Mis Reyes Magos

Llegó la ansiada noche de reyes en la que andaba un tanto nervioso y preocupado, ya que precisaba contarle a mi nieto mayor (como tantas otras noches del año) un cuento para que se durmiese plácida y rápidamente, no sea que sus majestades se adelantasen y llegasen a su casa a hora temprana.
Palpaba que su corazón estaba abierto a la ilusión, a la ternura, a la confianza, al asombro y a la magia; y que en sus ojos intuía la bondad y la divinidad que todos llevamos dentro.


No se me ocurrió mejor argumento que la historia de los tres reyes de oriente que vienen a adorar al Niño Jesús, adobada de connotaciones personalizadas para captar la atención y el sueño de mi pequeño infante.
Mientras que para él Melchor, Gaspar y Baltasar, a sus cinco años recién cumplidos, son sus auténticos héroes, tan esperados, (una vez que Papá Noel se ha colado al principio de todas las navidades -desde hace años- por arte de la publicidad más interesada), yo fui reviviendo y rememorando esas múltiples alboradas vividas ansiosa e ilusionadamente, esperando a estos seres mágicos que todo lo pueden y saben; y que atraviesan cualquier medio terrestre, marítimo o aéreo para colmar ilusiones y esperanzas de tantos peques del mundo; simpatizando también con la ilusión y el candor infantil que tenía tan cerca.
Entonces fue cuando prendió en mi alma cierta nostalgia haciéndome ver cómo se me había ido transformando esta candorosa ilusión infantil primigenia de los reyes magos, tras ir ejerciendo roles diferentes a lo largo de mi existencia, empezando por ser otro niño como mi Abel (o su hermano pequeño, Saúl), para ir pasando a ser padre y ejercer de colaborador nato de sus majestades (juntamente con mi esposa), en esa noche simpar en la que los zapatos del infante interesado, puestos junto a la ventana (aunque tenga reja), siempre juegan un papel tan importante.
¡Qué gratificante ver los rostros tan sonrientes y satisfechos de nuestras hijas abriendo los variados y pedagógicos regalos, sin que faltasen nunca las monedas o paragüitas de chocolate y similares para endulzar aún más esos momentos!
Hasta que me ha llegado fugazmente esta vejez fructífera en la que cada año que pasa me voy convirtiendo en más niño, con cierto parecido al que fui antaño, entremezclando los recuerdos del tiempo de mis hijas que ejercía de Rey Mago en la sombra, hasta que me he dado cuenta de que los auténticos Reyes Magos de mi familia son mis dos queridísimos nietos: Abel y Saúl.
Por eso, muy a menudo, me acerco a ellos y les doy un beso en la frente o en las mejillas (aunque la Covid no lo aconseje…), acordándome de mis padres y abuelos que ya no están con nosotros, pero que siguen mandándonos desde el cielo hermosos recuerdos y cándidas ilusiones y sonrisas.
¡Muchas gracias a la vida y a todos ellos pues cada noche de reyes me siento más niño y sumamente agradecido a estos dos Reyes Magos que viven tan cerca de mí y me colman cotidianamente de tantísimos regalos inmateriales que son los que más valen y me reconfortan!
¡Qué mejor herencia que dejarles que (de aquí a poco) se conviertan en reyes y en magos! ¡El tiempo vuela…!

Sevilla, 8 de enero de 2021.
Fernando Sánchez Resa

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