años , parvulos ,pre aprendizaje y oficialia,recuerdo los talleres de imprenta,electricidad etc.. recuerdos de las meriendas de pan y chocolate ,recuerdos maravillosos de hecho pude estudiar ingeniería técnica en Madrid en el ICAI ( jesuitas).

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