Más despistado que un camaleón (Canito) en la Safa

Alfredo Rodríguez Tébar

(a Manuel Verdera Casanova, nunca olvidado, con el afecto de siempre)

Cuando me despisto (algo que me ocurre con frecuencia) se me representan de golpe dos imágenes paralelas: la de la pava en un garaje y la de Canito en la SAFA ¿Cómo fue que Canito apareció allí en el otoño de 1962 o en la primavera de 1963? Hagamos un ejercicio de memoria; Canito la merece.

Primero, una pequeña disquisición sobre los camaleones. Según nos enseñó en Ciencias Naturales don Francisco Gallego Marsal en 1º de Magisterio (curso 1958-59) y don Jesús Moraleda en 5º (1962-63), los reptiles se dividen en cuatro grandes grupos: los ofidios (sierpes, culebras…), los saurios o saurópsidos (lagartijas, camaleones…reptiles escamosos), cocodrilianos (caimanes, yacarés…) y quelonios (tortugas, galápagos). Estos últimos se metieron entre los reptiles un poco a la fuerza porque son evolutivamente diferentes (los biólogos saben la diferencia entre diápsidos y anápsidos). Por lo tanto, el camaleón Canito era un hermoso, aunque pequeño saurio, pese a que el pobre se murió sin saberlo…

Curiosamente, me acordé de que, excepto los cocodrilianos que tienen cuatro, los reptiles tienen solamente tres cavidades en el corazón, dos atrios o aurículas y un solo ventrículo donde se mezcla algo la sangre que viene de la circulación general (vía aurícula derecha) con la oxigenada que viene de los pulmones. Si Galeno lo hubiera sabido, habría visto que no existe separación entre los ventrículos y no habría necesitado inventarse eso de los poros en la mediana interventricular de los humanos.

La Wikipedia dice que la familia de los camaleones (dentro del grupo de los reptiles escamosos) tiene unos 11 géneros y un total de ciento sesenta y tantas especies. Es seguro que Canito era un Chamaeleo chamaeleon, la única especie europea, que habita al sur de la Península desde el Algarve hasta Almería, con particular abundancia  en la costa gaditana (abundancia relativa; está ahora en peligro de extinción por destrucción de su hábitat). Los camaleones se distinguen de otros reptiles por el movimiento independiente de sus ojos (que le permite un campo visual de casi 360º), su larguísima y pegajosa lengua que lanza como un proyectil para cazar, sus manos con dedo oponible para agarrarse a las ramas, su cola prensil y, lo más conocido, su poder de mudar de color para expresar sus cambios de humor, más que para pasar desapercibido.

Después de unas vacaciones que no puedo precisar (quizá las de Semana Santa de 1963), Manuel Verdera Casanova volvió de su pueblo (El Puerto de Santa María) con un camaleón que, supongo, había capturado en los enebrales marítimos de la bahía de Cádiz.

Manuel Verdera fue aquel curso mi compañero de pupitre; ya sabéis, los pupitres eran individuales, pero estaban colocados de dos en dos (pareados). Ocupábamos el estudio del edificio de Magisterio, el que estaba al fondo derecha. Estuve sin pasar por aquella calle (entonces Avenida de Cristo Rey, número 5) más de veinticinco años y cuando pasé, vi que al edificio le habían pegado un buen tajo, de forma que nuestro estudio había desaparecido. No me extrañó; alguien tuvo la ocurrencia de construir el edificio al borde de un civanto (talud) en aquella profunda tierra ubetense, tan buena para la agricultura como tan mala para cimentar edificios. Cuando Verdera, yo y otros ochenta estábamos en aquel estudio, amenazantes rajas se dibujaban en la pared del fondo. Decían que el P. Ciganda, arquitecto (?, no lo sé) y el constructor Moreno Siles habían inspeccionado el edificio y concluido que no se vendría abajo (no sé si se vino abajo él solo o tiraron la mitad).

Durante ese año, Verdera y yo mantuvimos una buena amistad y comunicación gracias a él, de carácter prudente y tranquilo que no se enfadaba por nada; todo lo contrario que yo, inquieto, nervioso y a veces agresivo. Era un chico majísimo de pelo rubio y ensortijado. En el cajón de su pupitre tenía una caja de cartón donde guardaba a Canito. Sacaba con frecuencia la caja de Canito y observábamos al animal. Apenas se movía el pobre; era de un color verdoso liso que cambiaba de un verde claro cuando se le ponía sobre un papel blanco a un verde oscuro cuando se le ponía sobre una superficie negra. Tenía el animal un mimetismo camaleónico, aunque la coloración, de verde claro a verde oscuro, más bien se debía a su estado de humor, que sin duda pasaba del pasmo a la estupefacción.

Durante años he pensado en Canito; aun siendo un Chamaeleo gaditano, no exhibía una gama de colores demasiado  rica, ni mostraba un festoneado o moteado como el de la Figura que he tomado de Google Images. En vista de que existe un manifiesto dimorfismo sexual en los camaleones, llegué a la conclusión que Verdera erró en el bautizo: debería haberle llamado Canita y no Canito, porque el camaleón era una camaleona; estoy seguro.

Verdera y los demás nos tomamos muy en serio la alimentación de Canito, porque el pobre no tenía nada donde lanzar su pegajosa lengua. Como nos recuerda en su comentario, Verdera consultó con don Jesús Moraleda (que era veterinario) sobre la alimentación de Canito. Me recuerdo a mí mismo buscando moscas y otros bichos que nunca encontré. Tampoco debieron ser fructíferos los intentos de otros para alimentar a Canito porque el pobre acabó muriendo, emaciado y caquéctico, de pura inanición. Tratándose de una persona empática y compasiva, seguro que Verdera obsequió a Canito con la exequias que el pobre animal merecía (ameritaba, dicen hoy los políticos), pero esto no lo sé.

Me gustaría que Manuel Verdera corrigiera los errores inducidos por mi maltrecha memoria y completara esta ejemplar historia. Todo sea por Canito, un hierático Chamaeleo chamaeleon gaditano verdaderamente único.

 

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