Persona y personalidad

PERSONA Y PERSONALIDAD

Mariano Valcárcel González

La persona y su personalidad es siempre variada y compleja en según y quiénes y creo no equivocarme en decir que no hay nunca nadie igual a otro. Por ello las dificultades clasificatorias que se han tenido, al fin y al cabo reduccionismos, para llegar a entender al ser humano. Por esas reducciones tal vez logremos acercarnos a la persona y a sus particularidades y características, tal vez logremos comprenderla y tal vez hasta logremos cierta acción beneficiosa si lo es menester.

Al momento y como pieza capital en cualquier investigación echamos mano a las vivencias, en especial a las habidas en la infancia. Esas vivencias pudieron ser positivas o negativas según luego hayan influenciado en el desarrollo de la persona; aunque se tiende más en considerar las negativas y las tratamos como traumáticas. Que nadie está libre de la importancia de este tramo de nuestra existencia se da por descontado, otra cosa es si esos supuestos traumas han discurrido por cauces diferentes; se han podido eliminar como productos contaminantes y pasadas al olvido total voluntaria o involuntariamente (fundamentalmente se dice que en los sueños) y no deberían suponer problema alguno, se han podido dejar arrinconadas sujetas a caución y solo aflorarían cuando el sujeto ha bajado la guardia provocando ciertos pasajes de temor o pánico circunstanciales, o se ha permitido voluntaria o involuntariamente que esos traumas infantiles sigan no solo adheridos al sujeto sino que impregnen todo el ulterior desarrollo de la personalidad alterándola, bloqueándola, perjudicándola. No entremos en madres controladoras o castradoras, padres violentos o degenerados y todo el muestrario sabido o por saber. Bien, reconoceremos que es imposible deshacer lo vivido y para bien o para mal nos marca con su impronta y ello es casi inevitable. De ahí la importancia de la educación (o su carencia) en estos tiempos infantiles y juveniles.

La envidia, por el contrario es un sentimiento encontrado que no tendría que ver de inicio con lo anterior, meramente es querer lo que otros poseen o detentan. Dicen que hay una llamada envidia sana, pero en realidad ello no es envidia sino conformidad y carece pues del componente de deseo irrefrenable hacia lo de los demás (o caso concreto). La envidia es malsana porque ante la imposibilidad de alcanzar lo deseado se tiende a la destrucción de su poseedor, se le desea el mal. También podríamos decir que envidiosos somos todos en mayor o menos medida, pero no olvidemos que una cosa es desear (todos tenemos derecho a querer algo que otros tienen, por diversos motivos) y otra es ampliarlo hasta llegar al mal. A veces la envidia va en el mismo equipaje que la carencia o la posesión; si se carece se desea tener, si se posee se supone que otros me lo quieren arrebatar; se genera así cierta neurosis enfermiza en los casos más extremos. El envidioso siempre está insatisfecho pues si logra la posesión anhelada luego querrá más o se lanzará por otro objetivo de su deseo. En cuanto es detectado al envidioso se le teme o se le evita, según su grado de envidia. Pero confundimos envidia con deseo de poseer cualidades o bienes que otros tienen y eso es positivo, si ese deseo lleva a la superación y no a la destrucción (si no lo puedo tener no será para nadie).

El resentimiento no es envidia. Puede que se confundan o a veces se interfieran o complementen, pero en puridad no son lo mismo. El resentimiento  nace de una afrenta real o imaginada. Esa afrenta o insulto, como todo posible trauma, puede quedar en mera anécdota y mandada al desguace, dejarse en el trastero de la memoria por si alguna vez es necesario ponerla al día, o ir creciendo hasta convertirse en un leitmotiv continuado y coautor de decisiones y actos consecuentes. Si el resentimiento se vuelve obsesivo sí, entonces sí, hay que pararlo por lo que significa de destrucción del ser que lo porta.

Por el resentimiento han sucedido cosas que han tenido suma importancia para la Historia, no es necesario enumerar ahora los casos más evidentes, pero sí narraré algo de nuestros días:

Como se sabe los estadounidenses son muy proclives a convocar actos sociales, en general cenas de gran vistosidad, a las que se suman gentes de la política, la industria o el dinero, la farándula más vistosa, de la sociedad más influyente, etc.; estas cenas tienen casi siempre un motivo recaudatorio para la causa que sea. A una de ellas asistió el entonces presidente Obama al que se le ocurrió hacer un chiste o chanza a costa de un tal Donald Trump, asistente a la velada. Se dice que fue entonces que el señalado (y supuestamente en su interior humillado) decidió ser presidente del país, cosa que es manifiesto que consiguió posteriormente consumando su rencorosa venganza.

Vemos pues un componente en el resentimiento que es el de la venganza, si hubo afrenta ha de haber venganza. Y no se acabará esta pasión si no puede llegar a su consumación. Por ello el resentimiento es hasta cierto punto peligroso. Pero no tiene por qué manifestarse insistentemente, a todas horas y ocasión ni tiene por qué ser un cuerpo de doctrina que se va enseñando e intentando formar adeptos. Esto ya es otra cosa. El rencor a veces surgirá de ilusiones o percepciones equivocadas que no tengan fundamento alguno salvo en la desviada conciencia del iluso; si se detecta tal anomalía y se sabe tratar debiera acabar en nada. Una medida de eficacia es ejercer la sinceridad; se dice “las cosas claras y el chocolate espeso”…, pues eso.

De ideas fijas y argumentaciones monotemáticas está el mundo lleno porque muchos las tenemos o tienen. Somos portadores de ideas, de nuestras propias ideas más o menos conformadas, y salvo ser proclives al cambio, a la contradicción, o al oportunismo descarado (o débiles mentales, que tengamos pocas ideas que manejar) vivimos y sentimos con nuestras ideas y es lógico exponerlas donde te dejen en un intento de hacerte comprender o al menos contrastarlas. Cierto, hay quienes se las guardan muy recóndito por motivaciones que ahora no vienen al caso; en su derecho están. Insistir en nuestro ideario no es, o no debe ser en principio, derivación o consecuencia de ninguna causa rencorosa, es mera evolución mental.  Pasar al ostracismo, discriminar socialmente o aislar al sujeto por sus ideas no indica más que miedo y debilidad ante la diversidad de pensamiento. Insisto, para que haya rencor ha de haber ofensa. De quien tiene que cuidarse una persona concreta es del que le guarde rencor (si lo sabe), salvo que sea de tal magnitud esta pasión que abarque a la humanidad entera, todos tendrían pues que guardarse del rencoroso universal. A sus efectos en la Historia, como he escrito, me remito.

Trauma infantil, envidia aguda, rencor ingobernable, todo puede coincidir en algún sujeto, que los manifieste a las claras. Entonces puede que ese sujeto necesite ayuda, guía o tratamiento tal vez psicológico e incluso psiquiátrico. Nadie está libre del mal.

Hay otras formas de vivir en comunidad que son más sibilinas, aparentan menos peligro. Son suaves pero cuando les has cedido el terreno (voluntaria o involuntariamente) te das cuenta ya tarde.

 

 

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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